—¿Desayunaste
con tus amigos? —preguntó su padre con voz somnolienta.
Asintió
y se sentó en la litera, jugueteando con los auriculares mientras él se vestía.
Temy había bromeado hasta el último momento, animándolos para que siguieran
luchando por su sueño.
—Jay
va a presentarme a los chicos con los que baila en el parque —dijo en voz baja.
No
estaba seguro de por qué se había molestado en decírselo. Quizás porque le
hubiese gustado que las cosas fueran como antes, cuando compartían un mismo
objetivo. Era posible que la 97 no estuviese tan mal. Recordó lo que había
dicho su amigo y también aquel chico, Doble V. A la hora de formar un grupo,
sus conocimientos acerca del Sector 6 podrían convertirlo en el líder
indiscutible.
—Me
parece bien —accedió con una mirada precavida—. Siempre y cuando te mantengas
al día con los estudios y trabajes por la mañana.
Levantó
la vista, sorprendido.
—¿Trabajar?
¿Dónde, en la fábrica?
No
había pensado en eso. Lo miró sin entender ya que ni siquiera habían hablado
del tema.
—No,
claro que no. Te han concedido una plaza en la oficina de gobierno.
—¡¿Qué?!
¿De qué estás hablando?
—Te
han aceptado gracias a tus notas —anunció con orgullo—. En un año es posible
que puedas optar a un puesto permanente.
Sintió
que la sangre se le subía a la cabeza.
—¿Has
pedido una plaza sin consultarme?
—Es
lo mejor que la 97 puede ofrecerte, créeme.
—¡Eso
no lo sabes!
—¡Claro
que lo sé! ¿Crees que yo no pensaba que sería distinto a los demás? —dijo
exasperado—. Logré estar en lo más alto durante unos cuantos años, pero ¡mírame
ahora!
—¿Y
por eso debo renunciar a mi sueño? —preguntó con rencor—. ¿Porque el tuyo se
acabó demasiado pronto?
La
expresión de dolor en su cara era evidente y los ojos grises mostraban un aire
de derrota tan absoluta que le resultaba insoportable.
—La
fama es efímera, Jer —dijo con tono cansado—. Todos los chicos de la costa
oeste aspiran a llegar al Sector 6, por eso siempre habrá alguien nuevo para
reemplazarte.
—¿Crees
que no he aprendido nada viéndolo de primera mano? —insistió—. Te olvidas de
que viví allí toda mi vida. ¿Crees que no saqué nada de tu experiencia, que no
escuché las historias a mi alrededor?
Su
padre lo miró con el ceño fruncido y gesto inflexible. No creía que dudara de
su inteligencia o su talento y era probable que solo temiera que se viera
atrapado en un callejón sin salida, como le había ocurrido a él. En su corazón,
Jer sabía que solo lo movía la preocupación por su bienestar, pero no estaba
dispuesto a que sus miedos lo frenaran.
—Si
es cierto que has aprendido algo —parecía intentar contenerse—, aceptarás el
puesto en la oficina de gobierno y tocarás los fines de semana con unos amigos
solo para divertirte —Levantó aún más la voz cuando lo miró enfurruñado— ¡No lo
arriesgarías todo por un imposible!
—¡Es
mi vida! —dijo alterado—. No voy a aceptar la plaza y no puedes obligarme.
—Eso
ya lo veremos —declaró—. ¡Todavía soy tu padre!
—¡Si
lo que quieres es que me marche solo tienes que decirlo! —gritó furioso—.
Puedes intentar arruinar mis planes, pero te juro que me iré y no volverás a
verme.
Se
marchó después de aquel estallido, temiendo que las lágrimas acabaran por
delatarlo. ¿Cómo podía hacerle aquello? ¡No podía decidir su futuro de esa
forma!
Actuaba
como si no hubiera nada más que hablar al respecto y eso lo sacaba de sus
casillas. Cerró los ojos con fuerza. Se equivocaba por completo si pensaba que
el tema estaba zanjado.
«Ya
veremos si puedes obligarme».
Avanzó
inquieto por el pasillo y se paró al darse cuenta de que estaba en el vagón de
Jay. No quería tener que disimular con él y se relajó al ver que se había
vuelto a dormir.
—¡Eh!
—lo saludó Doble V.
El
hombre a su lado bostezó y tomó una decisión en aquel mismo momento. Le
demostraría a su padre que no podía manejar la vida de los demás a su antojo.
—Voy
a la cafetería. ¿Te apuntas? —dijo intentando que su voz sonara normal.
El
hombre abrió los ojos perezosamente cuando el chico se incorporó de golpe.
—¡Claro!
Me encantaría probar uno de los bollos con nueces. ¿Me das unas monedas, Wayne?
—Acabas
de comerte uno de chocolate —protestó.
—Y te
dije que me moría por probar uno de los otros, ¿a que sí? ¡Vamos, tío! Aún
falta mucho para llegar a casa.
—De
acuerdo, de acuerdo. Pero pórtate bien, ¿eh? ¡Y no me llames «tío»!
El
hombre le entregó un puñado de monedas. Doble V. le dirigió una sonrisa
radiante y él se acomodó de nuevo en la butaca dispuesto a dormitar otro rato.
Jer
esperó hasta que llegaron al siguiente vagón y tiró de él hacia un rincón donde
no había nadie.
—No
pienso ir a la 97 —susurró—. ¡Cuéntame tu plan!
Las
cejas rubias se arquearon por la sorpresa.
—¿Por
qué debería hacerlo?
Jer
pensó a toda velocidad.
—Tengo
dieciséis años —Levantó la muñeca mostrándole el identificador—. Podemos decir
que eres mi hermano pequeño.
—No
servirá de nada si pasamos por un control de movilidad.
—Me
imagino que tienes un plan para evitar que eso ocurra. Además, si vas solo
llamarás más la atención.
Sobre
todo, porque parecía más joven, pero no hacía falta decirlo.
Doble
V. pareció pensárselo.
—¿Estás
seguro? —Esperó hasta que Jer asintió para continuar—. Vale. Te llevaré
conmigo, pero si te echas atrás te dejaré donde sea que estemos, ¿está claro?
—Volvió a asentir con seriedad—. ¿Crees que podrías conseguir algo de ropa? Yo
no puedo llevarme la mochila. Wayne es bastante confiado, pero hasta él
sospecharía.
—Lo
más seguro es que mi padre esté desayunando.
—Comprobemos
si es así —lo apremió—. Vamos, llegaremos a la 94 en cualquier momento.
Se
apresuraron hasta llegar al compartimento. Doble V. se quedó esperando en el
pasillo y él continuó hasta la cafetería.
Se
asomó con cuidado. Su padre estaba sentado a una mesa y le daba un sorbo a su
café. Solo veía su espalda, pero no parecía tener prisa.
Regresó
sin querer pensar en lo que estaba haciendo y se encontró a Doble V. sentado en
el suelo. Parecía que intentaba quitarse la pulsera con un pequeño
destornillador, aunque no estaba seguro porque se levantó al instante.
—¿Piensas
quitarte el identificador?
Abrió
la puerta y ambos entraron en la cabina.
—¡Por
supuesto! Lo único difícil es hacerlo sin estropearlo.
Jer
recordó para qué estaban allí y sacó algunas prendas de su maleta. Vació la
bolsa en la que solía llevar las partituras, apretujó la ropa en su interior y
se pasó la correa sobre la cabeza. Necesitaría dinero.
—¡Por
fin! —exclamó el chico.
—¿Funciona?
Tocó
la pantalla para demostrárselo, sonriendo con jactancia.
—Tenemos
que quitarte la tuya.
—¿Qué?
¿Por qué? —exclamó—. ¡Yo tengo dieciséis!
—Vas
a desaparecer de repente. Puede que a los de West le dé igual, pero tu padre
insistirá en buscarte, ¿no crees? No te preocupes, te conseguiré una identidad
falsa.
—Me
la quitaré cuando lleguemos a la ciudad.
—Es
mejor dejar los identificadores en el tren —Se cruzó de brazos—. No hace falta
ir dejando pistas.
—Tengo
algunos ahorros —insistió.
—No
necesito tu dinero —declaró con terquedad.
—Me
alegro por ti, pero es posible que a mí me haga falta.
Doble
V. refunfuñó por lo bajo, pero acabó por ceder.
Por
si acaso, rebuscó en la maleta de su padre. Encontró unos cuantos billetes en
un neceser y se los metió en el bolsillo.
«Sería
peor si me llevara la guitarra para venderla», se dijo cuando lo asaltó la
culpa.
—¿Algo
más?
—Creo
que no —murmuró.
Devolvió
las maletas a su sitio y echó un último vistazo antes de salir. Se le ocurrían
muchas cosas que podría necesitar, pero no tenía ni idea de cuál era el plan.
—Vamos
al último vagón —dijo Doble V. con un gesto—. Tenemos que pasar por delante de
Wayne. Si está despierto dile que ha sido idea tuya, que quieres ver la vista
desde la cola del tren o algo parecido.
El
corazón le golpeaba en el pecho cuando se acercaron al hombre, pero no hizo
falta que se inventara ninguna historia. Dormía pacíficamente y pasaron junto a
él sin que se enterara.
El
último vagón estaba casi vacío. Doble V. dejó caer su pulsera entre dos
asientos del fondo y se dirigieron hacia la puerta intermedia sin que a nadie
le llamara la atención. Seguramente, no eran los primeros chicos que se
quedaban un rato en aquel hueco observando cómo dejaban atrás las vías.
Observó
el amanecer por la ventana mientras Doble V. trabajaba en la puerta exterior,
que estaba bloqueada por seguridad. Le lanzó una mirada inquieta cuando el tren
empezó a disminuir la velocidad.
—Tenemos
que saltar antes de entrar en la estación —susurró el chico.
El
altavoz anunció la parada y Jer asintió conteniendo la respiración. Doble V. se
irguió y cuando abrió la puerta ya se veían unos edificios a lo lejos.
Una
ráfaga de viento tomó a Jer por sorpresa, pero lo siguió sin dudar. Cerró la
puerta tras de sí y mantuvo la mirada en el estrecho borde sobre el que se
encontraban sus pies. Doble V. se sujetó a una agarradera oxidada y echó una
mirada por el lateral.
—¡Ahora!
—gritó justo antes de saltar.
Aunque
el tren iba bastante despacio, le temblaron las piernas cuando se colocó en
posición. Doble V. había rodado por el impulso, aunque se levantó de inmediato
y le hacía gestos para que se lanzara. Ya podía ver el andén a lo lejos, así
que respiró hondo y saltó, trastabillando al tocar el suelo y cayendo de
rodillas.
Se
levantó, sorprendido de haberlo logrado sin haberse roto nada. Se sacudió el
polvo del pantalón y el otro chico llegó corriendo.
—¡Vamos!
—Señaló una caseta situada más allá de las vías.
Le echó una mirada a la parte
trasera del tren al escuchar que se detenía del todo y echó a correr. Dejaron
atrás la caseta y subieron por el terreno inclinado sujetándose a los
matorrales hasta que llegaron a la parte superior. Se encontraron con una valla
metálica, pero la escalaron sin problema.
—¡Lo
conseguimos! —exclamó Doble V.
Le
devolvió una sonrisa nerviosa sintiendo la adrenalina que todavía corría por
sus venas. Atravesaron varias calles estrechas y no tardaron en encontrar un
terminal. Sacó todo el efectivo del que pudo disponer y se alejaron por otro
callejón.
Doble
V. rebuscó entre las herramientas que llevaba en el bolsillo y sujetó la
pulsera. Se puso a trabajar en el cierre con dedos hábiles mientras Jer
vigilaba nerviosamente que nadie se acercara.
—¡Listo!
Escondió
el identificador detrás de unos arbustos preguntándose si podría regresar para
recuperarlo. Meneó la cabeza imaginándose a su padre allí mismo y descartó la
idea con un gesto de pesar.
—¿Y
ahora qué? —preguntó frotándose la muñeca vacía.
Sintió
un extraño desasosiego al pensar en todo a lo que estaba renunciando.
—¿Es
que no eres capaz de disfrutar de la victoria ni por un segundo? —Chasqueó la
lengua—. Ahora, mi impaciente amigo, tenemos que salir de la ciudad antes de
empiecen a buscarnos. Me imagino que tu padre armará un buen escándalo en
cuanto se dé cuenta de que no estás.
Tragó
saliva con dificultad. Aunque legalmente tenía todo el derecho a tomar sus
propias decisiones, no se veía capaz de enfrentarse a él en el caso de que lo
encontrara.
Evitó
la mirada de los ojos verdes y lo siguió apretando los puños. No estaba muy
seguro de lo que iba a hacer, pero al menos lo decidiría sin que nadie lo
presionara. Ya tendría tiempo de recuperar su identidad más adelante.
Pronto
se encontraron en mitad de una avenida bastante transitada y después de unos
diez minutos llegaron a un local llamado Osiris.
—Ve a
la parte de atrás y espérame allí.
—Aún
no me has dicho a dónde vamos.
—Tenemos
que llegar a una granja de las afueras, pero no sé si mi transporte sigue aquí
—admitió—. Es una larga historia, pero el caso es que tendría que haber llegado
hace varios días. De todas formas, solo me llevará un momento comprobarlo.
Se
encaminó hacia la entrada y no tuvo tiempo de preguntarle qué pensaba hacer si
tenía que cancelar el plan original. Suspiró con resignación y siguió el muro
de ladrillo rojo hasta llegar a la parte posterior del edificio.
Paseó
nerviosamente de un lado al otro de la calle pensando que era una locura poner
su vida en las manos de aquel crío. No tenía ni idea de qué tipo de trato había
hecho ni la clase de gente con la que se relacionaba. Su ansiedad crecía según
pasaban los minutos y sintió el impulso de marcharse por su cuenta.
«¿Y
qué piensas hacer, ¿eh? No sabes ni dónde demonios estás».
Quizás
se había precipitado. Al fin y al cabo, su padre no podía asegurarse de que
asistiera al trabajo o de lo que hiciese en su tiempo libre. Incluso si
aceptaba la plaza, no era el fin del mundo. Podría ahorrar algo de dinero.
Puede que incluso lo suficiente como para regresar al Sector 6.
Un
portal se abrió con un chirrido metálico y un par de motos salieron a toda
velocidad. Una vieja furgoneta se detuvo y Doble V. se asomó desde el remolque.
—¡Sube!
Obedeció
subiendo de un salto, decidiendo qué pensaría en sus opciones más adelante. Se
sentó junto a su nuevo amigo y miró con curiosidad al chico de rostro afilado
que le estaba entregando un identificador.
—Es
una pulsera fantasma —explicó. El identificador se cerró con un débil sonido
metálico—. Este es Ty.
El
aludido le dirigió un gesto y tecleó algo en una pantalla con movimientos
rápidos.
—El
programa se cargará enseguida —explicó con voz calmada.
—¿Vas
a usar un nombre falso?
—Seremos
hermanos, así no tendré que mentir acerca de mi edad —dijo con una sonrisa
satisfecha—. Podremos pasar cualquier control.
Una
lucecita azul parpadeaba en la pantalla de la pulsera y Jer se la quedó mirando
con preocupación. Ty no parecía mucho mayor que él. ¿Cómo habría conseguido un
programador?
—Si
nos pillan…
—¡Ya
está! —exclamó. La luz desapareció y el chico activó el menú mostrándole las
opciones—. Antes de que eso ocurra, será mejor que borres los datos o que te
deshagas de ella.
—¿Y
si no hay tiempo? —Enarcó las cejas—. Parece bastante arriesgado.
West
no se tomaría a la ligera una infracción de ese tipo.
Ty lo
miró divertido. Estuvo a punto de señalar que no lo conocía de nada como para
confiar en él y quiso preguntarle por qué se la jugaba de aquella manera. Lo
detuvo el bufido que soltó Doble V.
—No
se lo tengas en cuenta —dijo—. Nunca ha salido del Sector 6.
Él se
removió incómodo.
—¿En
serio?
Le
hizo un gesto para que extendiera el brazo y repitió el mismo procedimiento. En
cuanto hubo terminado, dio unos golpes en la ventana que los separaba de la
cabina y uno de sus compañeros asomó la cabeza.
—Avisa
a los otros de que saldremos por la zona de control —Se volvió hacia Jer—. Así
comprobarás que las pulseras funcionan.
La
furgoneta giró bruscamente hacia la derecha y se sujetaron al borde del
remolque. «Los otros» debían de ser los chicos de las motos.
—¿Es
que hay otra forma de salir? —preguntó confuso.
—Debe
de resultarte extraño, pero en la costa oeste hay muchos caminos secundarios
sin controles de ningún tipo. En las carreteras principales hay lectores cada
cierta distancia, aunque todos son automáticos.
—Solo
tenemos que evitar las estaciones de tren durante un tiempo. Y los edificios
oficiales, claro —añadió Doble V. con una carcajada—. No somos más que un
huérfano de quince años y un chico de dieciséis que decidió ir por su cuenta.
Por mucho que tu padre insista, no se lo tomarán muy en serio.
No
estaba muy seguro acerca de la última parte pues su progenitor era tan cabezota
que bien podría empeñarse en encontrarlo a toda costa.
Entendió
lo que habían querido decir cuando le señalaron un arco de metal más adelante,
al ver que no había personal del gobierno comprobando los identificadores. De
todas formas, contuvo la respiración y no pudo evitar encogerse, pero la
furgoneta pasó por debajo sin que ocurriera nada.
—¿Lo
ves? ¡Pan comido!
Él
asintió mirando hacia la ciudad mientras se alejaban.
—¿Y
ahora qué? ¿Dijiste algo de una granja?
—Sí
—Sonrió abiertamente.
Las
dos motos se habían rezagado, pero no tardaron en pasar junto a ellos. Ty
saludó a los motoristas con un gesto y estos se lo devolvieron.
—Pertenece
a un nómada que se estableció hace tiempo en las afueras —Doble V. miró a Ty—.
Esperemos que tu hermano siga allí.
—Si
no es así, pronto tendremos noticias suyas.
El
hermano de Ty se llamaba Luke. Era el líder de aquellos chicos, a los que todo
el mundo llamaba «tracers». La mayoría se desplazaba en moto y a menudo iban de
una ciudad a otra para competir en carreras, ya fueran legales o ilegales.
Se
quedó boquiabierto al saber que Luke tenía su misma edad y hacía ya dos años
que se había convertido en el líder del grupo.
—Lo
entenderás si alguna vez lo ves en una competición —Doble V. soltó una
carcajada antes de continuar—. Si está en la granja, nos iremos enseguida.
El
dueño era conocido por su relación con los tracers. Los de West sospechaban que
había menores de dieciséis entre ellos, pero los chicos eran cuidadosos y no
habían podido demostrarlo.
Sintió
curiosidad por aquella forma de vida y se preguntó qué requisitos serían
necesarios para unirse al grupo.
«Aparte
de saber manejar una moto», pensó.
Doble
V. se acomodó a su lado, cerrando los ojos. Ty comprobó algo en su pantalla y
él se distrajo mirando a lo lejos. La carretera transcurría entre campos de
altas hierbas, pero no había ninguna casa a la vista. Empezaba a amodorrarse
bajo los rayos de sol cuando escuchó un zumbido. Se habían desviado por un
camino de tierra y un dron se acercaba a ellos.
—¿Qué
es eso?
—Es
uno de los nuestros —lo tranquilizó Ty—. Se mantienen por encima de los radares
para no ser detectados. Así sabemos cuándo se acerca una patrulla de West.
Doble
V. se incorporó observando con fascinación el pequeño robot. Parecía un pájaro
con las alas abiertas. Planeó por encima de sus cabezas y trazó varios círculos
antes de alejarse.
—Eso
significa que el camino está despejado.
Vieron
los campos unos minutos después, al subir una cuesta. Los cultivos se extendían
a lo lejos en todas direcciones y el camino llevaba directamente a una casa de
tres plantas. Doble V. señaló una parcela cercana.
—Ren
es un entusiasta de los robots, como puedes ver.
Miró
con más atención, comprobando que lo que le habían parecido personas eran en
realidad un par de androides. Llevaban camisetas de manga larga y guantes, pero
sus rostros plateados relucían al reflejar la luz del sol. Recogían algún tipo
de vegetal con movimientos mecánicos. Se preguntó qué clase de nómada podía
permitirse semejante lujo. Por lo poco que sabía de ellos, se había imaginado
que vivían de una forma más bien precaria.
Pasaron
por delante de la casa y entraron en un almacén grande que parecía usarse
también como garaje. Había al menos una docena de motos aparcadas a un lado,
además de varias furgonetas.
Un
chico alto y moreno los esperaba en la entrada. Tenía la espalda apoyada contra
la pared y mantenía los brazos cruzados. Les echó una mirada de arriba a abajo
y levantó una ceja mirando a Doble V.
—Este
es Jer —lo presentó.
—Llegas
tarde —dijo sin más—. Saldremos en una hora.

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