jueves, 16 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 2- Zero

 



            Jer arrastraba los pies con desgana, tirando de la maleta sin disimular su resentimiento y con la sensación de que aquello no podía ser real. ¿Estaban realmente abandonando el Sector 6? Después de pasarse media vida intentando relanzar su carrera musical, su padre tenía que rendirse justo cuando él empezaba a cumplir sus propios sueños.

            Tocó el borde acolchado de los auriculares que llevaba al cuello, deseando volver a su música ya que les sobraba tiempo antes de embarcar en el tren nocturno y no le apetecía pensar en el lugar al que se dirigían.

            West 97 era una ciudad bastante pequeña y lo único que la hacía especial era su tradición musical. En ningún otro lugar había tantos locales de música en vivo ni tantas oportunidades de conocer a los amigos adecuados para formar un grupo, Mudarse allí sería lo ideal para cualquier chico de la costa oeste que pensara en subirse a un escenario, pero no para alguien que ya tenía un pie en la industria.

            Pensó en el contrato que no podría renovar después de los meses que había pasado haciendo recados y tratando de ganarse el favor de sus superiores. Había tendido que aplazar todo aquello cuando su madre se puso enferma, pero nunca había abandonado sus planes. De hecho, era una de las pocas cosas que todavía le importaban después de su muerte.

            —Ese es un buen sitio —señaló su padre—. En el tren solo hay máquinas expendedoras.

            Él dejó escapar un sonido falto de entusiasmo. Había conseguido evitar cualquier conversación incómoda durante todo el día y tenía la esperanza de seguir así el resto del camino.

            «Desde la muerte de mamá es como si se hubiese convertido en un extraño».

            De alguna forma, se sentía obligado a rebelarse, aunque no estaba muy seguro de cómo hacerlo. Su madre lo había apoyado desde que tenía memoria y su padre le había enseñado con entusiasmo cuando no estaba viajando de un lugar a otro. De pequeño pensaba que era una estrella y lo recibía como a un héroe que regresara de una gran gira. Había tardado bastante en darse cuenta de que solo le ofrecían trabajos de poca monta, y no es que eso le importara demasiado, pero había hecho que se fijara en algunos detalles.

            Por ejemplo; hasta entonces nunca se había cuestionado que el barrio en el que vivían estuviese bastante alejado del centro; al fin y al cabo, había más músicos en la zona. Claro que todos eran recién llegados de otras ciudades, y tan jóvenes, que a menudo ni siquiera reconocían su apellido.

            —¡Eh, Jer! —lo llamó alguien.

            Temy caminaba hacia ellos con una sonrisa, acomodando la correa de su guitarra sobre el hombro. Tras saludarlo con un gesto, se dio cuenta de que no estaba solo y se quedó mirando al chico que lo acompañaba intentando recordar su nombre.

            —¿Los conoces? —preguntó su padre.

            —Sí, son de la 97.

            Apretó los labios para no decir nada más. Él nunca estaba el tiempo suficiente por casa como para conocer a sus amigos.

            —¿Van en nuestro tren?

            «¿Cómo voy a saberlo? ¡Ni que hubiese organizado yo el viaje!». Se contuvo para no poner los ojos en blanco.

            —No lo sé, papá —se obligó a murmurar.

            Su amigo se acercó antes de que pudiese decir nada más.

            —¡Apuesto a que no esperabas verme por aquí! —exclamó.

            Temy había llegado hacía cosa de un año con su grupo y, aunque los demás se habían marchado cuando no consiguieron un contrato, él había decidido intentarlo por su cuenta.

            —¿Te acuerdas de Jay?

            Saludó al chico intentando ocultar su curiosidad. ¿Cuánto hacía que había llegado a la ciudad? ¿Tres meses? Se sintió mal por ellos, pero su presencia lo animó un poco.

            —¿No es genial que vayamos todos juntos? —dijo Temy con una risita de satisfacción—. El otro día estuve a punto de contarte que yo también planeaba dejar la ciudad con Jay, pero decidí sorprenderte. Es un trayecto demasiado largo como para viajar solo. ¡Y aquí nos tienes!

            Su entusiasmo resultaba un tanto exagerado incluso para él, pero se obligó a devolverle la sonrisa mientras los presentaba.

            —¿Vais de regreso a la 97? —preguntó su padre.

            —¡Vaya! ¿Esa es una guitarra P-Jack? —preguntó Temy a la vez.

            Señaló el instrumento con ojos brillantes de entusiasmo y su padre sonrió. Dejó la maleta a un lado y sostuvo la funda con cariño antes de abrirla. Aunque habían enviado sus escasas pertenencias en un par de cajas, la guitarra era demasiado valiosa como para arriesgarse a que la golpearan o se extraviara. Y no solo por su valor económico; en realidad era el símbolo de una época de triunfos, cuando las puertas de la industria estaban abiertas de par en par, cada álbum resultaba mejor que el anterior y el ascenso a la cima parecía imparable.

            —¡Guau! ¡Es una preciosidad!

            El chico tocó el instrumento con reverencia y Jay echó un vistazo por encima de su hombro.

            —¿De qué parte de la ciudad eres, Temy? —insistió su padre.

            Jer soltó una exclamación de incredulidad. ¿Qué mosca le había picado? Siempre se mostraba amable y paciente con los demás, por lo que no estaba acostumbrado a que usara un tono seco como aquel.

            «Desde que decidió que debía regresar a la 97 se comporta de lo más raro».

            —Del norte, señor Warren; pero me bajaré en la 93 —Temy le lanzó una sonrisa torcida—. Uno de mis hermanos vive allí y Jay es del sur, así que no tiene de qué preocuparse.

            La respuesta hizo que se relajara de forma evidente y Jer recordó que le había hablado de la rivalidad entre zonas de la 97, aunque le había parecido una estupidez y no se lo había tomado demasiado en serio.

            «Haber crecido en el Sector 6 me pone en otra categoría bien diferente: la de paria o inadaptado. Seré el chico nuevo que no conoce a nadie», pensó con desaliento.

            —Estábamos a punto de comer algo —Su padre hizo un gesto hacia la cafetería y añadió con su tono más amable—. ¿Por qué no nos acompañáis?

            Jay rechazó la oferta, asegurando que la comida del tren no estaba tan mal. Temy le echó una mirada dubitativa y contuvo apenas una protesta.

            —Yo invito —insistió su padre echando a andar.

            Temy le dirigió una sonrisa radiante a Jay, y finalmente, este se encogió de hombros. Dejaron las maletas junto a una mesa libre y Jer se rezagó en la cola, tirando de su amigo con disimulo.

            —Eso del norte y el sur… —susurró—. ¿De verdad es tan importante?

            —Lamento decirte que sí —El brillo de diversión en sus ojos parecía desmentir sus palabras—. Para serte sincero, no es algo que vaya a echar de menos.

            —De todas formas, seré el nuevo. No puede ser peor que eso.

            Dejaron que una pareja los adelantara y se entretuvieron como si estuvieran decidiendo qué menú escoger.

            —Eso pensé yo cuando nos mudamos —y aclaró—. Mi hermano y yo no crecimos en la 97, pero mi padre sí que nació allí. ¡Un rebelde siempre quiere regresar a casa!

            —Mi padre no es un «rebelde de la 97».

            Conocía el término, que se refería a aquellos que se mantenían fuera de la industria convencional. Curiosamente, la ciudad presumía tanto de los músicos que lograban triunfar en el Sector 6 como de aquellos que seguían sus propias normas.

            —¡Claro que lo es! —resopló Temy—. Me dijiste que ibais a vivir encima del Skyway y no hay mayor rebelde que Sean Collins. Bueno, quizás Nick Parker, pero es imposible pensar en uno sin acordarse del otro. ¡Qué envidia me das! No dudaría en regresar si pudiera tocar con ellos.

            —Podrías intentarlo —sugirió esperanzado.

            Daría lo que fuese porque los acompañase hasta el final del trayecto, pero él negó con gesto triste.

            —No tendría ninguna oportunidad —se puso serio de repente—. Soy del norte, ¿recuerdas?

            —No tiene ningún sentido —resopló contrariado.

            —Lo entenderás enseguida —Se sirvió un plato de macarrones y él lo imitó—. Será mejor que te lo advierta; muchos se acercarán a ti por tu relación con el Skyway y otros lo harán por simple curiosidad.

            —¿Porque soy el rarito que se crio en el Sector 6?

            —¡Exacto! Todos querrán saber si hay coches voladores como en las películas.

            Lo miró con incredulidad hasta que se dio cuenta de que bromeaba.

            —Ja, ja —Meneó la cabeza.

            —No será para tanto, aunque te harán más de una pregunta extraña. No se lo tengas en cuenta, ¿vale? Yo mismo hice más de un comentario estúpido cuando me presentaron a algún retornado.

            —Seguro que las preguntas más tontas serán las mías.

            —Te irá bien. No tardarás en conocer a un montón de chicos de tu edad en el parque sur y montarás un grupo antes de lo que te imaginas.

            Jer se sentó junto a Jay y se limitó a escuchar durante un rato, hasta que el olor de la comida le recordó que apenas había probado bocado desde el día anterior.

            —Solía tocar en el Hard Carry, ¿no es cierto, señor Warren? —preguntó Temy—. ¿Es así como conoció a Sean Collins?

            Su padre asintió, bebiendo un trago de agua.

            —Mis amigos y yo andábamos por los veinte, aunque Sean era más joven cuando su hermano se hizo cargo del negocio.

            —Me gustaría ver tu cara cuando entres allí por primera vez —Le dio un codazo amistoso—. ¡Menudo local!

            —¿Lo conoces?

            —Me colé en una ocasión, al poco de llegar a la ciudad.

            Se rio sin mostrar arrepentimiento.

            —El River tampoco está mal —concedió su padre.

            —Mi grupo tocó allí unas cuantas veces —explicó—. Es el mejor local del norte. Se podría decir que es el único rival a la altura del Skyway.

            —Eso es discutible —resopló su padre, divertido.

            —¿Llegó a tocar en el Skyway?

            —No, dejé la ciudad mucho antes de que Sean lo reformara —Los recuerdos ensombrecieron su voz por un momento y decidió cambiar de tema—. Entonces, ¿vas a reunirte con tu hermano?

            —Así es. Tiene un local de comidas con un pequeño escenario. No se puede decir que la ciudad brille por su talento, pero eso me hará destacar aún más.

            —Hay una fábrica de vehículos, ¿no?

            —Sí, una enorme. Al menos en comparación con la fábrica de androides de la 97. Lo que me recuerda, Jer… ¡que no verás ni un robot!

            —¿En serio? —se sorprendió.

            —Ni uno solo. Se fabrican allí, pero los llevan a los sectores. En la 93 había alguno aquí y allá; supongo que es lógico ya que es la ciudad más grande de la costa oeste.

            —Pero ¿hay más locales en los que actuar? Como el de tu hermano, ¿no?

            —En todas partes hay negocios de ese tipo —intervino su padre—. Lo que ocurre es que no son famosos.

            —Cierto. De todas formas, si Sean Collins puede servir mesas antes de tocar en el escenario, no hay razón para que yo no haga lo mismo. ¿Quién sabe? Puede que consiga un grupo bastante decente.

            —¿Vas a crear uno nuevo?

            —Matt se reunirá conmigo, por lo que no empezaremos de cero. No sé ni dónde están los demás. Creo que un par de chicos regresaron a casa, pero no quieren saber nada del tema.

            Le dirigió un gesto de circunstancias que no entendió.

            —Pero ¿no habían vuelto todos?

            —No, no. Solo dos. Los otros andan de aquí para allá.

            Sus ojos se ensombrecieron.

            —No es fácil volver a casa —dijo su padre en voz baja.

            Miró al chico directamente y este asintió sin decir nada. Jer se metió una cucharada de pasta en la boca y trató de ignorar el abatimiento que pareció invadirlos.

            —¿A qué hora llegaremos? —preguntó para cambiar de tema—. Espero estar despierto para despedirte.

            —Tendrás que poner una alarma —se rio suavemente—. Lo más seguro es que lleguemos antes del amanecer.

            Enseguida volvió a recuperar el buen humor y contó algunas anécdotas de su infancia en la 93. Estaban tan entretenidos que el anuncio de que su tren saldría en quince minutos los pilló por sorpresa. Los chicos se alejaron arrastrando su equipaje hacia los vagones de la cola y Jer prometió ir a verlos más tarde.

            Se encontró con la mirada de su padre por un segundo y apartó la vista sabiendo lo que pensaba. Aquello era lo que la mayoría se llevaba del Sector 6: una incómoda vuelta a casa con el rabo entre las piernas.

            «Lo que tú digas, papá».

            Caminó con la vista en el suelo para ocultar su rabia hasta que el agente del control lo sacó de sus pensamientos con un carraspeo.

            —Tienes que pasar tu identificador por el lector —dijo con voz monótona.

            Acercó su pulsera a la máquina y avanzaron hacia uno de los vagones del centro. Entró en la cabina que les correspondía sintiendo que su mundo se venía abajo y se giró para colocar sus cosas, intentando deshacer el nudo que tenía en la garganta.

            —Jay parece bastante callado. ¿Te llevas bien con él?

            —Solo lo he visto un par de veces —contestó sin mirarlo.

            Metió la maleta debajo de la litera.

            —Entiendo. De todas formas, me alegro de que conozcas a alguien en la ciudad.

            Murmuró algo sin comprometerse porque, aunque no tenía nada en contra de Jay, no iba a dejar que convirtiera aquello en algo positivo.

            —Temy parece un buen chico —dijo suavemente.

            —No está mal. Para ser del norte y eso.

            Su padre se sentó con un suspiro.

            —¿Has conocido a más retornados? —preguntó directamente.

            —Unos cuantos. No sé de qué parte de la ciudad eran, si es lo que quieres saber.

            —En el Sector 6 no tiene importancia; sin embargo, te aseguro que cualquiera en la 97 sabe de sobra que el nombre de Rick Warren está asociado al sur.

            —Pues nunca les ha importado —descartó con un gesto.

            —Si Temy regresa algún día, te aseguro que no se acercará a ti. No delante de los demás.

            No quería creerlo, pero no pudo evitar un escalofrío por la forma en que lo dijo. Se sentó frente a él y lo escuchó con aire alicaído mientras le daba varios ejemplos que ilustraban las normas no escritas que gobernarían su vida de allí en adelante.

            —¿Lo entiendes?

            Se sobresaltó y enfocó la mirada en los ojos grises, parpadeando un par de veces antes de contestar.

            —No sé qué tiene que ver nada de eso conmigo —Parecía dispuesto a explicárselo de nuevo y lo detuvo con un gesto—. ¿No es un comportamiento un tanto infantil?

            —Hazme caso, Jer. No es algo que puedas tomarte a la ligera.

            —Vale, vale —Decidió que aquella charla terminaría antes si abandonaba el tono rebelde—. Supongo que es como la rivalidad entre compañías.

            «Aunque sin el propósito comercial. ¿Qué objetivo tiene enfrentar a una parte de la ciudad con la otra?».

            —Es una buena comparación —esbozó una sonrisa más bien amarga—. Solo tienes que recordarlo, ¿de acuerdo?

            Se armó con toda la paciencia que pudo reunir para no contestar con sarcasmo.

            —Lo entiendo, papá —suspiró—. Viviremos en el Skyway, conoceré a otros chicos en el parque sur y no iré más allá del islote del mercado, que está justo en el centro de la ciudad.

            «Y todos los días estarán llenos de arcoíris y buenos deseos», añadió para sí mismo con rencor.

            —No nos quedaremos demasiado tiempo con Sean. Buscaré un apartamento en cuanto empiece a trabajar en la fábrica.

            Miró por la ventana esperando que lo dejara en paz y cuando el tren arrancó por fin, decidió ir a buscar a Temy.

            —¿Quieres llevarte la guitarra? —preguntó, quizás para consolarlo.

            —No creo que le dejen tocar en el vagón.

            —Tienes razón —respondió con una mueca.

            Los dos sabían que su amigo hubiese apreciado el ofrecimiento, aunque solo fuese para admirar el instrumento de cerca. No quería echarse atrás, así que avanzó por el pasillo con pasos largos, intentando sacudirse el sentimiento de culpa.

            Cuando le había contado sus planes, Jer se había alterado como nunca en su vida, lo que terminó en una pelea bastante gorda. En un arranque de ira, su padre le prohibió volver a tocar la P-Jack y él casi escupió las palabras al jurar que jamás volvería a pedírsela.

            «¡Por mí, como si quiere lanzarla al fondo del mar!», pensó con rencor.

            Caminó entre los asientos, donde algunos pasajeros ya se estaban acomodando para dormir. Jay estaba junto a la ventana y Temy lo llamó al verlo, moviéndose al asiento contiguo y palmeando el hueco libre con entusiasmo. El vagón no estaba demasiado lleno y supuso que a nadie le importaría que se quedara allí.

            Le echó un vistazo a los asientos abatibles donde los chicos pasarían la noche. Su padre tampoco tenía demasiado dinero, pero había vendido casi todo lo que tenía para ponerse al día con el alquiler y comprar los billetes.

            Miró a su amigo con disimulo, extrañado de que no pareciera decaído a pesar de haber abandonado su sueño. La mayoría de los artistas que llegaban al Sector 6 seguían la misma pauta: conseguir un contrato y dejar que la empresa manejase su carrera hasta que prescindían de ellos, tal como le había ocurrido a su padre. Jer estaba decidido a encontrar su propio camino y aquel desvío hacia la 97 no iba a cambiar sus planes. Se preguntó si Temy decía en serio lo de establecerse con su hermano.

            Decidió mencionar algunos grupos que había descubierto recientemente para no pensar en su situación. Tanto las compañías para las que había trabajado como sus competidores celebraban un concurso anual para nuevos talentos y había revisado los finalistas de los últimos años.

            «Podría ser peor. Al menos siempre hay algún grupo de la 97 entre los mejores», se consoló.

            Llevaba varios días escuchando una gran variedad de temas y había seleccionado los que le parecieron más interesantes. Afrontaría aquella situación de la misma forma que había abordado las prácticas en Rewind y Oxygen; aprendiendo todo lo que le pudiera ser de utilidad para lograr el triunfo.

            Jay se mostró más hablador, haciendo unos cuantos comentarios acerca de las canciones y hasta mencionó con ojos brillantes que había escuchado en directo a alguno de ellos.

            —Jer baila bastante bien —aseguró Temy—. Tienes que meterlo en algún grupo del parque.

            —¡Claro! —accedió enseguida.

            Quiso protestar. El chico era un par de años mayor que él y no le gustaba ponerlo en un compromiso, pero Temy le quitó importancia al asunto.

            —Da igual la edad que tengas, todos los chicos de la parte sur se reúnen allí. Hay varios escenarios al aire libre y cualquiera puede usarlos, tanto para bailar como para actuar.

            —¿Tú no estás en un grupo? —le preguntó a Jay.

            Alguien chistó a su espalda para que bajaran la voz.

            —Bailo con unos amigos, nada más. Vine a la ciudad para componer, como hacía mi madre. Murió hace unos años y… Tampoco es que fuera famosa —aclaró antes de que se le ocurriera preguntar—. Trabajaba desde la 97 y vendía sus letras de forma esporádica.

            —¿Eso es lo que vas a hacer tú?

            Jay desvió la mirada hacia la ventana. Había anochecido sin que se dieran cuenta y la oscuridad solo se veía interrumpida por las luces que había junto a las vías.

            —Parece que mis letras no son adecuadas para la industria en este momento —dijo con voz queda.

            —¡Eso no quiere decir nada! —lo consoló Temy con una palmada en el hombro —. Las grandes compañías eligen lo que deciden vender en cada momento, ¿no es cierto, Jer?

            Carraspeó buscando las palabras.

            —Es un tema complicado. A veces es cuestión de saber el concepto por el que va a apostar la competencia —explicó—. En lugar de buscar algo original, muchos agentes prefieren ofrecer más de lo mismo.

            Temy asintió.

            —Aún eres muy joven y puedes volver a intentarlo más adelante. ¿Quién sabe? Es posible que te decidas a montar un grupo, como Jer. Todo el mundo sabe que es más fácil triunfar de esa manera, ¿no? ¡Podríais ayudaros mutuamente!

            Jay sonrió más animado y se preguntó cómo conseguía Temy mostrarse siempre positivo y contagiar su optimismo a los demás. Esperaba que tuviera razón y que los chicos de la 97 lo aceptaran sin demasiados problemas.

            Le hubiese gustado quedarse, pero supuso que su padre iría a buscarlo si no regresaba. Se levantó de mala gana dejando que los otros se acomodaran para dormir y se tomó su tiempo para regresar. Sentía la cabeza embotada y se detuvo junto a una ventanilla abierta durante unos minutos. Apoyó la mejilla en el frío metal y dejó que el aire nocturno le revolviera el pelo.

            «Tardaré años en regresar», pensó con desánimo. Sintió un gran cansancio y sacudió la cabeza, decidiendo que solo necesitaba dormir.

            Su padre levantó la vista en cuanto abrió la puerta, pero no dijo nada. Programó su pulsera para levantarse a las cinco, lo que le daría tiempo de sobra. En realidad, no tenía sueño. Aun así, se puso el pijama y dobló su ropa cuidadosamente, dejando las prendas sobre una repisa y acomodándose en la litera de cara a la pared.

            —Hay bebidas calientes en las máquinas expendedoras.

            Escuchó el sonido de las monedas que dejó en el estante, pero no se giró.

            —Gracias —murmuró sin mirarlo.

            Se colocó los pequeños auriculares que usaba para dormir y cerró los ojos con fuerza. Siempre había pensado que era un buen tipo, no le gritaba como solían hacer otros padres y su madre lo hacía reír a menudo. Los ojos grises acostumbraban a ser cálidos cuando miraba a su familia, sin embargo; aquel extraño en el que se había convertido tenía una mirada dura la mayor parte del tiempo. A veces lo asustaba, y otras; como en aquel momento, quería rogarle que volviese a ser el de antes.

 

 

 

 

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