domingo, 26 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 14- Jibberish




            Jer salió del pabellón arrastrando los pies. Greg Evans había ido a verlo aquella mañana para hablar de la demanda por el accidente ya que, por lo visto, West había ofrecido una cifra irrisoria para terminar con aquello cuanto antes. Ninguno de los afectados estaba dispuesto a olvidar tan rápidamente y, desde luego, Jer tampoco. Ni aunque se empeñasen en mantener su custodia cuando ya tenía edad para independizarse.

            —La oficina de gobierno está tramitando la declaración de Sean —había dicho el abogado—. Es inaudito que se demoren de esta forma en confirmar tu identidad.

            No se molestó en explicarle que le daba igual. Al principio, ni siquiera se había preguntado por qué lo habían llevado al centro de huérfanos. Al fin y al cabo, eso es lo que era: un chico sin familia.

            Sean había ido a verlo varias veces para asegurarle que lo estarían esperando en cuanto saliera de allí y que podía quedarse con ellos el tiempo que quisiera. No estaba seguro de lo que le había respondido y tampoco le importaba demasiado. En realidad, nada le importaba mucho aquellos días aparte de Jacky. La chica solo tenía quince años, pero Jay se haría cargo de su hermana en cuanto arreglara el papeleo.

            «¿Podrías estar pendiente de ella hasta entonces?», le había pedido.

            Lo hubiese hecho de todas formas, pensó él. Lo sintió al saber que su padre había muerto en el hospital; sin embargo, no podía evitar sentir cierto consuelo por su presencia.

            Se sentía atraído hacia ella como un imán, pero se acostumbró a mantener cierta distancia. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos, quedándose siempre a su alcance. Sin ni siquiera pensarlo, se convirtió en una de las constantes de su nueva vida; al menos una de las que recordaba con claridad.

            Jacky le había dirigido una mirada triste al reconocerlo y no le hizo falta preguntar para saber más acerca de él ya que los rumores sobre su extraña situación eran la comidilla del pabellón desde que había llegado.

            Doble V. había aparecido de repente como si nada. No tenía ni idea de cómo había conseguido convertirse en su compañero de cuarto y ni siquiera se sorprendió cuando Mark atravesó un día la puerta y dejó sus cosas sobre la cama que quedaba libre.

            El niño trabajaba en el vertedero y Doble V. insistió en que debían acompañarlo. A Jer le daba lo mismo hacer una cosa que otra, por lo que se limitó a seguirlos como un autómata.

            Se detuvo desorientado durante unos segundos. La distribución de la zona norte era algo caótica y no estaba acostumbrado a recorrer aquellas calles él solo. Por un momento, no estuvo seguro de haber girado donde debía, pero se relajó al percibir el aroma a eucalipto.

            «¡Ahí está el parque norte!», pensó aliviado al salir a una calle más amplia.

            No tardó en llegar al vertedero, que consistía en una gran parcela de tierra polvorienta rodeada por una alambrada. Entró en el almacén y le pidió unos guantes de trabajo al señor Jenkins. Aunque el hombre no dijo nada, su mirada fue bastante elocuente.

            «Va siendo hora de que te compres unos», pareció decir.

            Lo ignoró como si no se hubiese dado cuenta.

            «Antes me gastaría el dinero en unos zapatos reforzados», pensó con rabia.

            Hacía tan solo unos días, una barra de metal se le había resbalado de las manos y le había golpeado los dedos del pie. No se había roto nada, pero desde entonces era más consciente de lo endeble que resultaba su calzado en aquel lugar.

            Agarró una carretilla dirigiéndose hacia la zona de descarga y esperó a que pasara un camión, alejándose en la dirección contraria lo más rápido que pudo. El remolque se inclinó con un chirrido, descargando su carga con un gran estruendo metálico, lo que le hizo rechinar los dientes.

            Las piezas más grandes se descargaban en la planta de reciclaje que estaba al lado, al igual que todo aquello que se pudiera reparar fácilmente, pero de todas formas, siempre había pilas enormes de chatarra esperando a ser seleccionadas.

            —¡Eh, Superstar!

            Se encogió al reconocer la voz de Ryan Walters, a quien empezaba a odiar profundamente. Aunque su padre tenía diversos tipos de negocios, lo hacía trabajar allí cada mañana. El chico acarreaba trozos de metal como cualquiera, al menos durante unas horas. Después ayudaba al encargado a calcular la paga de los demás y el muy imbécil tenía la costumbre de escatimarles una parte de la paga para sumarla a sus propias ganancias.

            —¿Qué tal, Ryan? —intentó que su voz sonara lo más neutra posible.

            «¡Capullo!», añadió mentalmente.

            —Creí que te habías cansado del trabajo duro —se rio burlonamente el otro—. ¡Vamos, Superstar, que al metal no le crecen patas!

            Jer bajó los ojos, empujando la carretilla y Ryan siguió su camino, riéndose como si aquello fuese lo más gracioso del mundo.

            Él buscó a Yomi con la mirada, sabiendo que los demás no andarían lejos. No tardó en localizar al chico más alto, que lo saludó desde lejos. Al oírlo, Mark se asomó por detrás de un montón de metal, sonriendo.

            Jer les devolvió el saludo y se puso a trabajar a su lado, cargando la carretilla lo más rápido que pudo. Ya había realizado un par de viajes cuando los demás hicieron un descanso para beber.

            —¿Crees que Ryan tardará mucho en descubrir dónde está mi madre? —preguntó Mark en voz baja.

            Doble V. se apartó un mechón rubio de la frente antes de contestarle.

            —Ya te dije que no será fácil. Tendrá que encontrar el momento adecuado para entrar en el despacho de su padre.

            El niño se mordió el labio inferior y una expresión desamparada asomó a sus ojos. Doble V. le pidió que fuera paciente y lo envió a buscar agua. Mark obedeció enseguida, encaminándose hacia el almacén con paso desgarbado.

            Un ladrillo pareció atravesarse en el pecho de Jer al asimilar de qué iba aquella conversación.

            —¿Ryan ha accedido a ayudarte?

            Se lo está pensando —se encogió de hombros despreocupado —. Me dará una respuesta cuando decida el precio.

            A Jer se le puso un nudo en el estómago al oír aquello.

            —¿Ah, sí? ¿Y qué podría querer a cambio?

            —Está organizando un salto, así que le ofrecí mi ayuda.

            Jer abrió los ojos de par en par.

            —¡No hablarás en serio!

            —Claro que sí. Ya te dije que llevo tiempo esperando a que se decida —respondió Doble V. con calma.

            Recordaba la conversación, desde luego; claro que en aquel momento le había parecido una historia lejana, no algo que llegaría a presenciar. Doble V. observó su reacción con una sonrisa.

            —¡Pero está prohibido! —protestó Jer.

            —¿En serio? —su amigo puso los ojos en blanco—. Díselo a Sean Collins. O a Nick Parker, ya que estamos.

            Doble V. hizo un mohín y se giró, dando por terminada la conversación. Él estuvo a punto de dejarlo estar pensando que las costumbres de la ciudad no eran asunto suyo; sin embargo, en lo que se refería a Mark, no estaba dispuesto a callarse y se sentía con derecho a cuestionar sus métodos.

            —¡Espera! —lo llamó.

            Se mordió los labios resecos ordenando sus ideas antes de hablar.

            —¿Qué te hace pensar que la madre de Mark recurrió a Walters?

            —Es lo que hizo el mecánico —Doble V. se ajustó los guantes sin mostrar emoción alguna—. Walters pagó sus deudas a cambio de que trabajara para alguno de sus socios. No tengo ni idea de dónde, aunque tiene que ser lejos de aquí. Ni siquiera los de West lograron encontrarlo para tomarle declaración.

            Tragó saliva recordando los rumores que había provocado la llegada de Doble V. al pabellón. El chico se dio cuenta y levantó el mentón con aire socarrón, como esperando que le preguntara acerca del juicio. Jer le mantuvo la mirada dejando claro que no era ningún cotilla.

            —Parece algo ilegal —insistió.

            —Seguramente lo es —respondió con indiferencia.

            Aquello era peor de lo que había pensado. Si Walters mantenía tanto secretismo acerca de esas operaciones, husmear en sus asuntos podría acarrear graves consecuencias.

            —No deberías meterle ideas en la cabeza a Mark —murmuró entre dientes sin poder contener el disgusto.

            Los ojos verdes brillaron de diversión cuando se acercó más a él.

            —¿Y eso por qué? —preguntó como retándolo.

            —Si estás en lo cierto, encontrarla no va a solucionar nada ya que no le dejarán verla.

            —Siempre hay una forma—entrecerró los ojos—. Para ti es fácil hablar. Sean Collins no solo era amigo de tu padre, sino que su hermano es uno de los hombres más ricos de la 97. Debe de estar bien saber que vivirás en su casa, sobre todo con ese respaldo.

            No le sorprendió que se hubiese enterado. Ya se había acostumbrado a que todo el mundo pareciera estar al tanto de los detalles privados de la vida de los demás.

            Quiso decirle que Albert Collins apenas sabía que existía, pero no llegó a abrir la boca. Se limitó a mantenerle la mirada en silencio cuando continuó.

            —Mark y yo no tenemos a nadie en la ciudad. ¿No te parece lógico que quiera buscar a la única familia que le queda?

            —¿Y qué va a hacer? ¿Reunirse con ella? —masculló—. ¡Tú sabes que eso no es más que una fantasía!

            Doble V. hizo un mohín y sonrió con descaro, recuperando su habitual actitud despreocupada.

            —He conocido a muchos huérfanos a lo largo de los años y los que no fantasean con ser adoptados por una familia ideal, sueñan con escaparse algún día —enarcó las cejas—. No sé por qué te cuesta entenderlo. Tú tampoco quieres quedarte aquí, ¿no es cierto?

            —¿Y a ti qué te importa si quiero irme? —preguntó con un tono más agresivo de lo que pretendía.

            —Solo me resulta curioso. Muchos darían lo que fuera por estar en tu lugar, y no me refiero solo a contar con el apoyo de Collins, eres libre de hacer lo que quieras con tu vida. ¿Tanto odias este lugar que prefieres abrirte camino por tu cuenta?

            Mantuvo una expresión impasible, reticente a expresar con palabras lo que se consideraría una traición a la 97.

            —Deberíamos unir fuerzas, ¿no te parece? —Doble V. bajó la voz—. Si quieres ayudar a Mark…

            Le hizo un gesto al niño, que se acercaba trotando y Jer no se atrevió a decir nada más. Volvió al trabajo con desgana, sintiéndose un desagradecido. Sean se preocuparía si él se marchaba, pero eso no evitaba que lo deseara con todas sus fuerzas.

            Después de pensar a fondo en lo que necesitaría para sobrevivir por su cuenta, había reunido algunas cosas básicas sin gastar demasiado. Parte de sus ahorros desaparecerían en cuanto comprara provisiones, y además, le hubiese gustado contar con un hornillo portátil como el que tenían los tracers.

            «Unir fuerzas», resopló, empujando la carretilla con más fuerza de la necesaria. ¡Querer escaparse con un niño de doce años! Empezaba a pensar que Doble V. era un inconsciente.

            Trabajó con ahínco para mantener sus pensamientos a raya y trató de recuperar el tiempo que había perdido al llegar tarde. Por esa razón todavía estaba cargando el último viaje cuando los demás empezaron a dirigirse hacia el almacén para a recibir su paga.

            Se reunió con los demás y contuvo un gemido al ver la cola que había delante de Jenkins, resignándose a tratar con Ryan. Se pasó una mano por el pelo sudoroso cuando este revisó las cuentas, impaciente por terminar con aquella tortura.

            —Doce con cuarenta, Superstar.

            Jer le echó una mirada al dinero que había dejado sobre el mostrador y apretó los puños.

            —Creo que te has quedado un poco corto —habló con toda la calma que pudo reunir.

            Ryan torció los labios en un gesto desafiante.

            —¿Quieres presentar una reclamación? —dijo con desprecio—. Si no estás contento, siempre puedes ir a trabajar para tus amigos del sur.

            Jer miró al suelo y se mordió la lengua, evitando la mirada de Doble V., que acababa de salir de la otra cola. Se guardó el dinero, conteniendo la rabia hasta que atravesó la puerta del almacén.

            Mark y Yomi ya esperaban fuera y él pasó de largo sin decir ni una palabra. Por desgracia, Doble V. no tardó en alcanzarlo.

            —Alguien debería haberte dicho que mantuvieses la boca cerrada si querías trabajar para Walters, Jer —él apuró el paso, pero el chico no se rindió tan fácilmente—. ¡Oh, espera! Creo recordar que te lo advertí en algún momento, ¿no es verdad?

            —¡No es justo! —frenó de golpe y se giró hacia él, que arqueó las cejas ante lo obvio de su afirmación.

            —¡Bienvenido a la 97! —abrió los brazos con un gesto amplio—. Por fin empiezas a entender cómo funcionan las cosas por aquí.

            Doble V. le dio una palmada en la espalda como si quisiera consolarlo.

            —¿Sabes por qué Ryan te llama Superstar? —preguntó con un brillo de humor en los ojos.

            —Porque mi padre fue famoso en su día, supongo.

            Era un apodo bastante tonto, pero cumplía su función. Les recordaba a todos que él no pertenecía a la 97 y recalcaba el fracaso de su padre. Se sentía demasiado cansado como para explicarlo, pero Doble V. pareció leerle la mente.

            —Es un insulto un poco extraño, aunque resulta bastante efectivo. No creas que Ryan suele ser tan ingenioso —le dirigió una sonrisa burlona—. Voy a decirte cuál es tu problema: no eres consciente del lugar que ocupas en el esquema de las cosas. Si Ryan se siente con derecho a quedarse tu dinero, no puedes hacer nada. Punto.

            —¡Maldito idiota! —murmuró con rencor.

            —Deberías cambiar de actitud —sugirió su amigo—. Ya sabes, intentar llevarlo lo mejor posible.

            Había oído algo así antes, aunque estaba demasiado alterado como para pararse a pensarlo.

            —¿Como tú? —preguntó con amargura—. No creo que pueda fingir que alguien me cae bien mientras me está robando delante de las narices.

            Lo dijo con un tono de retintín que a Doble V. le resultó gracioso.

            —A lo mejor el problema eres tú, ¿no lo has pensado? —soltó una risita—. Deberías buscar la parte positiva del asunto, ¿sabes? Si te hubieses criado en el norte tendrías que aguantarlo durante toda tu vida, ¿te imaginas tener que seguirlo como el resto de sus esbirros?

            Jer no pudo evitar una mueca y Doble V. soltó una carcajada.

            —¿Lo ves? ¡Siempre podría ser peor! Tiene que ser un incordio estar tan tranquilo con tus amigos y que aparezca a cada momento. «Eh, Superstar, tráeme una cerveza».

            Imitó la voz grave de Ryan y se rio con ganas.

            Jer resopló ante lo absurda que resultaba aquella escena imaginaria, pero dejó escapar una sonrisa y Doble V. asintió satisfecho.

            De pronto, la imagen de su madre apareció en su mente con claridad: «Acéptalo o cámbialo, Jer». Ella le había dicho aquello.

            Una sensación agridulce lo envolvió al darse cuenta de que Doble V. se la recordaba a veces; sobre todo cuando hacía reír a los demás con sus ocurrencias o al mostrar una actitud esperanzada en cualquier circunstancia.

            «Antes me reía a menudo, aunque da la impresión de que hubiese ocurrido en otra vida —pensó con amargura—. Solía ser un chaval sociable y divertido; no tanto como Doble V., pero al menos no me sentía triste o enfadado a todas horas».

            Intentó empujar los recuerdos al fondo de su mente sin lograrlo del todo.

            «Ella no dejaría que Ryan se saliera con la suya».

            Su madre se tomaba muchas cosas a la ligera y aceptaba las debilidades humanas con humor; lo que no hacía era quedarse a un lado cuando presenciaba una injusticia.

            —No entiendo cómo puedes bromear con él de esa manera —se quejó—. ¿Cuánto crees que ha sacado hoy en total?

            —«Más que ayer, pero menos que mañana» —canturreó el otro—. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? —se puso serio de repente—. Que yo sé que nada cambiará hasta que me largue de aquí.

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