A
pesar de haber pasado la mitad de su vida en el pabellón, Doble V. siempre
había sido bastante feliz. Al fin y al cabo, le resultaba fácil hacer amigos,
su abuela lo visitaba cuando le era posible y a lo largo de los años había
llegado a conocer a todos los nómadas que pasaban por la ciudad.
Sin
embargo, sentía cierta inquietud cada vez que alguno de los chicos que conocía
acababa marchándose. La mayoría salía del centro al cumplir los dieciséis para
buscarse la vida en alguna ciudad más grande y solo los más pequeños eran
adoptados. En cuanto a los demás, podían considerarse afortunados si lograban
vivir en un hogar de acogida como le había ocurrido a él.
Había
llegado a la casa de Tom Rawlins con ocho años, y aunque la vivienda no era
gran cosa, tampoco estaba del todo mal. El mecánico era viudo y no tenía hijos,
por lo que necesitaba a alguien que lo ayudara en el taller. Además, recibía un
pago mensual para cubrir los gastos de Doble V. Nunca se había interesado por
su salud, por lo que estaba seguro de que ni siquiera había leído su historial,
y seguramente, le daba lo mismo un chico que otro.
Por
aquel entonces había conocido a Yomi, quien se convirtió rápidamente en su
mejor amigo, y a pesar de que Doble V. se consideraba un nómada de corazón,
sentía una agradable calidez en el pecho al pensar que esa amistad no
desaparecería de repente.
El
mecánico tenía sus manías, pero no perdía la paciencia al enseñarle. Nunca le
pegó ni lo trató mal y durante los últimos años se había sentido bastante
satisfecho con aquella vida. No se enteró de que el hombre había ido acumulando
deudas que no podía pagar hasta que una tarde se presentaron en la casa de Alan
Walters.
Tom
entró directamente y atravesó el pasillo hasta el despacho del hombre sin decir
ni una palabra cuando lo normal hubiera sido que alguien los acompañara al
garaje. Aunque el detalle le pareció extraño, sentía demasiada curiosidad por
conocer a uno de los hombres más poderosos de la 97 como para darle
importancia.
—No
es muy alto ni tampoco muy fuerte —dijo el mecánico mostrando unos papeles—,
pero aprende rápido y West seguirá pagando el cheque de la acogida durante otro
año.
Doble
V. soltó una exclamación al escuchar aquello, pero él lo ignoró y siguió
hablando. Parecía que le estaba ofreciendo su contrato a Walters y empezó a
temblar cuando este lo miró de una forma inquietante desde detrás de su
escritorio.
—¿Cuánto
hace que vives con Rawlins?
—Siete
años —respondió asustado.
—¿Entiendes
lo que está pasando aquí?
Se lo
quedó mirando hasta que le habló de las deudas y le explicó que el hombre
intentaba venderlo para que las pagara en su lugar.
¡No
podía creérselo! Tom no era una persona cariñosa, pero siempre había pensado
que lo apreciaba. ¿Cómo podía estar haciendo aquello?
—Tendrás
que trabajar durante cinco años para devolver el dinero; mientras que él se
verá libre para seguir con su vida, sin un solo problema en el mundo. ¿Qué te
parece? —Soltó un leve silbido.
Doble
V. preguntó si aquello era cierto, pero Tom no lo miraba; solo se dirigía a
Walters insistiendo en que aceptara el trato. Este torció los labios en un
gesto de desagrado y habló con frialdad.
—Será
mejor que cargues tú mismo con las consecuencias de tus actos.
Les
hizo un gesto a dos de sus hombres y se lo llevaron de allí sin que pudiera
oponer demasiada resistencia. Walters le dio la espalda, ignorando sus súplicas
y acercándose a Doble V.
—No
te preocupes, te mandaremos de vuelta al pabellón —se dirigió a otro de sus
esbirros—. Llama a Greg Evans y dile que tenemos aquí a un chico del centro.
Se
agachó para mirarlo a los ojos y le aseguró que el abogado se ocuparía de él.
—Espero
que le saque una buena compensación a los de West por haberte dejado con
semejante indeseable.
Le
ofreció un vaso de agua y él aceptó con un gesto. Apenas empezaba a asimilar lo
ocurrido y sintió cierta gratitud teñida de confusión. No estaba seguro de por
qué lo había ayudado y se preguntó cuál sería el precio que tendría que pagar a
cambio.
—Sabes
quién soy, ¿no es cierto? —Él asintió. La voz de Walters le pareció incluso
amigable en aquellos momentos, por lo que se atrevió a mirarlo a los ojos—.
¿Tienes idea de cómo llegué a esta posición? —Negó con un gesto y contuvo un
suspiro. No le pareció el mejor momento para escuchar un sermón acerca del
trabajo duro, pero no se le ocurrió protestar—. Cuando tenía nueve años me
encontré en tu mismo lugar; solo que fue mi propio padre el que me ofreció al
viejo Walters y este aceptó el trato. Tuve la suerte de quedarme en la casa el
tiempo suficiente como para que su mujer me cogiera cariño y decidieran
adoptarme —Abrió los brazos en un gesto amplio—. ¡Así es la vida! A menudo las
cosas se tuercen sin que puedas evitarlo. Sin embargo, con un giro de la
fortuna todo acaba en el sitio que le corresponde —Le dio unas palmadas en el
hombro—. La lección que puedes sacar de esto es que no se puede confiar en
nadie, aunque descubrir a tiempo a los cabrones que te rodean puede ser una
bendición.
Él se
mordió el interior de la mejilla pensando a toda velocidad. La madre de su
amigo Mark lo había dejado en el pabellón antes de desaparecer y le había
prometido al niño que le ayudaría a dar con ella. Por desgracia, lo único que
había descubierto era que tenía un montón de deudas, pero se le ocurrió que, al
igual que el mecánico, podría haber recurrido a Walters como último recurso.
—¿Tom
trabajará para pagar sus deudas? —El hombre asintió con gesto hosco y Doble V.
tragó saliva antes de insistir—. ¿Dónde?
—Lejos
de aquí —respondió con voz gélida—. No es probable que vuelvas a verlo.
Había
oído que Walters tenía varios socios hacia el este, no muy lejos de la 93. ¿Se
llevarían allí a los deudores? Las preguntas se agolpaban en su cabeza, pero se
mordió la lengua para no hacer más preguntas. Por muy amable que se mostrara en
aquel momento, estaba seguro de que no le haría gracia que metiera las narices
donde no debía.
Greg
Evans no tardó en llegar y lo siguió hacia la salida mientras intentaba
asimilar lo ocurrido. Fue entonces cuando divisó a Ryan Walters medio escondido
tras una puerta. ¿Lo habría oído todo? Se sintió tremendamente avergonzado y
sintió un dolor frío en el pecho al pensar que podría decírselo a alguien.
Doble
V. era uno de los chicos más populares y no solo en el parque sur. Tanto por su
relación con los nómadas como porque le resultaba fácil ganarse a la gente,
muchos en la ciudad conocían su nombre. Y no es que fuera el mejor bailarín o
el mejor skater, pero caía bien a los demás sin demasiado esfuerzo.
El
hijo de Walters no era un chivato, pero siempre era posible que se fuera de la
lengua delante de sus amigos. Él llevaba un tiempo intentando acercarse a su
grupo para participar en las carreras y sintió náuseas al imaginarse a aquellos
chicos mirándolo con lástima.
No
pudo dejar de darle vueltas a aquello durante un buen rato y para cuando
recordó que la moto de Ryan seguía en el taller, ya habían llegado al pabellón.
Se detuvo de repente y fingió que había tropezado cuando el abogado lo miró
expectante. Su mente iba a toda velocidad y reanudó el paso con impaciencia
mientras ideaba un plan bastante sencillo.
Lo
más seguro era que los hombres de Walters ya hubiesen comprobado si había algo
de valor en la casa o en el garaje de Rawlins. La moto estaba vinculada al
identificador de Ryan, de modo que no podrían llevársela. Esperaba que al chico
no se le ocurriera ir a buscarla enseguida, claro que no tenía motivos para
apresurarse. Si tenía algo de suerte…
Buscó
a Mark entre los chicos que llenaban el patio y se acercó a la carrera en
cuanto lo encontró.
—¡Eh,
Mark!
El
niño lo miró extrañado y él le palmeó el brazo entregándole las llaves del
taller antes de apartarse.
—Búscame
después —dijo en voz baja.
Mark
asintió con los ojos muy abiertos y siguió la mirada que su amigo le dirigió al
abogado. Este los observó con cierta curiosidad, pero no dijo nada.
Doble
V. se apresuró a entrar en el edificio deseando terminar con las formalidades
cuanto antes. Resumió lo ocurrido para que Evans preparara la demanda contra
West y firmó un documento para que lo representara. Por último, le pidió que
intentara sacarlo del pabellón.
—Me
han impedido vivir con mi abuela todos estos años, y después de todo, son
responsables de lo que ocurra durante la acogida, ¿no es cierto?
Miró
a su alrededor con una sensación de agobio. Estar allí de vuelta era como tener
uno de esos extraños sueños que se repiten sin saber por qué. Aunque no pensaba
quedarse, decidió que no estaba de más intentar solucionar el tema de forma
legal.
El
hombre lo miró con gesto apenado.
—No
creo que Walters quiera explicar el motivo por el que Rawlins acudió a él.
—Yo
pienso que lo hará —dijo con confianza, recordando la mirada de aquellos ojos
duros cuando le había contado su propia historia—. Solo tiene que decir que
rechazó el trato; no es como si fuera a confesar el resto de sus trapicheos. Lo
que no tengo tan claro es que el mecánico vaya a aparecer en el juicio.
Evans
accedió, aunque no parecía muy convencido. Cuando se marchó, un empleado del
centro registró su ingreso y guardó sus efectos personales. Se sacó unos
cuantos objetos de los bolsillos y se quedó mirando el primer destornillador
que le había regalado Tom.
—Te
lo devolveremos en cuanto recibas aprobación para usarlo.
Asintió
distraídamente puesto que ya sabía cómo funcionaba aquello y lo siguió en
silencio por el pasillo hasta una habitación desocupada. El hombre dejó a un
lado varias prendas de ropa antes de marcharse y él se sentó en una de las
camas. Varios chicos se lo quedaron mirando desde el pasillo, pero él los
ignoró y nadie se atrevió a preguntar.
Mark
no tardó en asomarse por la puerta y la cerró tras de sí para que nadie los
escuchara. Le dio las gracias cuando le devolvió las llaves y le indicó que se
sentara a su lado.
—El
mecánico se ha ido de la ciudad y voy a escaparme esta misma noche —soltó—.
Además, tengo algunas sospechas acerca de dónde puede estar tu madre y trataré
de confirmarlas.
—¿De
verdad la has encontrado? —preguntó Mark con una mezcla de ansiedad y
esperanza.
«Quizás no debería haberle dicho nada», se
lamentó. Sin embargo, no quería desaparecer sin más y que pensara que había
olvidado su promesa.
—No
es más que una idea, pero te prometo que la buscaré, ¿vale? —aseguró.
Los
ojos color miel lo miraron con aire vulnerable, poniendo un nudo en su
estómago. Aunque Mark era bastante alto, solo tenía doce años y su mirada
delataba su edad.
—¡Llévame
contigo! —pidió.
Ni
siquiera le había preguntado cómo pensaba salir de la ciudad y se lo planteó
durante unos segundos. El niño le caía bien y quería ayudarlo, pero sabía que
West invertiría más recursos en buscarlo debido a que era más joven.
—No
puedo —descartó con suavidad pero firmeza—. Más adelante, ¿vale? Volveré en
cuanto sea posible y pensaremos en un buen plan para sacarte de aquí. Esto no
ha sido planeado —Suspiró pesadamente—. Por suerte, Yomi me guarda el dinero
que he ido ahorrando, aunque no es demasiado.
Hasta
hacía un par de años ni siquiera se le había ocurrido que pudiese necesitar
dinero propio y meneó la cabeza al pensar en lo ingenuo que había sido.
—Voy
a trabajar en el vertedero —declaró Mark.
—¡No
tienes que hacerlo! —protestó—. No era eso a lo que me refería. Si esto no
hubiese ocurrido de repente, podría haber esperado a que un grupo de nómadas
llegara a la ciudad.
—Me
vendrá bien ahorrar algo, por si acaso.
No
podía discutir ese argumento, pensó con una mueca.
—Está
bien, le diré a Yomi que irás con él, pero tienes que prometerme que te
quedarás a su lado.
—Lo
prometo —accedió con una sonrisa.
—Haz
todo lo que te diga, ignora a Ryan en lo posible y…
Estuvo
a punto de decirle que no protestara si le quitaba parte de sus ganancias, pero
decidió que era mejor hablarlo con Yomi. Él sabría qué hacer. Además, Mark se
había criado en el norte y con un poco de suerte, Ryan lo tendría en cuenta.
—¿Cuándo
crees que volverás?
—No
lo sé.
Lo
avisaría a través de los nómadas si averiguaba algo, pero le advirtió que no
tenía ni idea de cuánto podría tardar en tener noticias.
El
timbre les recordó que era hora de cenar y se dirigieron juntos al comedor.
Doble V. ignoró las miradas curiosas y comió con ganas ya que no volvería a
disfrutar de un plato de comida caliente durante un tiempo.
Se
despidió de Mark antes de darse una larga ducha y se puso el pijama por si
alguien se atrevía a ir a verlo, echándose sobre la cama a esperar. Las luces
se apagaban a las diez y escuchó los pasos apresurados de aquellos que
regresaban a sus cuartos poco antes de la hora. Se alegró de no tener
compañeros de habitación, aunque el silencio se le hizo bastante pesado.
Se
obligó a esperar hasta las once y se vistió sin encender la luz. Abrió la
puerta con cuidado y avanzó lentamente por el pasillo hasta llegar a una de las
aulas que daban al patio para salir por una de las ventanas. Caminó entre las
sombras hasta llegar al muro y lo escaló rápidamente, dejándose caer al
exterior de un salto. Esbozó una sonrisa de satisfacción al comprobar que las
medidas de seguridad de West eran tan penosas como siempre.
Echó
a correr atravesando los callejones más estrechos, evitando los locales que aún
no habían cerrado a esas horas. Se atrevió a enviar un mensaje ya que, de todas
formas, se desharía de su identificador en unos minutos.
«Poughkeepsie».
Se rio por lo bajo, preguntándose qué harían los algoritmos de West con algo
así.
Yomi
encendió la luz de su habitación y la apagó al instante siguiente, asomándose a
la ventana. Doble V. dio unos pasos para que pudiera verlo y cruzó la calle
hasta la entrada, esperando hasta que su amigo abrió la puerta unos minutos
después.
—He
oído que pasó algo con Tom —susurró de camino a la cocina—. ¿Estás bien?
Le
contó lo ocurrido sin entrar en detalles y Yomi sacó una mochila de la
despensa, abriendo una de las cremalleras para entregarle el dinero que le
había guardado.
—Preparé
algo de ropa y comida en cuanto escuché los rumores. Nadie estaba seguro de lo
que había ocurrido, pero supuse que era mejor estar preparado.
—¡Siempre
puedo contar contigo, tío!
Guardó
los billetes en un bolsillo y se colocó la mochila a la espalda.
—¿Necesitas
algo más?
—Mark
va a trabajar en el vertedero, ¿podrías cuidar de él?
La
petición lo cogió por sorpresa, pero accedió sin dudar.
—Puedo
llevarte en la barca —sugirió.
—No
hace falta.
No
quería preocuparlo, por lo que no le dio los detalles de su escapada. Toda la
ciudad se enteraría al día siguiente de su temeridad así que, se despidió con
un abrazo y se alejó camino al taller.
Contuvo
el aliento cuando abrió la puerta y cerró tras de sí buscando el interruptor.
Se giró hacia la derecha con un nudo en el estómago y a continuación se rio por
lo bajo.
La
moto seguía allí.

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