Jer
arrastraba los pies con desgana, tirando de la maleta sin disimular su
resentimiento y con la sensación de que aquello no podía ser real. ¿Estaban
realmente abandonando el Sector 6? Después de pasarse media vida intentando
relanzar su carrera musical, su padre tenía que rendirse justo cuando él
empezaba a cumplir sus propios sueños.
Tocó
el borde acolchado de los auriculares que llevaba al cuello, deseando volver a
su música ya que les sobraba tiempo antes de embarcar en el tren nocturno y no
le apetecía pensar en el lugar al que se dirigían.
West
97 era una ciudad bastante pequeña y lo único que la hacía especial era su
tradición musical. En ningún otro lugar había tantos locales de música en vivo
ni tantas oportunidades de conocer a los amigos adecuados para formar un grupo,
Mudarse allí sería lo ideal para cualquier chico de la costa oeste que pensara
en subirse a un escenario, pero no para alguien que ya tenía un pie en la
industria.
Pensó
en el contrato que no podría renovar después de los meses que había pasado
haciendo recados y tratando de ganarse el favor de sus superiores. Había
tendido que aplazar todo aquello cuando su madre se puso enferma, pero nunca
había abandonado sus planes. De hecho, era una de las pocas cosas que todavía
le importaban después de su muerte.
—Ese
es un buen sitio —señaló su padre—. En el tren solo hay máquinas expendedoras.
Él
dejó escapar un sonido falto de entusiasmo. Había conseguido evitar cualquier
conversación incómoda durante todo el día y tenía la esperanza de seguir así el
resto del camino.
«Desde
la muerte de mamá es como si se hubiese convertido en un extraño».
De
alguna forma, se sentía obligado a rebelarse, aunque no estaba muy seguro de
cómo hacerlo. Su madre lo había apoyado desde que tenía memoria y su padre le
había enseñado con entusiasmo cuando no estaba viajando de un lugar a otro. De
pequeño pensaba que era una estrella y lo recibía como a un héroe que regresara
de una gran gira. Había tardado bastante en darse cuenta de que solo le
ofrecían trabajos de poca monta, y no es que eso le importara demasiado, pero
había hecho que se fijara en algunos detalles.
Por
ejemplo; hasta entonces nunca se había cuestionado que el barrio en el que
vivían estuviese bastante alejado del centro; al fin y al cabo, había más
músicos en la zona. Claro que todos eran recién llegados de otras ciudades, y
tan jóvenes, que a menudo ni siquiera reconocían su apellido.
—¡Eh,
Jer! —lo llamó alguien.
Temy
caminaba hacia ellos con una sonrisa, acomodando la correa de su guitarra sobre
el hombro. Tras saludarlo con un gesto, se dio cuenta de que no estaba solo y
se quedó mirando al chico que lo acompañaba intentando recordar su nombre.
—¿Los
conoces? —preguntó su padre.
—Sí,
son de la 97.
Apretó
los labios para no decir nada más. Él nunca estaba el tiempo suficiente por
casa como para conocer a sus amigos.
—¿Van
en nuestro tren?
«¿Cómo
voy a saberlo? ¡Ni que hubiese organizado yo el viaje!». Se contuvo para no
poner los ojos en blanco.
—No
lo sé, papá —se obligó a murmurar.
Su
amigo se acercó antes de que pudiese decir nada más.
—¡Apuesto
a que no esperabas verme por aquí! —exclamó.
Temy
había llegado hacía cosa de un año con su grupo y, aunque los demás se habían
marchado cuando no consiguieron un contrato, él había decidido intentarlo por
su cuenta.
—¿Te
acuerdas de Jay?
Saludó
al chico intentando ocultar su curiosidad. ¿Cuánto hacía que había llegado a la
ciudad? ¿Tres meses? Se sintió mal por ellos, pero su presencia lo animó un
poco.
—¿No
es genial que vayamos todos juntos? —dijo Temy con una risita de satisfacción—.
El otro día estuve a punto de contarte que yo también planeaba dejar la ciudad
con Jay, pero decidí sorprenderte. Es un trayecto demasiado largo como para
viajar solo. ¡Y aquí nos tienes!
Su
entusiasmo resultaba un tanto exagerado incluso para él, pero se obligó a
devolverle la sonrisa mientras los presentaba.
—¿Vais
de regreso a la 97? —preguntó su padre.
—¡Vaya!
¿Esa es una guitarra P-Jack? —preguntó Temy a la vez.
Señaló
el instrumento con ojos brillantes de entusiasmo y su padre sonrió. Dejó la
maleta a un lado y sostuvo la funda con cariño antes de abrirla. Aunque habían
enviado sus escasas pertenencias en un par de cajas, la guitarra era demasiado
valiosa como para arriesgarse a que la golpearan o se extraviara. Y no solo por
su valor económico; en realidad era el símbolo de una época de triunfos, cuando
las puertas de la industria estaban abiertas de par en par, cada álbum
resultaba mejor que el anterior y el ascenso a la cima parecía imparable.
—¡Guau!
¡Es una preciosidad!
El
chico tocó el instrumento con reverencia y Jay echó un vistazo por encima de su
hombro.
—¿De
qué parte de la ciudad eres, Temy? —insistió su padre.
Jer
soltó una exclamación de incredulidad. ¿Qué mosca le había picado? Siempre se
mostraba amable y paciente con los demás, por lo que no estaba acostumbrado a
que usara un tono seco como aquel.
«Desde
que decidió que debía regresar a la 97 se comporta de lo más raro».
—Del
norte, señor Warren; pero me bajaré en la 93 —Temy le lanzó una sonrisa
torcida—. Uno de mis hermanos vive allí y Jay es del sur, así que no tiene de
qué preocuparse.
La
respuesta hizo que se relajara de forma evidente y Jer recordó que le había
hablado de la rivalidad entre zonas de la 97, aunque le había parecido una
estupidez y no se lo había tomado demasiado en serio.
«Haber
crecido en el Sector 6 me pone en otra categoría bien diferente: la de paria o
inadaptado. Seré el chico nuevo que no conoce a nadie», pensó con desaliento.
—Estábamos
a punto de comer algo —Su padre hizo un gesto hacia la cafetería y añadió con
su tono más amable—. ¿Por qué no nos acompañáis?
Jay
rechazó la oferta, asegurando que la comida del tren no estaba tan mal. Temy le
echó una mirada dubitativa y contuvo apenas una protesta.
—Yo
invito —insistió su padre echando a andar.
Temy
le dirigió una sonrisa radiante a Jay, y finalmente, este se encogió de
hombros. Dejaron las maletas junto a una mesa libre y Jer se rezagó en la cola,
tirando de su amigo con disimulo.
—Eso
del norte y el sur… —susurró—. ¿De verdad es tan importante?
—Lamento
decirte que sí —El brillo de diversión en sus ojos parecía desmentir sus
palabras—. Para serte sincero, no es algo que vaya a echar de menos.
—De
todas formas, seré el nuevo. No puede ser peor que eso.
Dejaron
que una pareja los adelantara y se entretuvieron como si estuvieran decidiendo
qué menú escoger.
—Eso
pensé yo cuando nos mudamos —y aclaró—. Mi hermano y yo no crecimos en la 97,
pero mi padre sí que nació allí. ¡Un rebelde siempre quiere regresar a casa!
—Mi
padre no es un «rebelde de la 97».
Conocía
el término, que se refería a aquellos que se mantenían fuera de la industria
convencional. Curiosamente, la ciudad presumía tanto de los músicos que
lograban triunfar en el Sector 6 como de aquellos que seguían sus propias
normas.
—¡Claro
que lo es! —resopló Temy—. Me dijiste que ibais a vivir encima del Skyway y no
hay mayor rebelde que Sean Collins. Bueno, quizás Nick Parker, pero es
imposible pensar en uno sin acordarse del otro. ¡Qué envidia me das! No dudaría
en regresar si pudiera tocar con ellos.
—Podrías
intentarlo —sugirió esperanzado.
Daría
lo que fuese porque los acompañase hasta el final del trayecto, pero él negó
con gesto triste.
—No
tendría ninguna oportunidad —se puso serio de repente—. Soy del norte,
¿recuerdas?
—No
tiene ningún sentido —resopló contrariado.
—Lo
entenderás enseguida —Se sirvió un plato de macarrones y él lo imitó—. Será
mejor que te lo advierta; muchos se acercarán a ti por tu relación con el
Skyway y otros lo harán por simple curiosidad.
—¿Porque
soy el rarito que se crio en el Sector 6?
—¡Exacto!
Todos querrán saber si hay coches voladores como en las películas.
Lo
miró con incredulidad hasta que se dio cuenta de que bromeaba.
—Ja,
ja —Meneó la cabeza.
—No
será para tanto, aunque te harán más de una pregunta extraña. No se lo tengas
en cuenta, ¿vale? Yo mismo hice más de un comentario estúpido cuando me
presentaron a algún retornado.
—Seguro
que las preguntas más tontas serán las mías.
—Te
irá bien. No tardarás en conocer a un montón de chicos de tu edad en el parque
sur y montarás un grupo antes de lo que te imaginas.
Jer
se sentó junto a Jay y se limitó a escuchar durante un rato, hasta que el olor
de la comida le recordó que apenas había probado bocado desde el día anterior.
—Solía
tocar en el Hard Carry, ¿no es cierto, señor Warren? —preguntó Temy—. ¿Es así
como conoció a Sean Collins?
Su
padre asintió, bebiendo un trago de agua.
—Mis
amigos y yo andábamos por los veinte, aunque Sean era más joven cuando su
hermano se hizo cargo del negocio.
—Me
gustaría ver tu cara cuando entres allí por primera vez —Le dio un codazo
amistoso—. ¡Menudo local!
—¿Lo
conoces?
—Me
colé en una ocasión, al poco de llegar a la ciudad.
Se
rio sin mostrar arrepentimiento.
—El
River tampoco está mal —concedió su padre.
—Mi
grupo tocó allí unas cuantas veces —explicó—. Es el mejor local del norte. Se
podría decir que es el único rival a la altura del Skyway.
—Eso
es discutible —resopló su padre, divertido.
—¿Llegó
a tocar en el Skyway?
—No,
dejé la ciudad mucho antes de que Sean lo reformara —Los recuerdos
ensombrecieron su voz por un momento y decidió cambiar de tema—. Entonces, ¿vas
a reunirte con tu hermano?
—Así
es. Tiene un local de comidas con un pequeño escenario. No se puede decir que
la ciudad brille por su talento, pero eso me hará destacar aún más.
—Hay
una fábrica de vehículos, ¿no?
—Sí,
una enorme. Al menos en comparación con la fábrica de androides de la 97. Lo
que me recuerda, Jer… ¡que no verás ni un robot!
—¿En
serio? —se sorprendió.
—Ni
uno solo. Se fabrican allí, pero los llevan a los sectores. En la 93 había
alguno aquí y allá; supongo que es lógico ya que es la ciudad más grande de la
costa oeste.
—Pero
¿hay más locales en los que actuar? Como el de tu hermano, ¿no?
—En
todas partes hay negocios de ese tipo —intervino su padre—. Lo que ocurre es
que no son famosos.
—Cierto.
De todas formas, si Sean Collins puede servir mesas antes de tocar en el
escenario, no hay razón para que yo no haga lo mismo. ¿Quién sabe? Puede que
consiga un grupo bastante decente.
—¿Vas
a crear uno nuevo?
—Matt
se reunirá conmigo, por lo que no empezaremos de cero. No sé ni dónde están los
demás. Creo que un par de chicos regresaron a casa, pero no quieren saber nada
del tema.
Le
dirigió un gesto de circunstancias que no entendió.
—Pero
¿no habían vuelto todos?
—No,
no. Solo dos. Los otros andan de aquí para allá.
Sus
ojos se ensombrecieron.
—No
es fácil volver a casa —dijo su padre en voz baja.
Miró
al chico directamente y este asintió sin decir nada. Jer se metió una cucharada
de pasta en la boca y trató de ignorar el abatimiento que pareció invadirlos.
—¿A
qué hora llegaremos? —preguntó para cambiar de tema—. Espero estar despierto
para despedirte.
—Tendrás
que poner una alarma —se rio suavemente—. Lo más seguro es que lleguemos antes
del amanecer.
Enseguida
volvió a recuperar el buen humor y contó algunas anécdotas de su infancia en la
93. Estaban tan entretenidos que el anuncio de que su tren saldría en quince
minutos los pilló por sorpresa. Los chicos se alejaron arrastrando su equipaje
hacia los vagones de la cola y Jer prometió ir a verlos más tarde.
Se
encontró con la mirada de su padre por un segundo y apartó la vista sabiendo lo
que pensaba. Aquello era lo que la mayoría se llevaba del Sector 6: una
incómoda vuelta a casa con el rabo entre las piernas.
«Lo
que tú digas, papá».
Caminó
con la vista en el suelo para ocultar su rabia hasta que el agente del control
lo sacó de sus pensamientos con un carraspeo.
—Tienes
que pasar tu identificador por el lector —dijo con voz monótona.
Acercó
su pulsera a la máquina y avanzaron hacia uno de los vagones del centro. Entró
en la cabina que les correspondía sintiendo que su mundo se venía abajo y se
giró para colocar sus cosas, intentando deshacer el nudo que tenía en la
garganta.
—Jay
parece bastante callado. ¿Te llevas bien con él?
—Solo
lo he visto un par de veces —contestó sin mirarlo.
Metió
la maleta debajo de la litera.
—Entiendo.
De todas formas, me alegro de que conozcas a alguien en la ciudad.
Murmuró
algo sin comprometerse porque, aunque no tenía nada en contra de Jay, no iba a
dejar que convirtiera aquello en algo positivo.
—Temy
parece un buen chico —dijo suavemente.
—No
está mal. Para ser del norte y eso.
Su
padre se sentó con un suspiro.
—¿Has
conocido a más retornados? —preguntó directamente.
—Unos
cuantos. No sé de qué parte de la ciudad eran, si es lo que quieres saber.
—En
el Sector 6 no tiene importancia; sin embargo, te aseguro que cualquiera en la
97 sabe de sobra que el nombre de Rick Warren está asociado al sur.
—Pues
nunca les ha importado —descartó con un gesto.
—Si
Temy regresa algún día, te aseguro que no se acercará a ti. No delante de los
demás.
No
quería creerlo, pero no pudo evitar un escalofrío por la forma en que lo dijo.
Se sentó frente a él y lo escuchó con aire alicaído mientras le daba varios
ejemplos que ilustraban las normas no escritas que gobernarían su vida de allí
en adelante.
—¿Lo
entiendes?
Se
sobresaltó y enfocó la mirada en los ojos grises, parpadeando un par de veces
antes de contestar.
—No
sé qué tiene que ver nada de eso conmigo —Parecía dispuesto a explicárselo de
nuevo y lo detuvo con un gesto—. ¿No es un comportamiento un tanto infantil?
—Hazme
caso, Jer. No es algo que puedas tomarte a la ligera.
—Vale,
vale —Decidió que aquella charla terminaría antes si abandonaba el tono
rebelde—. Supongo que es como la rivalidad entre compañías.
«Aunque
sin el propósito comercial. ¿Qué objetivo tiene enfrentar a una parte de la
ciudad con la otra?».
—Es
una buena comparación —esbozó una sonrisa más bien amarga—. Solo tienes que
recordarlo, ¿de acuerdo?
Se
armó con toda la paciencia que pudo reunir para no contestar con sarcasmo.
—Lo
entiendo, papá —suspiró—. Viviremos en el Skyway, conoceré a otros chicos en el
parque sur y no iré más allá del islote del mercado, que está justo en el
centro de la ciudad.
«Y
todos los días estarán llenos de arcoíris y buenos deseos», añadió para sí
mismo con rencor.
—No
nos quedaremos demasiado tiempo con Sean. Buscaré un apartamento en cuanto
empiece a trabajar en la fábrica.
Miró
por la ventana esperando que lo dejara en paz y cuando el tren arrancó por fin,
decidió ir a buscar a Temy.
—¿Quieres
llevarte la guitarra? —preguntó, quizás para consolarlo.
—No
creo que le dejen tocar en el vagón.
—Tienes
razón —respondió con una mueca.
Los
dos sabían que su amigo hubiese apreciado el ofrecimiento, aunque solo fuese
para admirar el instrumento de cerca. No quería echarse atrás, así que avanzó
por el pasillo con pasos largos, intentando sacudirse el sentimiento de culpa.
Cuando
le había contado sus planes, Jer se había alterado como nunca en su vida, lo
que terminó en una pelea bastante gorda. En un arranque de ira, su padre le
prohibió volver a tocar la P-Jack y él casi escupió las palabras al jurar que
jamás volvería a pedírsela.
«¡Por
mí, como si quiere lanzarla al fondo del mar!», pensó con rencor.
Caminó
entre los asientos, donde algunos pasajeros ya se estaban acomodando para
dormir. Jay estaba junto a la ventana y Temy lo llamó al verlo, moviéndose al
asiento contiguo y palmeando el hueco libre con entusiasmo. El vagón no estaba
demasiado lleno y supuso que a nadie le importaría que se quedara allí.
Le
echó un vistazo a los asientos abatibles donde los chicos pasarían la noche. Su
padre tampoco tenía demasiado dinero, pero había vendido casi todo lo que tenía
para ponerse al día con el alquiler y comprar los billetes.
Miró
a su amigo con disimulo, extrañado de que no pareciera decaído a pesar de haber
abandonado su sueño. La mayoría de los artistas que llegaban al Sector 6
seguían la misma pauta: conseguir un contrato y dejar que la empresa manejase
su carrera hasta que prescindían de ellos, tal como le había ocurrido a su
padre. Jer estaba decidido a encontrar su propio camino y aquel desvío hacia la
97 no iba a cambiar sus planes. Se preguntó si Temy decía en serio lo de
establecerse con su hermano.
Decidió
mencionar algunos grupos que había descubierto recientemente para no pensar en
su situación. Tanto las compañías para las que había trabajado como sus
competidores celebraban un concurso anual para nuevos talentos y había revisado
los finalistas de los últimos años.
«Podría
ser peor. Al menos siempre hay algún grupo de la 97 entre los mejores», se
consoló.
Llevaba
varios días escuchando una gran variedad de temas y había seleccionado los que
le parecieron más interesantes. Afrontaría aquella situación de la misma forma
que había abordado las prácticas en Rewind y Oxygen; aprendiendo todo lo que le
pudiera ser de utilidad para lograr el triunfo.
Jay
se mostró más hablador, haciendo unos cuantos comentarios acerca de las
canciones y hasta mencionó con ojos brillantes que había escuchado en directo a
alguno de ellos.
—Jer
baila bastante bien —aseguró Temy—. Tienes que meterlo en algún grupo del
parque.
—¡Claro!
—accedió enseguida.
Quiso
protestar. El chico era un par de años mayor que él y no le gustaba ponerlo en
un compromiso, pero Temy le quitó importancia al asunto.
—Da
igual la edad que tengas, todos los chicos de la parte sur se reúnen allí. Hay
varios escenarios al aire libre y cualquiera puede usarlos, tanto para bailar
como para actuar.
—¿Tú
no estás en un grupo? —le preguntó a Jay.
Alguien
chistó a su espalda para que bajaran la voz.
—Bailo
con unos amigos, nada más. Vine a la ciudad para componer, como hacía mi madre.
Murió hace unos años y… Tampoco es que fuera
famosa —aclaró antes de que se le ocurriera preguntar—. Trabajaba desde la 97 y
vendía sus letras de forma esporádica.
—¿Eso
es lo que vas a hacer tú?
Jay
desvió la mirada hacia la ventana. Había anochecido sin que se dieran cuenta y
la oscuridad solo se veía interrumpida por las luces que había junto a las
vías.
—Parece
que mis letras no son adecuadas para la industria en este momento —dijo con voz
queda.
—¡Eso
no quiere decir nada! —lo consoló Temy con una palmada en el hombro —. Las
grandes compañías eligen lo que deciden vender en cada momento, ¿no es cierto,
Jer?
Carraspeó
buscando las palabras.
—Es
un tema complicado. A veces es cuestión de saber el concepto por el que va a
apostar la competencia —explicó—. En lugar de buscar algo original, muchos
agentes prefieren ofrecer más de lo mismo.
Temy
asintió.
—Aún
eres muy joven y puedes volver a intentarlo más adelante. ¿Quién sabe? Es
posible que te decidas a montar un grupo, como Jer. Todo el mundo sabe que es
más fácil triunfar de esa manera, ¿no? ¡Podríais ayudaros mutuamente!
Jay
sonrió más animado y se preguntó cómo conseguía Temy mostrarse siempre positivo
y contagiar su optimismo a los demás. Esperaba que tuviera razón y que los
chicos de la 97 lo aceptaran sin demasiados problemas.
Le
hubiese gustado quedarse, pero supuso que su padre iría a buscarlo si no
regresaba. Se levantó de mala gana dejando que los otros se acomodaran para
dormir y se tomó su tiempo para regresar. Sentía la cabeza embotada y se detuvo
junto a una ventanilla abierta durante unos minutos. Apoyó la mejilla en el
frío metal y dejó que el aire nocturno le revolviera el pelo.
«Tardaré años en regresar», pensó con desánimo.
Sintió un gran cansancio y sacudió la cabeza, decidiendo que solo necesitaba
dormir.
Su
padre levantó la vista en cuanto abrió la puerta, pero no dijo nada. Programó
su pulsera para levantarse a las cinco, lo que le daría tiempo de sobra. En
realidad, no tenía sueño. Aun así, se puso el pijama y dobló su ropa
cuidadosamente, dejando las prendas sobre una repisa y acomodándose en la
litera de cara a la pared.
—Hay
bebidas calientes en las máquinas expendedoras.
Escuchó
el sonido de las monedas que dejó en el estante, pero no se giró.
—Gracias
—murmuró sin mirarlo.
Se
colocó los pequeños auriculares que usaba para dormir y cerró los ojos con
fuerza. Siempre había pensado que era un buen tipo, no le gritaba como solían
hacer otros padres y su madre lo hacía reír a menudo. Los ojos grises
acostumbraban a ser cálidos cuando miraba a su familia, sin embargo; aquel
extraño en el que se había convertido tenía una mirada dura la mayor parte del
tiempo. A veces lo asustaba, y otras; como en aquel momento, quería rogarle que
volviese a ser el de antes.

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