domingo, 26 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 15- Stop Stop It

 



            Jer se sirvió un plato de estofado y echó un vistazo hacia las mesas buscando a Jacky hasta que Doble V. le dio un leve codazo para que se moviera.

            —¡Me muero de hambre! —exclamó a su lado.

            Él se apresuró hacia la zona de los postres, dejó una tartaleta de manzana sobre la bandeja y se dirigió hacia el hueco más cercano a la chica. Siempre terminaba de servirse el primero para así escoger dónde sentarse. Habría sido raro que no comiera con sus compañeros y no estaba dispuesto a explicar un comportamiento que ni él mismo entendía. Se sentó a un par de mesas de Jacky y Mark lo siguió en silencio. Doble V. tardó algo más en llegar, haciendo equilibrios con la bandeja sobrecargada.

            —¿Vas a comerte todo eso? —preguntó asombrado.

            «¿Dónde lo mete?». Observó el cuerpo menudo y meneó la cabeza con incredulidad.

            —¡Necesito energía! Tengo que ponerme al día con las clases —sonrió con descaro antes de llevarse la cuchara a la boca.

            Mark le ofreció su tartaleta. A menudo decía que no le gustaba algún dulce, aunque era evidente que mentía. Estaban restringidos a una unidad por cabeza, y por supuesto, a Doble V. le gustaban todos. De todas formas, empujó el plato para devolvérselo al niño, como hacía siempre.

            «Al menos no es un caradura», pensó con alivio.

            Eso le recordó a Jacky. Estaba de espaldas y le pareció que hablaba con la chica que tenía al lado. El grupo de abusonas pasó junto a ellas, y aunque se limitaron a saludarla, no pudo evitar mantenerse en tensión.

            Vicky era la cabecilla del grupo y siempre la seguían otras cuatro chicas. Acostumbraban a mangonear al resto y con un simple gesto, conseguían que les entregaran sus postres. La primera vez que le tocó a Jacky, esta se había levantado para protestar, pero una compañera había tirado de ella para que volviera a sentarse, cuchicheando algo a su oído y convenciéndola de que lo dejara correr.

            Tanto Vicky como sus amigas andaban por los quince años mientras que la mayoría de las niñas del centro no superaba los diez, lo que explicaba que no les plantaran cara. Estaba seguro de que si compartieran cuarto con alguien mayor las cosas serían distintas. Nadie intentaría aprovecharse de Mark, por ejemplo; ya que era lógico pensar que lo defenderían. Jacky era mayor que el resto, pero no parecía que nadie fuese a apoyarla.

            Por suerte, la actitud de Vicky había cambiado cuando Jay visitó el centro. Se había mostrado exageradamente almibarada y se había acercado como si fueran las mejores amigas.

            Aunque Jacky estuviera a salvo por el momento, él se ponía en tensión cada vez que aquellas chicas escogían a sus víctimas. Muchos ni siquiera se inmutaban, acostumbrados como estaban a que la escena se repitiera. ¿Cómo era posible que los encargados del comedor no se dieran cuenta?

            El código de silencio de la 97 era considerado un símbolo de lealtad, pero en su opinión, aquello solo servía para perpetuar actitudes de ese tipo y lo sacaba de quicio que lo aceptaran sin más.

            «Olvídalo, tío —le había dicho Doble V. en una ocasión—. Es mejor quedarse sin postre que convertirse en un chivato».

            Estaba a punto de soltar un bufido cuando se dio cuenta de que él no era distinto. Aunque se sentía culpable por no hacer nada, eso no lo exculpaba de quedarse mirando.

            «Acéptalo o cámbialo».

            Masticó sin ganas ya que no sabía cómo hacer ninguna de las dos cosas. Si no quedaba más remedio que escoger, preferiría cambiarlo. Claro que no se le ocurría cómo hacerlo sin convertirse en un apestado a los ojos de los demás.

            Alguien había escrito una canción que lo expresaba con claridad:

 

            Run, traitor, run.

            The 97 won't forget.

            The rebels will take you down.

 

            (Corre, traidor, corre. La 97 no olvidará. Los Rebeldes acabarán contigo).

 

            Pensó en ello algo más tarde, de camino al despacho del director. Ya que estaba casi seguro de que el hombre no pasaría por alto algo así.

            «Pero si hablo con él me convertiré en un apestado. Un bocazas. Lo peor de lo peor».

            Las miradas del señor Winslow pertenecían a la categoría: «lástima y exigencia», pero agradecía que sus ojos no se detuvieran demasiado en los suyos. Parecía haber decidido que no necesitaba conocer la historia de todos los chicos del centro y hasta entonces se había limitado a hablarle de asignaturas y planes de estudios, haciendo que se sintiera como un chico normal durante un rato.

            Aquella tarde no fue así. Le recordó que debía mejorar sus notas, pero además, insistió en que era hora de que aceptara el puesto en la oficina de gobierno. Al parecer, perder a sus padres no parecía ser un motivo suficiente para seguir atascado por más tiempo.

            —Trabajar en el vertedero de Walters no es una opción de futuro, Jeremy. Deberías pensar a largo plazo.

            —Allí puedo ganar más dinero —dijo con franqueza—. En la oficina solo me ofrecen unas horas sueltas.

            —Lo que te deja tiempo para acudir a clase —replicó el hombre—, y si lo que te preocupa es el tema económico, ya sabes que recibirás una indemnización.

            Se quedó en silencio, mirándose los pies y deseando salir de allí cuanto antes.

            —Estoy seguro de que tu padre se alegraría de que formases parte del equipo de gobierno —dijo el hombre al despedirse.

            «¡Menudo golpe bajo!», pensó él, soltando un bufido en cuanto se alejó.

            No hacía falta que le recordasen lo que su padre hubiese querido, y sabía que, aunque nunca pasase de realizar tareas administrativas menores, muchos chicos darían lo que fuera por aquella oportunidad.

            En teoría no era un mal plan, pero nunca había sido «su plan».

            Atravesó el patio con largas zancadas y saludó a Jay cuando se cruzó con él. Había ido a visitar a su hermana, pero Vicky se acercó enseguida, usando aquel tono empalagoso que le hacía rechinar los dientes. Jay se mostraba amable mientras Jacky esperaba a un lado sin disimular su impaciencia.

            «Vicky no tardará en volverse contra ella», pensó con preocupación antes de salir a la calle.

            El puente más cercano estaba a la izquierda, justo antes de llegar al desvío de la fábrica. Su rencor se acentuaba cada vez que veía el gran edificio gris, por lo que prefería ir en la dirección contraria cuando se dirigía al centro. No es que sirviera de mucho, de todas formas.

            «La fábrica West. La oficina de gobierno West —rezongó—. ¡West, West, West! Mire hacia donde mire, está por todos lados».

            Casi había llegado al puente cuando vio a Mark a lo lejos. No llevaba su inseparable skate, pero su paso desgarbado era inconfundible y se apresuró a seguirlo con cierta inquietud. Aunque había crecido en aquella parte de la ciudad, el niño prefería ir al parque sur con Doble V. y se preguntó qué estaría haciendo por allí. Podría haberlo llamado, pero algo se lo impidió. Sobre todo después de la conversación de aquella mañana con Doble V.

            «¡A saber lo que estarán planeando!».

            Apuró el paso, temiendo que aquello tuviese algo que ver con la madre del chico. Antes de trabajar en el vertedero, Mark sacaba algo de dinero realizando pequeñas tareas en el mercado, como llevar pedidos o ayudar a recoger los puestos. A veces no sacaba más que unas pocas monedas, pero había estado ahorrando durante un año para comprar la tabla de sus sueños: una edición limitada de gran calidad firmada por el mismísimo Cole Green. Su madre le dio el dinero que le faltaba, animándolo a comprarla y una semana después lo había dejado en el pabellón, desapareciendo por completo.

            El chico no le había dicho nada de aquello, claro que no había hecho falta. Mark era muy callado y solo se animaba a hablar para comentar algún truco de skate o cuando alguien mencionaba a Cole Green. El hecho de que un actor tan popular procediera de la 97 era un orgullo para la ciudad y muchos chicos intentaban emularlo sobre el patín. Por lo visto, Doble V. era bastante bueno, y aunque había vendido su tabla hacía algún tiempo, seguía acudiendo a las pistas siempre que podía. Le molestaba más de lo que quería admitir que el chiquillo lo siguiera como si también fuese su ídolo.

            Contuvo el aliento al ver que se paraba delante del River.

            «¡Será posible! ¿En serio va a ver a Walters?».

            El niño atisbó por una de las ventanas, enderezó los hombros y se dirigió hacia la puerta.

            —¡Mark! ¡Eh, Mark!

            Él se giró con una expresión tan culpable que le puso un nudo en la garganta, y en cuanto se mordió los labios, supo que estaba buscando una excusa.

            —Ho… Hola —miró a los lados, nervioso.

            —¿Las clases han terminado temprano? ¡Qué suerte! —fingió un tono alegre y habló apresuradamente—. Oye, ¿qué te parece si me enseñas lo más básico para manejar el skate mientras Doble V. está en el taller con Yomi? Quería pedírtelo hace tiempo, pero no hace falta que vea lo malo que soy, ¿no te parece?

            Soltó una carcajada que sonó un tanto exagerada, pero Mark no pareció notarlo. Los ojos se le iluminaron ante la idea, brillando como dos caramelos apenas tostados. Miró hacia la entrada del local, indeciso; pero dejó que lo guiara en la dirección contraria. El corazón de Jer latía con fuerza mientras rezaba porque no cambiara de idea.

            No se dio cuenta de que alguien se había parado justo detrás de ellos hasta que chocaron. Una disculpa salió de sus labios al instante y se echó a un lado llevando a Mark consigo. El hombre soltó un sonido de sorpresa y se enderezó de inmediato. Cuando levantó la vista y reconoció a Alan Walters, temió echarse a temblar de la impresión. El hombre que lo acompañaba lo miró con cara de malas pulgas, lo que no ayudó a que se tranquilizara.

            —Vaya, ¿no eres el chico de Warren? Te llamas Jeremy, ¿no es así?

            Asintió, carraspeando con disimulo cuando no le salió la voz. ¿Por qué sabía su nombre y qué demonios podía importarle?

            —¿Y qué te trae por aquí, muchacho? ¿Te interesa el River? He oído que no tardarás en seguir los pasos de tu padre.

            Walters no disimuló su curiosidad y notó un sudor frío en la espalda mientras buscaba una respuesta adecuada. ¿Qué razones podía tener un chico del sur para encontrarse delante de la puerta del local más famoso de la zona norte? No es que estuviera haciendo nada malo, se recordó; al fin al cabo, tampoco es que se sintiera parte de la ciudad de la misma forma que los demás.

            —Estábamos cerca y… —dijo con aire despreocupado—. He oído hablar tanto de este sitio que sentí curiosidad.

            Miró a Mark de reojo, pero el niño mantuvo la vista en el suelo y no dijo nada.

            —Humm. Estoy seguro de que has visto escenarios más grandes, aunque lo malo del Sector 6 es que nadie tiene memoria. En la 97, por el contrario, las leyendas nunca mueren.

             Jer dejó escapar un sonido de asentimiento y se disculpó de nuevo por haber tropezado con él, tirando de Mark sin que este se resistiera. Volvió a respirar con normalidad después de alejarse unos pasos, pero dio un respingo al oír la voz de Walters a su espalda.

            —¿Jeremy?

            Le echó una mirada de advertencia a Mark antes de girarse.

            —Quédate aquí —le pidió.

            Regresó junto al hombre y se obligó a mirarlo a los ojos con tranquilidad.

            —El día que te sientas preparado para actuar en público, solo tienes que decirlo —dijo Walters con un gesto hacia el River.

            Jer abrió los ojos por la sorpresa y se preguntó a qué venía una oferta semejante, ya que el hombre conocía de sobra su relación con el Skyway. No había dudas de lo que pensaría su padre si aceptase una oferta semejante y Walters era consciente de ello.

            —Yo… Todavía estoy en el pabellón.

            —Ah, es cierto. Estás bajo la custodia de West —se frotó la barbilla—. De todas formas, si alguna vez quieres ensayar, recuerda que tienes la puerta abierta.

            —Se lo agradezco de veras, pero…

            —Piensa en ello como en una forma de ampliar tus opciones. Ya sé que Rick era amigo de Sean Collins, y el Skyway es un buen local, por supuesto. Sin embargo, el hecho de que no crecieras aquí te da una ventaja que otros chicos no tienen —le sonrió como animándolo—. Esas viejas rencillas del norte y el sur no deberían de aplicarse en tu caso, ¿no crees?

            Sonaba como algo que pudiese haber pensado él mismo y no pudo más que asentir ante sus palabras, aunque no estaba muy seguro de que la gente de la ciudad estuviera de acuerdo.

            —Lo tendré en cuenta —prometió.

            Intentó decirlo con el suficiente entusiasmo y se despidió de nuevo.

            «Todo el mundo quiere que me dedique a la música cuando ya no me interesa», pensó con amargura. Sean también le había ofrecido que ensayara en el Skyway y había rechazado la oferta sin dar explicaciones. Nick le preguntaba de vez en cuando por sus estudios y se lo quitaba de encima mencionando alguna de las canciones que había aprendido antes de abandonar el Sector 6, porque lo cierto era que apenas prestaba atención en clase.

            Se encontró con la mirada de Mark, que fruncía el ceño. Le pareció que no había escuchado la conversación, pero no podía estar seguro y esperaba que no se hiciera una idea equivocada. Le hizo un gesto con el mentón indicando el camino de vuelta y esperó hasta que se alejaron un par de calles para preguntarle qué hacía delante del River.

            —Quería preguntarle a Walters por mi madre —admitió—. Doble V. dice que sabe dónde está.

            «¡Lo sabía! ¡La culpa es de ese idiota!». Intentó disimular la rabia que sentía.

            —No creo que sea buena idea —dijo intentando controlarse.

            Mark apenas lo escuchó y habló atropelladamente.

            —Tendría que haberle preguntado, pero cuando lo tuve delante... ¡no fui capaz! —se lamentó—. ¿Tú no le tienes miedo?

            —Sí, claro. Es decir, con todo lo que se dice de él, habría que ser estúpido para no tenérselo.

            —Pues no parecías asustado.

            En realidad, Walters se había mostrado amable. Se podría decir que le tenía un miedo un tanto abstracto, aunque el tenerlo delante y mantener una conversación más o menos normal, no había resultado demasiado amenazador.

            «Es un ser humano, no un monstruo. Claro que no todo el mundo tiene el poder o la voluntad de destruir la vida de los demás».

            —Sí que lo estaba, pero eso da igual. ¿Doble V. no te explicó que el trato que hizo con tu madre es ilegal? —le advirtió—. No es algo de lo que se pueda hablar como si tal cosa.

            El niño se mostró avergonzado.

            —No se lo digas, ¿vale? —musitó con vocecita suplicante.

            Apretó los dientes al oírlo. Quería echarle una buena bronca a Doble V.; de hecho, lo estaba deseando, pero respiró hondo y soltó el aire lentamente antes de acceder.

            —Prométeme que no volverás a acercarte a Walters. ¡Y a Ryan tampoco! —añadió—. Deja que sea Doble V. quien trate con él.

            No sentía el mismo miedo por el otro muchacho. Tenía que reconocer que sabía ganarse a la gente y se había hecho un nombre en la ciudad por méritos propios. Su habilidad con un motor era tan conocida como su destreza con el patín y, aunque los murmullos lo seguían a su paso y todo el mundo especulaba sobre lo que habría pasado con Tom Rawlins, a él no parecía afectarle.

            Había creado una nueva categoría para las miradas que recibía Doble V.; la llamaba: «compasión extrema y cotilleo». Los ojos de la gente no solo lo seguían mucho más tiempo que al resto, sino que parecían buscar algo en su cara. Él actuaba como si no lo notase, bromeando y riendo como tenía por costumbre.

            «No es mal chico», admitió a regañadientes. Siempre era amable y se mostraba dispuesto a ayudar a los demás. Su desorden lo irritaba, pero eso era un problema menor. Lo que había hecho que lo mirara de otra forma era su relación con Mark. Le provocaba verdadera inquietud que se metiera en algún lío y arrastrara al niño con él. Quería pensar que la mayoría de sus ocurrencias no eran más que bromas, y en realidad, lo peor que le había visto hacer era llevarse alguna pequeña pieza del vertedero. Eso no lo pondría tan nervioso si el dueño fuese cualquier otro.

            «Si se atreve a robarle a Walters, está claro que tiene menos seso que un mosquito».

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