viernes, 24 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 5- DWay

 





           El dueño de la granja los recibió alegremente en la cocina, insistiendo en que comieran algo antes de irse.

            —¿Recuperaste mi moto? —le preguntó Doble V. a Luke.

            Este se lo quedó mirando antes de arquear una sola ceja de nuevo.

            —¿Te refieres a la moto que robaste y que debo devolver en tu nombre?

            —Dile a Ryan que se lo compensaré algún día, ¿vale? —respondió con una mueca. Se volvió hacia Jer—. Tenía algo de prisa por salir de la 97 y el único vehículo que tenía a mano era una moto que acababa de poner a punto.

            —Estoy seguro de que Ryan lo entenderá.

            El tono de Luke indicaba todo lo contrario. Él no le hizo caso y se dirigió a Ren, que observaba el intercambio con expresión divertida.

            —Entonces, ¿mi abuela está en la 95? —preguntó el chico, aceptando que le sirviera otro plato de un extraño potaje.

            Lo miró con curiosidad, tanto por la mención de su abuela como por la capacidad de su estómago.

            —Enviaron un camión de fruta hace una semana; así que sí, estoy bastante seguro. La cosecha de la 95 los tendrá ocupados varias semanas más.

            West 95 era una ciudad abandonada. Lo que, por lo visto, era algo más común de lo que uno pudiera imaginar. Cuando una población le daba problemas, West levantaba una fábrica en otro lugar y empezaba de cero.

            —Estamos intentando que no ocurra lo mismo con la 94 —dijo Ren. Sonrió con algo de tristeza antes de encogerse de hombros—. Es difícil ser rentables cuando la 93 está tan cerca y no deja de crecer y modernizarse. Solo podemos intentar aguantar hasta que acabe por absorbernos.

            Un chico se asomó por la puerta diciendo que estaban listos para irse. Ren le había buscado algo de ropa a Doble V. Metió las prendas en una mochila y Jer se alegró del detalle. En su bolsa solo llevaba un pantalón, un par de camisetas y algo de ropa interior.

            —¡Recuérdale a tu abuela que espero su visita antes de que regresen a casa! —se despidió con un abrazo.

            Doble V. prometió hacerlo y salió apresurado. Estaba a punto de seguirlo cuando el hombre lo detuvo.

            —Cuida de él, ¿quieres? Es un buen chico, pero a veces actúa sin pensar —Le dio unas palmadas en la espalda—. Los de West no dejarán que se quede con los nómadas. Es posible que no lo encuentren por ahora; pero si lo hacen, no dejes que se meta en ningún lío, ¿de acuerdo?

            Asintió para tranquilizarlo, aunque no estaba muy seguro de que le gustara cargar con esa responsabilidad. Además, semejante petición le resultaba un tanto extraña. Había sido él quien se había lanzado de cabeza sin pensar demasiado en las consecuencias.

            Subió a la trasera de la furgoneta. El chico se apoyaba contra unos bultos, levantando la cara hacia los rayos de sol. Con esa actitud relajada, no parecía especialmente dispuesto a meterse en problemas. Claro que las cosas podían cambiar rápidamente. Se recordó que, después de todo, apenas sabía nada de él.

            Ty lo saludó desde otro remolque. Le devolvió el gesto antes de acomodarse frente a su compañero de viaje. El trayecto sería largo y pasarían la noche en la carretera. Sería una buena ocasión para conocerlo mejor.

            Distinguió a Luke cuando se dirigió hacia una de las motos. Les hizo un gesto a otros tres motoristas que ya lo esperaban y salieron disparados en cuanto se colocaron los cascos. Su furgoneta salió detrás de la de Ty y otras dos motos cerraban la formación.

            Doble V. se incorporó en cuanto escuchó el zumbido del dron y lo siguió con la mirada hasta que desapareció de la vista.

            —Estoy estudiando robótica —explicó sin que le preguntara.

            —¿Puedes continuar tus estudios con una identidad falsa?

            —¡Por supuesto! Solo tengo que pasar las pruebas de calificación —dijo despreocupadamente—. ¿Tú estudias música?

            Asintió, preguntándose cuántas clases estaba dispuesto a perder antes de arriesgarse a recuperar su identidad.

            —Y también producción.

            —¿Piensas seguir los pasos de tu padre o quieres producir a otros?

            Dudó antes de responder.

            —Depende. Cualquiera puede firmar un contrato de unos años. Ni siquiera es demasiado difícil mantenerse como el número uno durante un tiempo.

            —Ah, ¿no? —Entrecerró los ojos con aire de diversión—. Eso suena un poco arrogante.

            —No quiero decir que a mí me vaya a resultar más fácil o que sea mejor que los demás —Buscó las palabras antes de continuar—. En realidad, es cuestión de suerte; y a veces, de perseverancia. Cada año llegan montones de músicos al Sector 6. Cualquiera de ellos puede ser la nueva estrella de las pantallas. El problema es que ninguno dura demasiado.

            —¿Y tú crees que puedes cambiar eso?

            Se encogió de hombros un tanto incómodo.

            —Al menos tengo alguna idea de los tipos de contratos que existen y de cómo funcionan las grandes compañías en general.

            —¡Eso es cierto! Mi mejor amigo es bailarín. Tiene clases de todo tipo, pero nunca le he oído hablar de cuestiones prácticas.

            Se quedaron callados durante unos minutos.

            —Ren dice que no puedes quedarte con los nómadas. Legalmente, quiero decir. ¿Cómo es posible si son tu familia?

            —El único familiar directo que tengo es mi abuela. Es bastante mayor y hace tiempo que está en una silla de ruedas.

            —Vaya, lo siento.

            Hizo un gesto para quitarle importancia.

            —El caso es que West no tiene un buen concepto de los nómadas —Torció los labios—. Y, además, nací con una válvula del corazón defectuosa. No he vuelto a tener problemas desde que me operaron, pero me consideran una persona especialmente vulnerable.

            Soltó una risita que lo desconcertó y lo miró preocupado. Quizás no debería estar realizando ese viaje. Él se dio cuenta de lo que estaba pensando.

            —¡Ni siquiera me acuerdo del hospital, tío! Era muy pequeño. ¡Te aseguro que estoy bien!

            —Si tú lo dices… —dijo sin saber qué pensar.

            —En serio, no hay nada de lo que preocuparse — y añadió con algo de amargura—. Es solo una excusa para no dejarme marchar. A los de West les gusta actuar como si supieran lo que te conviene en cada momento.

            —Háblame de la cosecha —pidió para cambiar de tema—. Entiendo que tu abuela no vive en la 95. ¿O es que queda alguien en la ciudad?

            —No hay ni un alma desde hace más de cien años. Ni siquiera en las granjas —Sonrió de nuevo—. Pero eso no significa que los árboles dejen de dar frutas. Cualquiera puede ir y cogerlas. El grupo de mi abuela está asentado cerca de la 89, pero todos los nómadas están acostumbrados a ir de un lado a otro la mayor parte del tiempo. Por desgracia, cuando conseguí llegar hasta allí, ya se habían marchado.

            Recordó que había salido de la 97 en moto.

            —¡Pero eso está a varios miles de kilómetros!

            —Ya, por eso tuve que dejarme atrapar para poder viajar en el tren —dijo con un guiño.

            Carraspeó al recordar a Wayne. Se imaginó la cara del hombre al descubrir la desaparición del chico.

            —Entiendo…

            Parecía estar esperando una alabanza y lo felicitó sin extenderse demasiado. Esperaba que West no se tomara aquella jugarreta como algo personal.

            Doble V. pareció desinflarse ante su falta de entusiasmo y cerró los ojos, disfrutando con obvia satisfacción de la calidez del sol. Jer se sentó sobre una caja de madera para que la brisa le llegara de forma más directa.

            Avanzaban a bastante velocidad por la ancha carretera, bordeada de espesos arbustos y árboles de todo tipo.

            El silencio se le hizo pesado después de un rato y buscó algo de lo que hablar. Decidió hacerle algunas preguntas personales.

            Doble V. habló con voz somnolienta sin molestarse en abrir los ojos. Le explicó cómo había aprendido a desmontar su primer motor cuando tenía diez años, que había conocido a su amigo Yomi porque su padre también era mecánico; aunque se especializaba en embarcaciones. También mencionó lo que hacían los chicos del sur cuando se reunían en el parque.

            —¿Cuándo aprendiste a montar en moto?

            —Con doce años, más o menos. El mecánico era bueno arreglándolas, pero odiaba subirse a ellas para comprobar que todo estuviera a punto.

            «El mecánico». Se dio cuenta de que no lo había llamado por su nombre ni una sola vez, pero decidió no mencionarlo.

            —Entonces, te llevaste la moto de un cliente.

            Eso hizo que abriera los ojos por fin.

            —¡Tío, me llevé la moto de Ryan Walters! —exclamó meneando la cabeza—. Claro que en aquel momento no pensaba con claridad. Menos mal que Luke accedió a entregársela por mí.

            Le extrañó su tono vehemente. Nadie estaría contento de que se llevaran su moto de esa manera, pero al menos pensaba devolverla.

            —¿Crees que te guardará rencor?

            —¡Sin duda! —resopló—. Su padre es uno de los hombres más importantes de la ciudad. De hecho, la mayor parte de los negocios del norte dependen de él de alguna manera. Ryan no es de los que pasan una ofensa por alto, ¿entiendes?

            —¿Su padre es tan importante como Albert Collins?

            —¿Lo conoces?

            —Mi padre lo mencionó —Se preguntó si estaría en el Skyway en aquel momento.

            —¡Ah, claro! Había olvidado que tu padre y Sean Collins son viejos amigos.

            «Cualquiera en la 97 sabe de sobra que el nombre de Rick Warren está asociado al sur», recordó.

            Meneó la cabeza para alejar la voz de su cabeza.

            —¿Has estado en el local alguna vez?

            —¡Pues claro! Todos los chicos del sur quieren subirse a ese escenario —La furgoneta dio un brinco al coger un bache—. Uf, se nota que hemos salido de la carretera principal.

            Tenía razón. Aunque el camino parecía asfaltado, se notaba que estaba descuidado. El paisaje también empezó a cambiar. La vegetación era cada vez menos espesa y la tierra seca empezó a dominar el paisaje antes verde.

            —Esto es tierra de nadie —explicó—. Hay muchas zonas así entre ciudades.

            Le habló de su viaje hasta la 89 y de los lugares que había visto. Su voz se apagó después de un rato y le pareció que se había quedado dormido. Decidió acomodarse para intentar hacer lo mismo.

            Soñó con su madre.

            Había ido a buscarla a la Asociación de Artistas, donde trabajaba como asesora a cargo del gobierno. Él acababa de cumplir quince años y llevaba un año realizando las prácticas en una de las grandes compañías del Sector 6, lo que le había abierto los ojos en cuanto a las realidades de la industria musical. Llevaba un tiempo pensando en cambiar a una empresa más pequeña y quería hablar del tema con ella.

            Su rostro se animó en cuanto lo vio.

            Siempre le había parecido una persona alegre y llena de optimismo. Sin embargo, cuando empezó a prestar más atención a las conversaciones que mantenía con sus amigas, se dio cuenta de que el trabajo en la asociación le resultaba frustrante. Su sentido de la justicia la empujaba a querer ayudar a los artistas, pero no podía hacerlo de la forma que le hubiese gustado y a sus superiores parecía no importarles.

            «Pretendemos estar de su lado, pero en realidad no solucionamos gran cosa», había dicho una vez.

            —¡Jer, qué sorpresa! —dijo abrazándolo—. ¿Has salido temprano?

            —Quería hablarte de Oxygen —Se mordió los labios, indeciso—. Han aceptado mi solicitud.

            —¡Eso es genial! Ya te dije que lo harían —Le pasó la mano por los hombros y echaron a andar—. Deberíamos celebrarlo. ¿Qué te parece si vamos al restaurante donde celebramos tu cumpleaños?

            —Había pensado en ese sitio con distintas variedades de bocadillos. Dijiste que te gustaban las ensaladas.

            Su padre estaba de gira, viajando de una pequeña ciudad a otra. Habían celebrado su cumpleaños ellos dos solos, y aunque no era la primera vez que ocurría, había sido la primera ocasión en que le había importado.

            Además, el sitio que él había sugerido era bastante más barato.

            —De acuerdo —accedió ella.

            Contuvo el aliento, pero no pareció darse cuenta de sus pensamientos. Le preguntó si ya había avisado del cambio a su superior en Rewind.

            —Aún no me he hecho a la idea.

            —Creí que eso era lo que querías. ¿Qué te preocupa? Es cierto que Oxygen solo está empezando a despegar y no se puede comparar con una de las grandes, pero eso también la hace más humana —Se detuvo para mirarlo directamente—. Jack Sunnier parece un tipo honesto. Sabes que de lo contrario no tardaría en enterarme.

            —Ya…

            —Veamos, ¿crees que te gustaría trabajar para Rewind en el futuro?

            —Uf, no.

            La empresa era como una máquina que fotocopiaba un éxito tras otro. Tenía la suficiente repercusión para promocionar el tipo de artista que le diera la gana, pero la opinión de los músicos al respecto apenas se tenía en cuenta.

            —Entonces, ¿qué tienes que perder? —Le sostuvo la cara con las manos y lo miró con seriedad—. Si Oxygen no está a la altura de lo que quieres, solo tienes que buscar otro camino. Crea tu propia historia, Jer.

 

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