viernes, 24 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 4- Run Away

 



           —¿Desayunaste con tus amigos? —preguntó su padre con voz somnolienta.

            Asintió y se sentó en la litera, jugueteando con los auriculares mientras él se vestía. Temy había bromeado hasta el último momento, animándolos para que siguieran luchando por su sueño.

            —Jay va a presentarme a los chicos con los que baila en el parque —dijo en voz baja.

            No estaba seguro de por qué se había molestado en decírselo. Quizás porque le hubiese gustado que las cosas fueran como antes, cuando compartían un mismo objetivo. Era posible que la 97 no estuviese tan mal. Recordó lo que había dicho su amigo y también aquel chico, Doble V. A la hora de formar un grupo, sus conocimientos acerca del Sector 6 podrían convertirlo en el líder indiscutible.

            —Me parece bien —accedió con una mirada precavida—. Siempre y cuando te mantengas al día con los estudios y trabajes por la mañana.

            Levantó la vista, sorprendido.

            —¿Trabajar? ¿Dónde, en la fábrica?

            No había pensado en eso. Lo miró sin entender ya que ni siquiera habían hablado del tema.

            —No, claro que no. Te han concedido una plaza en la oficina de gobierno.

            —¡¿Qué?! ¿De qué estás hablando?

            —Te han aceptado gracias a tus notas —anunció con orgullo—. En un año es posible que puedas optar a un puesto permanente.

            Sintió que la sangre se le subía a la cabeza.

            —¿Has pedido una plaza sin consultarme?

            —Es lo mejor que la 97 puede ofrecerte, créeme.

            —¡Eso no lo sabes!

            —¡Claro que lo sé! ¿Crees que yo no pensaba que sería distinto a los demás? —dijo exasperado—. Logré estar en lo más alto durante unos cuantos años, pero ¡mírame ahora!

            —¿Y por eso debo renunciar a mi sueño? —preguntó con rencor—. ¿Porque el tuyo se acabó demasiado pronto?

            La expresión de dolor en su cara era evidente y los ojos grises mostraban un aire de derrota tan absoluta que le resultaba insoportable.

            —La fama es efímera, Jer —dijo con tono cansado—. Todos los chicos de la costa oeste aspiran a llegar al Sector 6, por eso siempre habrá alguien nuevo para reemplazarte.

            —¿Crees que no he aprendido nada viéndolo de primera mano? —insistió—. Te olvidas de que viví allí toda mi vida. ¿Crees que no saqué nada de tu experiencia, que no escuché las historias a mi alrededor?

            Su padre lo miró con el ceño fruncido y gesto inflexible. No creía que dudara de su inteligencia o su talento y era probable que solo temiera que se viera atrapado en un callejón sin salida, como le había ocurrido a él. En su corazón, Jer sabía que solo lo movía la preocupación por su bienestar, pero no estaba dispuesto a que sus miedos lo frenaran.

            —Si es cierto que has aprendido algo —parecía intentar contenerse—, aceptarás el puesto en la oficina de gobierno y tocarás los fines de semana con unos amigos solo para divertirte —Levantó aún más la voz cuando lo miró enfurruñado— ¡No lo arriesgarías todo por un imposible!

            —¡Es mi vida! —dijo alterado—. No voy a aceptar la plaza y no puedes obligarme.

            —Eso ya lo veremos —declaró—. ¡Todavía soy tu padre!

            —¡Si lo que quieres es que me marche solo tienes que decirlo! —gritó furioso—. Puedes intentar arruinar mis planes, pero te juro que me iré y no volverás a verme.

            Se marchó después de aquel estallido, temiendo que las lágrimas acabaran por delatarlo. ¿Cómo podía hacerle aquello? ¡No podía decidir su futuro de esa forma!

            Actuaba como si no hubiera nada más que hablar al respecto y eso lo sacaba de sus casillas. Cerró los ojos con fuerza. Se equivocaba por completo si pensaba que el tema estaba zanjado.

            «Ya veremos si puedes obligarme».

            Avanzó inquieto por el pasillo y se paró al darse cuenta de que estaba en el vagón de Jay. No quería tener que disimular con él y se relajó al ver que se había vuelto a dormir.

            —¡Eh! —lo saludó Doble V.

            El hombre a su lado bostezó y tomó una decisión en aquel mismo momento. Le demostraría a su padre que no podía manejar la vida de los demás a su antojo.

            —Voy a la cafetería. ¿Te apuntas? —dijo intentando que su voz sonara normal.

            El hombre abrió los ojos perezosamente cuando el chico se incorporó de golpe.

            —¡Claro! Me encantaría probar uno de los bollos con nueces. ¿Me das unas monedas, Wayne?

            —Acabas de comerte uno de chocolate —protestó.

            —Y te dije que me moría por probar uno de los otros, ¿a que sí? ¡Vamos, tío! Aún falta mucho para llegar a casa.

            —De acuerdo, de acuerdo. Pero pórtate bien, ¿eh? ¡Y no me llames «tío»!

            El hombre le entregó un puñado de monedas. Doble V. le dirigió una sonrisa radiante y él se acomodó de nuevo en la butaca dispuesto a dormitar otro rato.

            Jer esperó hasta que llegaron al siguiente vagón y tiró de él hacia un rincón donde no había nadie.

            —No pienso ir a la 97 —susurró—. ¡Cuéntame tu plan!

            Las cejas rubias se arquearon por la sorpresa.

            —¿Por qué debería hacerlo?

            Jer pensó a toda velocidad.

            —Tengo dieciséis años —Levantó la muñeca mostrándole el identificador—. Podemos decir que eres mi hermano pequeño.

            —No servirá de nada si pasamos por un control de movilidad.

            —Me imagino que tienes un plan para evitar que eso ocurra. Además, si vas solo llamarás más la atención.

            Sobre todo, porque parecía más joven, pero no hacía falta decirlo.

            Doble V. pareció pensárselo.

            —¿Estás seguro? —Esperó hasta que Jer asintió para continuar—. Vale. Te llevaré conmigo, pero si te echas atrás te dejaré donde sea que estemos, ¿está claro? —Volvió a asentir con seriedad—. ¿Crees que podrías conseguir algo de ropa? Yo no puedo llevarme la mochila. Wayne es bastante confiado, pero hasta él sospecharía.

            —Lo más seguro es que mi padre esté desayunando.

            —Comprobemos si es así —lo apremió—. Vamos, llegaremos a la 94 en cualquier momento.

            Se apresuraron hasta llegar al compartimento. Doble V. se quedó esperando en el pasillo y él continuó hasta la cafetería.

            Se asomó con cuidado. Su padre estaba sentado a una mesa y le daba un sorbo a su café. Solo veía su espalda, pero no parecía tener prisa.

            Regresó sin querer pensar en lo que estaba haciendo y se encontró a Doble V. sentado en el suelo. Parecía que intentaba quitarse la pulsera con un pequeño destornillador, aunque no estaba seguro porque se levantó al instante.

            —¿Piensas quitarte el identificador?

            Abrió la puerta y ambos entraron en la cabina.

            —¡Por supuesto! Lo único difícil es hacerlo sin estropearlo.

            Jer recordó para qué estaban allí y sacó algunas prendas de su maleta. Vació la bolsa en la que solía llevar las partituras, apretujó la ropa en su interior y se pasó la correa sobre la cabeza. Necesitaría dinero.

            —¡Por fin! —exclamó el chico.

            —¿Funciona?

            Tocó la pantalla para demostrárselo, sonriendo con jactancia.

            —Tenemos que quitarte la tuya.

            —¿Qué? ¿Por qué? —exclamó—. ¡Yo tengo dieciséis!

            —Vas a desaparecer de repente. Puede que a los de West le dé igual, pero tu padre insistirá en buscarte, ¿no crees? No te preocupes, te conseguiré una identidad falsa.

            —Me la quitaré cuando lleguemos a la ciudad.

            —Es mejor dejar los identificadores en el tren —Se cruzó de brazos—. No hace falta ir dejando pistas.

            —Tengo algunos ahorros —insistió.

            —No necesito tu dinero —declaró con terquedad.

            —Me alegro por ti, pero es posible que a mí me haga falta.

            Doble V. refunfuñó por lo bajo, pero acabó por ceder.

            Por si acaso, rebuscó en la maleta de su padre. Encontró unos cuantos billetes en un neceser y se los metió en el bolsillo.

            «Sería peor si me llevara la guitarra para venderla», se dijo cuando lo asaltó la culpa.

            —¿Algo más?

            —Creo que no —murmuró.

            Devolvió las maletas a su sitio y echó un último vistazo antes de salir. Se le ocurrían muchas cosas que podría necesitar, pero no tenía ni idea de cuál era el plan.

            —Vamos al último vagón —dijo Doble V. con un gesto—. Tenemos que pasar por delante de Wayne. Si está despierto dile que ha sido idea tuya, que quieres ver la vista desde la cola del tren o algo parecido.

            El corazón le golpeaba en el pecho cuando se acercaron al hombre, pero no hizo falta que se inventara ninguna historia. Dormía pacíficamente y pasaron junto a él sin que se enterara.

            El último vagón estaba casi vacío. Doble V. dejó caer su pulsera entre dos asientos del fondo y se dirigieron hacia la puerta intermedia sin que a nadie le llamara la atención. Seguramente, no eran los primeros chicos que se quedaban un rato en aquel hueco observando cómo dejaban atrás las vías.

            Observó el amanecer por la ventana mientras Doble V. trabajaba en la puerta exterior, que estaba bloqueada por seguridad. Le lanzó una mirada inquieta cuando el tren empezó a disminuir la velocidad.

            —Tenemos que saltar antes de entrar en la estación —susurró el chico.

            El altavoz anunció la parada y Jer asintió conteniendo la respiración. Doble V. se irguió y cuando abrió la puerta ya se veían unos edificios a lo lejos.

            Una ráfaga de viento tomó a Jer por sorpresa, pero lo siguió sin dudar. Cerró la puerta tras de sí y mantuvo la mirada en el estrecho borde sobre el que se encontraban sus pies. Doble V. se sujetó a una agarradera oxidada y echó una mirada por el lateral.

            —¡Ahora! —gritó justo antes de saltar.

            Aunque el tren iba bastante despacio, le temblaron las piernas cuando se colocó en posición. Doble V. había rodado por el impulso, aunque se levantó de inmediato y le hacía gestos para que se lanzara. Ya podía ver el andén a lo lejos, así que respiró hondo y saltó, trastabillando al tocar el suelo y cayendo de rodillas.

            Se levantó, sorprendido de haberlo logrado sin haberse roto nada. Se sacudió el polvo del pantalón y el otro chico llegó corriendo.

            —¡Vamos! —Señaló una caseta situada más allá de las vías.

            Le echó una mirada a la parte trasera del tren al escuchar que se detenía del todo y echó a correr. Dejaron atrás la caseta y subieron por el terreno inclinado sujetándose a los matorrales hasta que llegaron a la parte superior. Se encontraron con una valla metálica, pero la escalaron sin problema.

            —¡Lo conseguimos! —exclamó Doble V.

            Le devolvió una sonrisa nerviosa sintiendo la adrenalina que todavía corría por sus venas. Atravesaron varias calles estrechas y no tardaron en encontrar un terminal. Sacó todo el efectivo del que pudo disponer y se alejaron por otro callejón.

            Doble V. rebuscó entre las herramientas que llevaba en el bolsillo y sujetó la pulsera. Se puso a trabajar en el cierre con dedos hábiles mientras Jer vigilaba nerviosamente que nadie se acercara.

            —¡Listo!

            Escondió el identificador detrás de unos arbustos preguntándose si podría regresar para recuperarlo. Meneó la cabeza imaginándose a su padre allí mismo y descartó la idea con un gesto de pesar.

            —¿Y ahora qué? —preguntó frotándose la muñeca vacía.

            Sintió un extraño desasosiego al pensar en todo a lo que estaba renunciando.

            —¿Es que no eres capaz de disfrutar de la victoria ni por un segundo? —Chasqueó la lengua—. Ahora, mi impaciente amigo, tenemos que salir de la ciudad antes de empiecen a buscarnos. Me imagino que tu padre armará un buen escándalo en cuanto se dé cuenta de que no estás.

            Tragó saliva con dificultad. Aunque legalmente tenía todo el derecho a tomar sus propias decisiones, no se veía capaz de enfrentarse a él en el caso de que lo encontrara.

            Evitó la mirada de los ojos verdes y lo siguió apretando los puños. No estaba muy seguro de lo que iba a hacer, pero al menos lo decidiría sin que nadie lo presionara. Ya tendría tiempo de recuperar su identidad más adelante.

            Pronto se encontraron en mitad de una avenida bastante transitada y después de unos diez minutos llegaron a un local llamado Osiris.

            —Ve a la parte de atrás y espérame allí.

            —Aún no me has dicho a dónde vamos.

            —Tenemos que llegar a una granja de las afueras, pero no sé si mi transporte sigue aquí —admitió—. Es una larga historia, pero el caso es que tendría que haber llegado hace varios días. De todas formas, solo me llevará un momento comprobarlo.

            Se encaminó hacia la entrada y no tuvo tiempo de preguntarle qué pensaba hacer si tenía que cancelar el plan original. Suspiró con resignación y siguió el muro de ladrillo rojo hasta llegar a la parte posterior del edificio.

            Paseó nerviosamente de un lado al otro de la calle pensando que era una locura poner su vida en las manos de aquel crío. No tenía ni idea de qué tipo de trato había hecho ni la clase de gente con la que se relacionaba. Su ansiedad crecía según pasaban los minutos y sintió el impulso de marcharse por su cuenta.

            «¿Y qué piensas hacer, ¿eh? No sabes ni dónde demonios estás».

            Quizás se había precipitado. Al fin y al cabo, su padre no podía asegurarse de que asistiera al trabajo o de lo que hiciese en su tiempo libre. Incluso si aceptaba la plaza, no era el fin del mundo. Podría ahorrar algo de dinero. Puede que incluso lo suficiente como para regresar al Sector 6.

            Un portal se abrió con un chirrido metálico y un par de motos salieron a toda velocidad. Una vieja furgoneta se detuvo y Doble V. se asomó desde el remolque.

            —¡Sube!

            Obedeció subiendo de un salto, decidiendo qué pensaría en sus opciones más adelante. Se sentó junto a su nuevo amigo y miró con curiosidad al chico de rostro afilado que le estaba entregando un identificador.

            —Es una pulsera fantasma —explicó. El identificador se cerró con un débil sonido metálico—. Este es Ty.

            El aludido le dirigió un gesto y tecleó algo en una pantalla con movimientos rápidos.

            —El programa se cargará enseguida —explicó con voz calmada.

            —¿Vas a usar un nombre falso?

            —Seremos hermanos, así no tendré que mentir acerca de mi edad —dijo con una sonrisa satisfecha—. Podremos pasar cualquier control.

            Una lucecita azul parpadeaba en la pantalla de la pulsera y Jer se la quedó mirando con preocupación. Ty no parecía mucho mayor que él. ¿Cómo habría conseguido un programador?

            —Si nos pillan…

            —¡Ya está! —exclamó. La luz desapareció y el chico activó el menú mostrándole las opciones—. Antes de que eso ocurra, será mejor que borres los datos o que te deshagas de ella.

            —¿Y si no hay tiempo? —Enarcó las cejas—. Parece bastante arriesgado.

            West no se tomaría a la ligera una infracción de ese tipo.

            Ty lo miró divertido. Estuvo a punto de señalar que no lo conocía de nada como para confiar en él y quiso preguntarle por qué se la jugaba de aquella manera. Lo detuvo el bufido que soltó Doble V.

            —No se lo tengas en cuenta —dijo—. Nunca ha salido del Sector 6.

            Él se removió incómodo.

            —¿En serio?

            Le hizo un gesto para que extendiera el brazo y repitió el mismo procedimiento. En cuanto hubo terminado, dio unos golpes en la ventana que los separaba de la cabina y uno de sus compañeros asomó la cabeza.

            —Avisa a los otros de que saldremos por la zona de control —Se volvió hacia Jer—. Así comprobarás que las pulseras funcionan.

            La furgoneta giró bruscamente hacia la derecha y se sujetaron al borde del remolque. «Los otros» debían de ser los chicos de las motos.

            —¿Es que hay otra forma de salir? —preguntó confuso.

            —Debe de resultarte extraño, pero en la costa oeste hay muchos caminos secundarios sin controles de ningún tipo. En las carreteras principales hay lectores cada cierta distancia, aunque todos son automáticos.

            —Solo tenemos que evitar las estaciones de tren durante un tiempo. Y los edificios oficiales, claro —añadió Doble V. con una carcajada—. No somos más que un huérfano de quince años y un chico de dieciséis que decidió ir por su cuenta. Por mucho que tu padre insista, no se lo tomarán muy en serio.

            No estaba muy seguro acerca de la última parte pues su progenitor era tan cabezota que bien podría empeñarse en encontrarlo a toda costa.

            Entendió lo que habían querido decir cuando le señalaron un arco de metal más adelante, al ver que no había personal del gobierno comprobando los identificadores. De todas formas, contuvo la respiración y no pudo evitar encogerse, pero la furgoneta pasó por debajo sin que ocurriera nada.

            —¿Lo ves? ¡Pan comido!

            Él asintió mirando hacia la ciudad mientras se alejaban.

            —¿Y ahora qué? ¿Dijiste algo de una granja?

            —Sí —Sonrió abiertamente.

            Las dos motos se habían rezagado, pero no tardaron en pasar junto a ellos. Ty saludó a los motoristas con un gesto y estos se lo devolvieron.

            —Pertenece a un nómada que se estableció hace tiempo en las afueras —Doble V. miró a Ty—. Esperemos que tu hermano siga allí.

            —Si no es así, pronto tendremos noticias suyas.

            El hermano de Ty se llamaba Luke. Era el líder de aquellos chicos, a los que todo el mundo llamaba «tracers». La mayoría se desplazaba en moto y a menudo iban de una ciudad a otra para competir en carreras, ya fueran legales o ilegales.

            Se quedó boquiabierto al saber que Luke tenía su misma edad y hacía ya dos años que se había convertido en el líder del grupo.

            —Lo entenderás si alguna vez lo ves en una competición —Doble V. soltó una carcajada antes de continuar—. Si está en la granja, nos iremos enseguida.

            El dueño era conocido por su relación con los tracers. Los de West sospechaban que había menores de dieciséis entre ellos, pero los chicos eran cuidadosos y no habían podido demostrarlo.

            Sintió curiosidad por aquella forma de vida y se preguntó qué requisitos serían necesarios para unirse al grupo.

            «Aparte de saber manejar una moto», pensó.

            Doble V. se acomodó a su lado, cerrando los ojos. Ty comprobó algo en su pantalla y él se distrajo mirando a lo lejos. La carretera transcurría entre campos de altas hierbas, pero no había ninguna casa a la vista. Empezaba a amodorrarse bajo los rayos de sol cuando escuchó un zumbido. Se habían desviado por un camino de tierra y un dron se acercaba a ellos.

            —¿Qué es eso?

            —Es uno de los nuestros —lo tranquilizó Ty—. Se mantienen por encima de los radares para no ser detectados. Así sabemos cuándo se acerca una patrulla de West.

            Doble V. se incorporó observando con fascinación el pequeño robot. Parecía un pájaro con las alas abiertas. Planeó por encima de sus cabezas y trazó varios círculos antes de alejarse.

            —Eso significa que el camino está despejado.

            Vieron los campos unos minutos después, al subir una cuesta. Los cultivos se extendían a lo lejos en todas direcciones y el camino llevaba directamente a una casa de tres plantas. Doble V. señaló una parcela cercana.

            —Ren es un entusiasta de los robots, como puedes ver.

            Miró con más atención, comprobando que lo que le habían parecido personas eran en realidad un par de androides. Llevaban camisetas de manga larga y guantes, pero sus rostros plateados relucían al reflejar la luz del sol. Recogían algún tipo de vegetal con movimientos mecánicos. Se preguntó qué clase de nómada podía permitirse semejante lujo. Por lo poco que sabía de ellos, se había imaginado que vivían de una forma más bien precaria.

            Pasaron por delante de la casa y entraron en un almacén grande que parecía usarse también como garaje. Había al menos una docena de motos aparcadas a un lado, además de varias furgonetas.

            Un chico alto y moreno los esperaba en la entrada. Tenía la espalda apoyada contra la pared y mantenía los brazos cruzados. Les echó una mirada de arriba a abajo y levantó una ceja mirando a Doble V.

            —Este es Jer —lo presentó.

            —Llegas tarde —dijo sin más—. Saldremos en una hora.

 

 

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