Jer
no tardó en enterarse de que el padre de Jay era uno de los operarios que
estaban cerca del muro cuando este se derrumbó. Sean lo había acompañado al
hospital sin cuestionar sus motivos en ningún momento, pero él sí que empezaba
a preguntarse qué estaba haciendo allí.
Su
padre había muerto al instante. ¡Puf! Desaparecido en un segundo. Sean le
advirtió que no le dejarían verlo, pero todo aquello resultaba demasiado irreal
como para asimilarlo sin más. Su madre había muerto en el hospital, quizás por
eso le parecía lo más lógico hacerse a la idea en aquel lugar.
Se
encontraron con varias personas en la entrada. Sean se los presentó, pero
apenas escuchó sus nombres. Las palabras con las que intentaron consolarlo por
su pérdida parecían clavarse en su mente como astillas.
—Todo
pasó tan deprisa… —decían—. Ni siquiera se enteró.
Sean
habló con uno de los guardias para que lo dejaran pasar sin identificador. El
hombre lo miró con pena antes de acceder, pero no le prestó atención. Seguía
pensando en aquellas palabras y tuvo que contener un bufido exasperado mientras
seguía a Sean por el pasillo.
«Tienes
que darte cuenta a la fuerza —razonó—. Puede que ocurra demasiado rápido como
para apartarte, pero ¿cómo no te vas a enterar?».
Llegaron
a una salita donde Jay esperaba con su hermana. El chico salió al pasillo para
hablar con Sean y él se encontró frente a unos ojos negros tan grandes y
húmedos que tuvo la sensación de hundirse en ellos antes de decirle su nombre.
—¿Estás
aquí por el accidente de la fábrica? —preguntó ella con voz temblorosa.
Él
asintió. Se sentó a su lado y Jacky parpadeó, negándose a llorar. Sintió el
impulso de consolarla, pero no le salían las palabras.
—¿También
operaron a tu padre? —preguntó ella, apretándose las manos sobre el regazo.
—Sí —mintió.
Jacky
miró al frente, mordiéndose el interior de las mejillas. Inclinó la cabeza de
forma que la cortina de pelo negro le ocultara el rostro y los dos se quedaron
callados. Jer sintió un nudo en la garganta por las palabras que no era capaz
de pronunciar y cerró los ojos con fuerza. La mano de la muchacha se apoyó
sobre la suya y aquel contacto le resultó cálido y pesado, aunque agradable y sólido.
«Como
un punto de apoyo en un mar de arenas movedizas». Así se la imaginó desde
entonces.
Sean
vino a buscarlo un rato después y Jer apenas se enteró cuando lo llevaron al
pabellón de huérfanos. Ni siquiera recordaba lo ocurrido durante las primeras
dos semanas: comía cuando le decían que tenía que comer y dormía cuando se
apagaban las luces; aparte de eso, en su mente solo había una niebla espesa de
aquellos días.
Sean apareció
un domingo para acompañarlo al funeral que se celebraría en la iglesia de la
laguna. No preguntó qué significado tenía aquel lugar y tampoco mostró sorpresa
al saber que debían ir por el canal.
Jane,
la mujer de Sean, los esperaba en el muelle y le dio un cálido abrazo a Jer
antes de señalar la barca donde Nick esperaba. Jer se quedó mirando los
ruidosos chorros de agua que caían por la fachada con una sensación de
irrealidad que le hizo preguntarse si todo aquello no sería un sueño. Llegaron a
una de las entradas laterales de la iglesia y amarraron la embarcación en uno
de los pocos huecos que quedaban libres.
Vio a
Jacky al entrar en la iglesia, erguida y pálida junto a su hermano. Entonces se
dio cuenta de que aquella pesadilla tenía que ser real y que su mundo se había
derrumbado completamente bajo sus pies. El olor a humedad de la iglesia pareció
inundar sus nariz y sintió náuseas por un segundo. Se acercó a Sean sin darse
cuenta y este le pasó un brazo por hombros, haciendo que el olor de su colonia
espantara aquel olor a rancio.
—El padre de Jay ha muerto, ¿verdad? —preguntó Jer en
un susurro apartándose para mirarlo a la cara.
Sean
asintió con expresión grave y tragó saliva como si fuera a decir algo más. Jer
miró al suelo para que no se sintiera obligado a hablar y ambos permanecieron
en silencio, al menos exteriormente. Por dentro, Jer quería gritar que no
quería estar allí y, aunque sus pies parecían querer echar a correr lo más
lejos posible, se obligó a permanecer inmóvil en su sitio. Sintió frío de
repente y estuvo tentado de acercarse de nuevo a Sean, pero se contuvo por
miedo a echarse a llorar.
No
estaba seguro de haber llorado hasta entonces, aunque seguramente lo habría
hecho, ¿no? Eso sería lo normal, pero por más que lo pensara, no conseguía
recordar si había llorado o no.
Miró
las piedras del suelo, siguiendo sus líneas durante un buen rato y sin llegar a
procesar las palabras que resonaban en los altos muros. No se había fijado en
que había un coro a un lado y, si lo hubiera hecho, habría pensado que los ecos
de las piedras y el murmullo constante del agua crearían una acústica horrible.
Apretó
los dientes cuando empezaron a cantar, pero no sonaba tan mal como se había
imaginado. Entonces ocurrió algo que le hizo abrir los ojos de par en par, una
voz angelical reverberó contra las piedras convirtiendo el cántico en una
melodía celestial y se sorprendió aún más al darse cuenta de que no era una
sola voz, ¡eran dos! Identificó las diferentes notas de esa segunda voz, que le
recordó a un pájaro cantor como los que había escuchado viviendo en la granja
con los nómadas.
Se
irguió para recorrer con la mirada los rostros del grupo de chicos y chicas de
distintas edades. El ángel y su pájaro cantor se mantuvieron en silencio
durante unos minutos, dejando que el coro, ahora aburrido, entonara el resto de
la melodía hasta llegar al clímax final. Cuando llegó ese momento, identificó a
un chico joven como el poseedor de la voz angelical y casi dio un salto al
reconocer a Jay, de pie a su lado, como el pájaro cantor de la melodía.
Se
dejó llevar un instante por la música, olvidando todo lo demás, incluso dónde
estaba y porqué. Cerró los ojos dejando que aquellas voces lo transportaran a
otro lugar hasta que una última nota más alta que las anteriores se quedó como
suspendida en el techo de piedra hasta desvanecerse en el silencio.
El
acto terminó poco después y Jer ni siquiera se dio cuenta de que la gente
estaba saliendo del edificio. Aquellas voces regían resonando en su mente
cuando Sean tiró suavemente de él para acercarse al altar. Jane se secó unas
lágrimas con disimulo y el grupo se reunió con aquel chico de voz
impresionante, llamado Jon, y con sus padres. Todos parecían viejos amigos y se
saludaron efusivamente. Jer intentó expresar lo que había sentido hacía un
instante, pero fue incapaz de expresarlo con palabras.
—¡Has
estado magnífico, Jon! —dijo Jane visiblemente emocionada.
El
chico aceptó el cumplido con evidente timidez y Jer decidió que era mejor no
incomodarlo más en aquel momento.
—Con
Jay siempre es más fácil —dijo Jon tras aclararse la voz.
—¡Pobre
Jay! —se lamentó su madre bajando la voz—. No sé cómo ha tenido la entereza de
cantar en un día como hoy.
Jer
miró a su alrededor buscando al chico y a su hermana, pero ya no había ni
rastro de ellos. Los mayores seguían hablando en voz baja y no les prestó mucha
atención hasta que Sean volvió a tirarle de la manga para salir al exterior.
Aquella
noche, Jer se quedó mirando al techo durante mucho rato, recordando las
sensaciones que le habían provocado aquellas dos voces juntas y admitiendo con
honestidad que él jamás podría cantar así.
—Ya
da igual —suspiró finalmente—. ¿Qué importa nada de eso ahora?
Cerró
los ojos pensando que aquel era un buen momento para llorar, a solas en la
oscuridad de su cuarto, pero las lágrimas no acudieron.
«¿Por
qué no recuerdo haber llorado? ¿Será que no me quedan más lágrimas?», se
preguntó golpeando la cama con el puño al girarse.

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