viernes, 24 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 13- Reborn




            Jer no tardó en enterarse de que el padre de Jay era uno de los operarios que estaban cerca del muro cuando este se derrumbó. Sean lo había acompañado al hospital sin cuestionar sus motivos en ningún momento, pero él sí que empezaba a preguntarse qué estaba haciendo allí.

            Su padre había muerto al instante. ¡Puf! Desaparecido en un segundo. Sean le advirtió que no le dejarían verlo, pero todo aquello resultaba demasiado irreal como para asimilarlo sin más. Su madre había muerto en el hospital, quizás por eso le parecía lo más lógico hacerse a la idea en aquel lugar.

            Se encontraron con varias personas en la entrada. Sean se los presentó, pero apenas escuchó sus nombres. Las palabras con las que intentaron consolarlo por su pérdida parecían clavarse en su mente como astillas.

            —Todo pasó tan deprisa… —decían—. Ni siquiera se enteró.

            Sean habló con uno de los guardias para que lo dejaran pasar sin identificador. El hombre lo miró con pena antes de acceder, pero no le prestó atención. Seguía pensando en aquellas palabras y tuvo que contener un bufido exasperado mientras seguía a Sean por el pasillo.

            «Tienes que darte cuenta a la fuerza —razonó—. Puede que ocurra demasiado rápido como para apartarte, pero ¿cómo no te vas a enterar?».

            Llegaron a una salita donde Jay esperaba con su hermana. El chico salió al pasillo para hablar con Sean y él se encontró frente a unos ojos negros tan grandes y húmedos que tuvo la sensación de hundirse en ellos antes de decirle su nombre.

            —¿Estás aquí por el accidente de la fábrica? —preguntó ella con voz temblorosa.

            Él asintió. Se sentó a su lado y Jacky parpadeó, negándose a llorar. Sintió el impulso de consolarla, pero no le salían las palabras.

            —¿También operaron a tu padre? —preguntó ella, apretándose las manos sobre el regazo.

            Sí —mintió.

            Jacky miró al frente, mordiéndose el interior de las mejillas. Inclinó la cabeza de forma que la cortina de pelo negro le ocultara el rostro y los dos se quedaron callados. Jer sintió un nudo en la garganta por las palabras que no era capaz de pronunciar y cerró los ojos con fuerza. La mano de la muchacha se apoyó sobre la suya y aquel contacto le resultó cálido y pesado, aunque agradable y sólido.

            «Como un punto de apoyo en un mar de arenas movedizas». Así se la imaginó desde entonces.

            Sean vino a buscarlo un rato después y Jer apenas se enteró cuando lo llevaron al pabellón de huérfanos. Ni siquiera recordaba lo ocurrido durante las primeras dos semanas: comía cuando le decían que tenía que comer y dormía cuando se apagaban las luces; aparte de eso, en su mente solo había una niebla espesa de aquellos días.

            Sean apareció un domingo para acompañarlo al funeral que se celebraría en la iglesia de la laguna. No preguntó qué significado tenía aquel lugar y tampoco mostró sorpresa al saber que debían ir por el canal.

            Jane, la mujer de Sean, los esperaba en el muelle y le dio un cálido abrazo a Jer antes de señalar la barca donde Nick esperaba. Jer se quedó mirando los ruidosos chorros de agua que caían por la fachada con una sensación de irrealidad que le hizo preguntarse si todo aquello no sería un sueño. Llegaron a una de las entradas laterales de la iglesia y amarraron la embarcación en uno de los pocos huecos que quedaban libres.

            Vio a Jacky al entrar en la iglesia, erguida y pálida junto a su hermano. Entonces se dio cuenta de que aquella pesadilla tenía que ser real y que su mundo se había derrumbado completamente bajo sus pies. El olor a humedad de la iglesia pareció inundar sus nariz y sintió náuseas por un segundo. Se acercó a Sean sin darse cuenta y este le pasó un brazo por hombros, haciendo que el olor de su colonia espantara aquel olor a rancio.

            El padre de Jay ha muerto, ¿verdad? —preguntó Jer en un susurro apartándose para mirarlo a la cara.

            Sean asintió con expresión grave y tragó saliva como si fuera a decir algo más. Jer miró al suelo para que no se sintiera obligado a hablar y ambos permanecieron en silencio, al menos exteriormente. Por dentro, Jer quería gritar que no quería estar allí y, aunque sus pies parecían querer echar a correr lo más lejos posible, se obligó a permanecer inmóvil en su sitio. Sintió frío de repente y estuvo tentado de acercarse de nuevo a Sean, pero se contuvo por miedo a echarse a llorar.

            No estaba seguro de haber llorado hasta entonces, aunque seguramente lo habría hecho, ¿no? Eso sería lo normal, pero por más que lo pensara, no conseguía recordar si había llorado o no.

            Miró las piedras del suelo, siguiendo sus líneas durante un buen rato y sin llegar a procesar las palabras que resonaban en los altos muros. No se había fijado en que había un coro a un lado y, si lo hubiera hecho, habría pensado que los ecos de las piedras y el murmullo constante del agua crearían una acústica horrible.

            Apretó los dientes cuando empezaron a cantar, pero no sonaba tan mal como se había imaginado. Entonces ocurrió algo que le hizo abrir los ojos de par en par, una voz angelical reverberó contra las piedras convirtiendo el cántico en una melodía celestial y se sorprendió aún más al darse cuenta de que no era una sola voz, ¡eran dos! Identificó las diferentes notas de esa segunda voz, que le recordó a un pájaro cantor como los que había escuchado viviendo en la granja con los nómadas.

            Se irguió para recorrer con la mirada los rostros del grupo de chicos y chicas de distintas edades. El ángel y su pájaro cantor se mantuvieron en silencio durante unos minutos, dejando que el coro, ahora aburrido, entonara el resto de la melodía hasta llegar al clímax final. Cuando llegó ese momento, identificó a un chico joven como el poseedor de la voz angelical y casi dio un salto al reconocer a Jay, de pie a su lado, como el pájaro cantor de la melodía.

            Se dejó llevar un instante por la música, olvidando todo lo demás, incluso dónde estaba y porqué. Cerró los ojos dejando que aquellas voces lo transportaran a otro lugar hasta que una última nota más alta que las anteriores se quedó como suspendida en el techo de piedra hasta desvanecerse en el silencio.

            El acto terminó poco después y Jer ni siquiera se dio cuenta de que la gente estaba saliendo del edificio. Aquellas voces regían resonando en su mente cuando Sean tiró suavemente de él para acercarse al altar. Jane se secó unas lágrimas con disimulo y el grupo se reunió con aquel chico de voz impresionante, llamado Jon, y con sus padres. Todos parecían viejos amigos y se saludaron efusivamente. Jer intentó expresar lo que había sentido hacía un instante, pero fue incapaz de expresarlo con palabras.

            —¡Has estado magnífico, Jon! —dijo Jane visiblemente emocionada.

            El chico aceptó el cumplido con evidente timidez y Jer decidió que era mejor no incomodarlo más en aquel momento.

            —Con Jay siempre es más fácil —dijo Jon tras aclararse la voz.

            —¡Pobre Jay! —se lamentó su madre bajando la voz—. No sé cómo ha tenido la entereza de cantar en un día como hoy.

            Jer miró a su alrededor buscando al chico y a su hermana, pero ya no había ni rastro de ellos. Los mayores seguían hablando en voz baja y no les prestó mucha atención hasta que Sean volvió a tirarle de la manga para salir al exterior.

            Aquella noche, Jer se quedó mirando al techo durante mucho rato, recordando las sensaciones que le habían provocado aquellas dos voces juntas y admitiendo con honestidad que él jamás podría cantar así.

            —Ya da igual —suspiró finalmente—. ¿Qué importa nada de eso ahora?

            Cerró los ojos pensando que aquel era un buen momento para llorar, a solas en la oscuridad de su cuarto, pero las lágrimas no acudieron. 

            «¿Por qué no recuerdo haber llorado? ¿Será que no me quedan más lágrimas?», se preguntó golpeando la cama con el puño al girarse.

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