Se
despertó mucho antes de que sonara la alarma y parpadeó confundido hasta que
escuchó el sonido metálico que producía el tren al deslizarse sobre los raíles.
Había
soñado con su madre tumbada en la camilla del hospital, y aunque quiso
arrebujarse en el calor de la manta, esa imagen lo empujó a levantarse de
golpe. Su padre se revolvió en la litera y él se vistió a toda prisa sin hacer
ruido.
La
luz del pasillo era tenue y un escalofrío le recorrió la espalda. Parecía más
largo y silencioso de lo que recordaba y contuvo la respiración hasta que llegó
al siguiente vagón, donde los viajeros dormidos dejaban escapar una variedad de
sonidos. Caminó con cuidado de no despertarlos y respiró aliviado cuando llegó
al siguiente pasillo y este le resultó menos inquietante.
Como
era de esperar, Temy y Jay también dormían, así que se subió el cuello de la
cazadora y estaba pensando en ir a la cafetería para regresar más tarde cuando
una voz lo llamó en un susurro.
—Eh,
¿puedes alcanzarme esa mochila?
Un
chaval menudo se levantó, señalando el portaequipajes sobre su cabeza. Por su
corta estatura, era obvio que él no la había puesto allí. Se lo quedó mirando
durante un par de segundos antes de alcanzarle la bolsa. El chico le hizo un
gesto para que esperara, sacando rápidamente varias cosas del interior y
metiéndoselas en los bolsillos. Cuando terminó, le entregó la mochila de nuevo,
pidiéndole con un gesto que la devolviera a su sitio.
Pesaba
bastante menos y le llamó la atención la mirada nerviosa que le dirigió al
hombre que dormía en el asiento contiguo. Los delgados hombros se relajaron
cuando comprobó que no se había despertado y se metió un par de mechones rubios
bajo la capucha de la sudadera, señalando con un gesto la salida.
—¡Gracias,
me has salvado la vida! —dijo una vez que se encontraron en la zona entre
vagones—. Por aquí se va a la cafetería, ¿verdad?
Los
ojos verdes relucían bajo la luz nocturna.
—Sí,
está en el tercer vagón en esa dirección.
—¡Genial!
Me muero de hambre.
—Solo
hay máquinas expendedoras.
—Es
mejor que nada —dijo con una sonrisa—. Por cierto, me llamo Doble V.
—Yo
soy Jer —respondió mecánicamente.
El
otro se lo quedó mirando. Como estaba acostumbrado a nombres mucho más raros,
tardó un momento en darse cuenta de que estaba esperando a que le preguntara el
significado de su apodo. Estaba decidiendo si debía complacerlo cuando el
chaval abrió la puerta del siguiente vagón.
Lo
siguió sin pensar.
—¿Vas
hacia allí? —preguntó al darse cuenta de que iba detrás de él.
Jer
asintió. Tuvo la sensación de que iba a protestar, pero al final se limitó a
atravesar el pasillo en silencio y no volvieron a hablar hasta que llegaron a
la desierta cafetería. Jer escogió una especie de chocolate caliente y notó que
el otro lo miraba fijamente. Cuando se giró, ya había apartado la vista y
estaba seleccionando unos fideos con algún tipo de salsa.
—¡Qué
suerte! Tienen comida de verdad.
No
estaba muy seguro de si se la podía llamar así, pero no dijo nada. Se sentó a
una de las mesas y le dio un trago a su bebida, sujetando el vaso de forma que
le calentara las manos. Los ojos verdes se posaron sobre él de nuevo y enfrentó
aquella mirada con curiosidad. ¿Qué le pasaba?
Doble
V. pareció tomar una decisión al recoger el recipiente humeante. Lo dejó sobre
la mesa y se sentó frente a él.
—¿Sabes
si falta mucho para llegar a la 93?
Miró
su pulsera.
—Un
par de horas, más o menos. ¿Es tu parada?
Negó
con la cabeza mientras revolvía los fideos.
—Se
supone que vuelvo a la 97.
—¡Yo
también voy a la 97!
—Ah,
¿sí? —entrecerró los ojos.
Parecía
estar evaluándolo con la mirada.
—¿Del
norte o del sur? —preguntó Jer mordiéndose los labios.
Se
sintió bastante estúpido al decirlo y bajó la mirada, avergonzado.
—Soy
más bien un nómada.
Se
rio por lo bajo y masticó con ganas.
—¿Eso
es posible? —lo miró con desconfianza.
Su
padre estaba empeñado en que tenía que ser una cosa o la otra. ¿Habría más
opciones?
Doble
V. se atragantó y tosió, golpeándose el pecho hasta recuperarse. Entonces soltó
una carcajada y entrecerró los ojos aún más que antes.
—Guau,
no tienes ni idea de nada, ¿no es cierto?
Volvió
a mirarlo de arriba a abajo y él se removió incómodo. Doble V. inclinó la
cabeza, observándolo de forma pensativa.
—No
pareces un estudiante. ¿De dónde vienes?
Se
metió un montón de fideos en la boca y lo miró con abierta curiosidad mientras
masticaba. ¿Cómo podía comer tan rápido?
—Crecí
en el Sector 6 —respondió de mala gana—. ¿Qué es un estudiante?
El
chico abrió los ojos con incredulidad al escuchar la pregunta. Se alegró de
cogerlo por sorpresa, pero se sentía demasiado confundido como para
disfrutarlo.
—Llamamos
«estudiantes» a los hijos de los encargados de la fábrica o del personal
oficial del gobierno. Siempre van de una ciudad a otra. En la 97, viven en el
este y se dedican a estudiar a tiempo completo, no como el resto.
—¿Qué
quieres decir? ¿Qué hacen los demás?
Por
lo que él sabía, todos los chicos de la 97 querían actuar en algún local. No
tenía ni idea de lo que hacían antes de conseguirlo.
—Yo
empecé a trabajar en un taller mecánico a los ocho —Se levantó a por una
botella de agua y siguió hablando—. La mayoría empieza a hacer recados y cosas
por el estilo cuando cumplen doce o trece años. Y antes de que lo preguntes,
esa no es mi edad, ¿vale? Tengo quince.
El
tema parecía molestarle, así que sería mejor que no hiciera ningún comentario
acerca de su baja estatura.
—¿Y
qué es eso de ser un nómada? ¿Te lo has inventado o es algo real?
Doble
V. se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.
—¡Tío!
¿Es que nunca has salido del Sector 6?
Jer
apretó los labios.
—Pues
no y por tu tono cualquiera pensaría que es un crimen —dijo con sequedad.
—No,
claro que no lo es. Aunque sí que es raro.
—Si
el tren nos llevara al Sector 6, tú serías el raro, ¿no crees?
—Tienes
razón —le dirigió una sonrisa torcida—. Perdona, ¿vale? Nunca había conocido a
nadie que no supiera lo que es un nómada. Son un grupo de gente que viaja de
una ciudad a otra en caravanas; venden mercancías y tienen algún que otro
espectáculo.
—Nunca
he oído hablar de ellos —lo miró con suspicacia.
No
sabía si creerlo. Había entrado en un mundo que desconocía por completo y era
posible que se lo hubiese inventado todo.
Doble
V. se bajó la capucha y aplastó los mechones rubios, aunque solo consiguió que
estos apuntaran a los lados. Sacó una tira de cuero que llevaba bajo la
camiseta y le mostró un medallón de forma ovalada. Parecía de metal y relucía
como un arcoíris en el que los colores se hubiesen mezclado unos con otros. Se
acercó más para intentar descifrar los arabescos que tenía grabados, aunque no
estaba muy seguro de que tuvieran algún significado. Quizás solo fueran unas
líneas decorativas.
—Todos
los nómadas llevan un colgante parecido. Este era el de mi madre —Pasó el
pulgar por las líneas antes de esconderlo bajo la ropa—. Nací en la 97 de
casualidad. Llegué antes de tiempo y mi madre murió durante el parto. Es por
eso que crecí en el pabellón… Así llamamos al centro de huérfanos —aclaró—. Un
mecánico de la parte sur me acogió a los ocho años. Viví con él hasta hace poco
y mi mejor amigo también es de esa zona. ¿Crees que eso es suficiente como para
convertirnos en aliados?
Dio
un respingo al oír la última parte.
—¿Cómo
sabes que soy del sur?
Estaba
seguro de no haberlo mencionado. ¿Habría algo que lo delatara?
—Tu
padre tiene que ser Rick Warren —Jer lo miró boquiabierto y él no ocultó su
satisfacción—. No te preocupes, no soy adivino. Es una deducción lógica ya que
ningún otro músico lleva tanto tiempo en el Sector 6 como para tener un hijo de
tu edad.
—Eso
es genial. Seré el bicho raro por excelencia.
No se
hacía muchas ilusiones al respecto, pero ver sus sospechas confirmadas era
bastante descorazonador.
—Eh,
no es tan malo —intentó animarlo—. Hablarán de ti, seguro; pero todo depende de
cómo decidas usar esa fama.
—Mi
padre regresará como un fracasado para trabajar en la fábrica. No veo cómo
puedo usar algo así en mi beneficio.
—Conoces
el lugar al que todos quieren llegar. ¿No crees que eso te dé alguna ventaja?
La mayoría de los retornados no hablan demasiado de ello y básicamente, sueltan
alguna que otra anécdota acerca de los robots trabajando en las cafeterías para
hacerse los graciosos. Nadie habla de ello demasiado en serio ni ofrece
consejos. Al fin y al cabo, a ellos no les funcionaron. ¡Seguro que tú tienes
algo nuevo que ofrecer!
—Hice
las prácticas en Rewind y Oxygen —murmuró.
—¿Lo
ves? Ese es un punto de vista a tener en cuenta.
—Da
igual. Mi padre no quiere que me dedique a la música —Se levantó alterado y se
agarró a la repisa de la ventanilla.
Afuera
todavía estaba oscuro y bajo las luces del exterior solo se veía una línea de
tierra cubierta de hierbajos.
—Vaya,
tío… Eso es una faena.
Jer
dejó escapar una risa amarga.
—Sí
que lo es —masculló.
Apoyó
la frente sobre el cristal.
—¿Qué
tienes, quince años? Solo tienes que esperar hasta los dieciséis para tomar tus
propias decisiones —Jer se giró con una mueca y volvió a sentarse con el ánimo
decaído—. O podrías escaparte. Los de West no gastarían demasiados recursos en
buscar a alguien de tu edad.
¿Hablaba
en serio? Ese no era el problema. Había cumplido los dieciséis hacía unos
meses, pero no tenía ni idea de cómo sobrevivir por su cuenta. Se lo quedó
mirando sin parpadear durante unos segundos.
—¿Eso
es lo que hiciste tú? No parece que te haya ido muy bien, ¿no?
Se
preguntó si el hombre dormido sería un empleado de West. ¿Lo habrían enviado a
buscarlo?
Doble
V. entrecerró los ojos con aquel gesto que parecía habitual en él.
—Gracias
por el voto de confianza. Quiero pensar que no me atraparían tan fácilmente —bajó
la mirada—. Si estoy aquí es porque me vi obligado a dar un rodeo, pero nadie
va a llevarme de vuelta si puedo evitarlo.
—¿Por
qué?
—Tengo
mis razones y creo que ya he hablado demasiado. Me caes bien, pero no te
conozco lo suficiente. Lo entiendes, ¿verdad?
—No
creo que sea buena idea. ¿Cómo vas a salir adelante tú solo?
—No
estaré solo, así que olvídalo, ¿vale? No tendría que haber dicho nada.
Se
levantó de forma brusca y tiró el recipiente vacío a la basura. Jer frunció el
ceño, inseguro de lo que debía hacer y Doble V. suspiró al ver la expresión de
su cara.
—En
la 97 solo hay una regla que importa de verdad. Da igual que seas del norte o
del sur, lo único que nadie te perdonará es que seas un chivato. Más te vale
tenerlo en cuenta.

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