domingo, 26 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 16- Skyway



            Los edificios del centro, a pesar de no superar las dos plantas, parecían querer atraparlo entre sus colores agobiantes cuando atravesó un callejón estrecho entre dos viviendas. La de la izquierda estaba pintada de color naranja, y la del otro lado, para no ser menos; mostraba un tono lima reluciente.

            «Es cosa de tu imaginación, chaval».

            Un par de barcas atracaron en el islote del muelle. Como cada mañana, aquel pedazo de tierra en mitad del agua se convertía en un hervidero de gente. La terraza superior estaba casi desierta, sin embargo; los grandes arcos abiertos dejaban a la vista la considerable afluencia de clientes que iban de un puesto a otro, realizando sus compras en la planta baja.

            Las lanchas de los granjeros habrían llegado poco después del amanecer con los productos que no destinaran a la procesadora, uno de los negocios más antiguos que le pertenecía al hermano de Sean. Se decía que el primer Collins se había instalado en la 97 antes incluso de que la fábrica de androides estuviera operativa.

            Las granjas se distribuían a lo largo del río «sur» durante varios kilómetros. En realidad, llegaba casi en línea recta desde el este, pero era algo más abajo donde su curso se dividía en tres canales. El río «norte» bajaba desde la montaña y atravesaba la presa. Después de rodear el centro de la ciudad, ambos ríos seguían su camino hacia el mar como uno solo.

            «¿Cuál es su nombre real?».

            Buscó el viejo mapa de papel en el bolsillo interior de su chaqueta, y estaba a punto de sacarlo, cuando escuchó una voz a su espalda.

            —Mira, es el hijo de Rick Warren —cuchicheó alguien.

            Siguió su camino sin girarse y apresuró el paso bajando la vista al suelo. Tendría que haber seguido el canal exterior en lugar de atajar por el centro. Pensó cuando sus pasos resonaron al cruzar el puente. Buscó una zona discreta junto al muro y sacó el mapa, desdoblándolo solo en parte. Siguió con el dedo la línea del río sur, buscando el nombre. Se inclinó al encontrarlo y achicó los ojos, intentando descifrar el borrón en el que se habían convertido las letras. Soltó un bufido de exasperación cuando no pudo leerlo.

            «¿Qué más da cómo se llame en realidad?».

            No tenía ninguna importancia. Las palabras norte o sur definían la vida de la 97 mucho más claramente que cualquier nombre oficial y su curiosidad no era más que una excusa para distraer su mente. No le gustaba ir al Skyway, pero necesitaba practicar con la moto. No solo para mejorar su conducción, sino para que Nick no sospechara si finalmente decidía marcharse de la ciudad. Respiró hondo y enderezó la espalda al cruzar la plaza, con la vista puesta en el edificio de color verde claro.

            Abrió la puerta y caminó en línea recta con decisión. No soportaba mirar hacia las mesas situadas delante del escenario. Por alguna razón, se imaginaba a su padre sentado allí a última hora, rememorando historias del pasado con sus amigos.

            Sean Collins estaba limpiando una mesa y levantó la mirada, recibiéndolo con un cálido saludo y una sonrisa.

            —¿Quieres comer algo, Jer?

            Rechazó la oferta con un hilo de voz. Los ojos de Sean siempre se mostraban amables, aunque antes carecían de aquella sombra que los cruzaba durante una milésima de segundo.

            «A veces no queda más remedio que aceptar las miradas compasivas», se dijo.

            Se mordió el interior de la mejilla recriminándose esos pensamientos injustos. Sean había perdido a su amigo y su interés por Jer era sincero. Por desgracia, su propio dolor ocupaba demasiado espacio como para pensar en el de los demás.

            Se quedó en una esquina de la barra, donde Garrett esperaba a Albert Collins como cada mañana y el olor a café recién molido le inundó la nariz. Se imaginó a su padre con el mono gris de la fábrica, intentando una sonrisa antes de ir a trabajar. Parpadeó con fuerza y la voz de Garrett ayudó a alejar aquella ilusión.

            —¿Cómo va todo?

            —¡Bien, bien! —fingió un tono alegre.

            Garrett era un tipo sencillo y le caía bastante bien. No se complicaba la vida; le gustaba contar anécdotas y desbordaba simpatía la mayor parte del tiempo.

            Una cabeza rizada asomó por la puerta trasera y Sean sirvió un café con gesto mecánico. Nick masculló un saludo y extendió una mano para alcanzar la bebida mientras se frotaba la cara con la que tenía libre. Dio un buen trago antes de dejar la taza sobre la barra y se aplastó los mechones rubios conteniendo apenas un bostezo.

            —¿Trabajando hasta tarde? —preguntó Sean con tono socarrón.

            Los ojos verdes de Nick se convirtieron en dos ranuras y le dio un trago a su café sin contestar. La rutina diaria de los dos amigos siempre resultaba un tanto divertida.

            ¿Has decidido si vas a aceptar las prácticas? —preguntó Garret.

            La pregunta sobresaltó a Jer.

            —¿Otra vez con eso? —bufó Nick a su lado.

            Sintió el impulso de poner los ojos en blanco ya que no era la primera vez que los escuchaba intercambiar opiniones acerca del tema.

            —¿Qué hay de malo en aprovechar una buena oportunidad? —dijo Garrett—. La mayoría de los chicos tienen que conformarse con trabajar en la fábrica antes de poder actuar sobre un escenario y muchos siguen haciéndolo incluso después.

            —Trabajar para vivir es una cosa. Pero refugiarte bajo las alas de West es algo completamente distinto. ¿Conoces a alguien en la oficina de gobierno que se dedique a la música? La razón es fácil de entender: después de vender su alma ya no tienen nada que aportar.

            —¡Por dios, Nick! Siempre estás igual —protestó el otro—. Todavía es un crío. ¡El escenario no va a moverse del sitio!

            —Calma, vosotros dos —intervino Sean—, y dejad en paz a Jeremy. Ya tendrá tiempo de decidir lo que quiere hacer.

            Jer respiró aliviado cuando Nick se marchó para atender una mesa. Desde que había abandonado su sueño, no estaba muy seguro de lo que haría si se quedaba en la 97.

            «Tendría que encontrar un empleo como es debido».

            No es que le importara acarrear chatarra. Era un trabajo lo bastante duro como para caer sobre la cama como un tronco, lo que le venía bastante bien. El problema era que estaba mal pagado y preferiría no depender de Sean para no sentir aquel extraño agradecimiento mezclado con otros sentimientos que ni entendía.

            «Estaría bien que los demás no se sintieran con derecho a opinar sobre lo que debes o no debes hacer».

            —¿Sabes algo del papeleo?

            Casi se echó a reír cuando escuchó a Garrett ya que no se podía decir que el hombre tuviera mucho tacto. Sean le echó una mirada llena de intención, pero su amigo no se dio por enterado.

            —He oído que todo va con retraso desde que empezaron a revisar las peticiones de acogida —continuó como si nada—. Seguro que tiene algo que ver con lo ocurrido con Tom Rawlins. Por lo visto sigue desaparecido —se dirigió a Jer—. ¿Conoces a un chico llamado Doble V.? Es algo más joven que tú.

            Asintió sin dar explicaciones. Sean sabía que era uno de sus compañeros de habitación, pero no lo mencionó.

            Albert Collins llegó en ese momento y se sentó junto a Garret, agradeciendo el café que su hermano dejó frente a él. Los parecidos y diferencias entre ellos dos le llamaban la atención. Albert tenía el pelo de un rubio más oscuro que el de Sean y sus hombros eran más anchos. Además, se mostraba mucho más serio y reservado, y aunque sus ojos compartían el mismo azul intenso, en él resultaban más apagados.

            Garret dijo algo en voz baja y la amargura en la respuesta de Collins lo sorprendió. Rara vez se alteraba, razón por la que había sido elegido como portavoz del consejo de ciudadanos. Había oído decir que un hombre con otro temperamento no sería capaz de lidiar con las excusas del gobierno.

            —¿Qué otra cosa podemos hacer? —se lamentó en voz baja—. Seguimos enviando informes que nadie se toma la molestia de leer.

            «¡Menuda novedad! West no se preocupa por nadie. A estas alturas ya debería de estar acostumbrado».

            Jer no se consideraba un cotilla, y normalmente, no prestaría atención a una conversación ajena, pero se preguntó qué habría pasado para alterarlo de aquella manera.

            West gobernaba toda la zona oeste con una sola política: la desidia. La 95, a pesar del tiempo transcurrido, estaba lo bastante cerca como para ser un recordatorio amenazador. En la 97 no pasaría lo mismo. O al menos, no de la misma forma. Tanto Collins como Alan Walters tenían otros negocios fuera de la 97 y formaban parte del consorcio de la costa oeste. Sin embargo, sus beneficios se debían en gran parte a los contratos con el gobierno. Y el resto de la ciudad dependía demasiado de la fábrica como para salir adelante sin ella.

            «La oficina de gobierno sirve para mantener un cierto orden, después de todo, aunque no haga mucho más. Si de pronto desapareciera…». Sintió un estremecimiento al imaginarse a aquella gente orgullosa y alborotadora en semejante situación.

            —¿Crees que este supervisor de zona será diferente? —preguntó Garrett—. He oído que lo llaman «el martillo de West».

            —¡Eso es porque hace cumplir las normas como es debido! —replicó Albert—. Parece que todo el mundo está acostumbrado a hacer lo que le da la gana y solo se acuerda de las leyes cuando le conviene —suspiró antes de admitir un tanto renuente—. El hombre es estricto, lo admito; pero necesitamos un cambio. Esta ciudad lleva demasiado tiempo estancada y pronto se quedará obsoleta. Si no hacemos nada para solucionarlo, nos dejarán a un lado como si fuésemos basura.

            Garrett levantó las manos con gesto conciliador.

            —Lo entiendo, desde luego. El problema es que algunos no lo aceptarán sin oponer resistencia —Albert recuperó su habitual entereza y bajó la voz.

            —Jer —lo llamó Nick sobresaltándolo.

            Le hizo un gesto para que lo siguiera al patio y él lo siguió con aire culpable. Sin duda, no tendría que haber estado escuchando de aquella manera.

            —Greg Evans ha ido a verte, ¿no es cierto? —le espetó Nick.

            —Sí, hace unos días.

            —¿Te has enterado de que quiere investigar el vertedero?

            —Esto… Sí, lo mencionó. Por eso le dije que iría a verlo a su oficina la próxima vez —explicó—. Nadie en el pabellón quiere que lo relacionen con el abogado.

            El músico sonrió con aprobación. Podía mostrarse exasperante a veces, pero solían entenderse bastante bien.

            —¡Buen chico! No te interesa meterte con Walters, bastante malo es que trabajes para él.

            Los ojos verdes se clavaron en los suyos.

            —Es temporal y no pienso trabajar para West así que, ¿qué sugieres, que trabaje en la procesadora?

            Nick soltó un resoplido al escuchar semejante idea.

            —¡Y deberle un favor a ese pomposo de Collins! No puedo decir que sea una alternativa mejor —dijo lacónicamente.

            No sabía por qué no le gustaba Albert, pero no se molestaba demasiado en ocultarlo. Claro que delante de Sean se limitaba a echarle miradas ladeadas o a soltar algún comentario irónico.

            —¡Exacto! —dijo Jer intentando dar el tema por finalizado.

            Podía ver en sus ojos lo que pensaba Nick. «Pronto vivirás aquí. ¿Para qué necesitas trabajar? ¡Céntrate en tus estudios y algún día tocarás en el Skyway!».

            En realidad, no tenía que imaginárselo; era exactamente lo que le había dicho en una ocasión. Suspiró aliviado cuando Jane atravesó el puente con sus hijos y trató de bromear para aligerar el ambiente antes de que llegaran junto a ellos.

            —Deberías darle un respiro al pobre Garrett, seguro que acaba con dolor de cabeza cada vez que discutes con él —soltó una risita un tanto exagerada—. Te aseguro que no trabajaría para el gobierno ni aunque me ofrecieran una de esas casitas tan monas de la parte este.

            Nick sonrió y pareció entender que hablaba en serio; tampoco insistió acerca de Walters.

            —¡Jermy, Jermy! —gritó la pequeña Nicole.

            Su hermano Willy, de once años, caminaba con calma al lado de su madre. La niña echó a correr con los brazos abiertos, esperando que se agachara para cogerla. Se lanzó de golpe contra su pecho, riendo por el impacto.

            —Eh, Nicky —la saludó.

            Dejó que se colgara de su cuello con sus cortos bracitos y ella le dio un beso pegajoso en la mejilla.

            —Mamá dice que pronto vendrás a vivir con nosotros, Jermy —lo miró con los ojos azules muy abiertos antes de insistir—. ¿Vas a venir?

            La voz de Nick resonó a su lado.

            —Solo si te portas bien —le advirtió cruzando los brazos.

            Con seis años, Nicole ya sabía que aquello era solo una pose. No le tenía ningún miedo a su padrino y le dirigió un mohín antes de tenderle los brazos. Nick la levantó en el aire, haciendo que soltara un chillido. Resultaban un dúo curioso, él tan alto y ella tan menuda. Aunque había heredado los rizos oscuros de su madre, sus ojos eran idénticos a los de Sean. La curiosidad brillaba en ellos a menudo y resultaban tan llamativos como los de su padre.

            Un pájaro cantó desde el tejado, que era de un verde más oscuro que el resto del edificio. La terraza recorría la segunda planta hasta uno de los lados, donde las escaleras bajaban al patio. Su padre no había sido el único músico que se había alojado allí al atravesar un mal momento. Por su parte, Nick se había acomodado en una de las habitaciones en cuanto terminaron de reformar el edificio. Desde entonces se había dedicado al café como si también le perteneciera.

            La familia vivía al otro lado del canal, en lo que llamaban «la casita del huerto». Era un nombre engañoso ya que no tenía nada de pequeña. Los muros parecían de ladrillo y el tejado era de un verde algo más claro que el del Skyway.

            Las dos propiedades se comunicaban a través de un puente de piedra cubierto con un tejadillo de un tono grisáceo. Había sido bastante común que las propiedades más antiguas contaran con un puente privado cuando se construyó la ciudad, aunque ya no quedaban demasiados en pie.

            Willy se despidió ya que llegaba tarde a clase. Era un muchacho tranquilo y amable y a Jer le caía bien. Nicky, sin embargo, era la hermanita que le hubiese gustado tener; además, su cara era una de las pocas que lo miraban sin ningún tipo de reparo. Sonrió al ver cómo enroscaba un mechón oscuro de su cabello con un rizo rubio de Nick.

            —Venga, vete a torturar a tu padre un rato —refunfuñó al dejarla en el suelo.

            —Papá tiene el pelo muy corto —protestó—. Aunque siempre me deja que lo peine —añadió con alegría.

            La niña se machó trotando alegremente junto a su madre.

            —¿Ya tienes fecha para sacar el permiso? —preguntó Nick abriendo el cobertizo.

            —En un par de semanas.

            El hombre sacó la moto al exterior y se quedó allí plantado unos segundos.

            —Jer —su tono era serio—. Hay algo que quería decirte, acerca de tu padre.

            —¿Mi padre? —se sorprendió.

            «¿Es que le había dicho algo acerca de la moto?».

            —Rick sabía que no dejarías la música —aseguró Nick.

            Él se encogió al oírlo.

            —¿Te dijo eso? —frunció el ceño extrañado.

            —No exactamente —Nick meneó la cabeza—. No hacía falta, lo sabía de la misma forma que lo sabemos todos. Puede que quisiera pensar que tendrías un futuro mejor trabajando para West; pero en el fondo se daba cuenta de que se estaba engañando a sí mismo. Créeme, tu padre era consciente de la manera en que la música te atrapa.

            No quiso decepcionarlo diciéndole que ya daba igual y no creía que pudiese entenderlo. Para Nick no había nada más importante. No le preocupaba el dinero o la fama, sino tocar por el simple placer de hacerlo. Sus creaciones eran su forma de comunicarse, de trascender. No estaba muy seguro de que su padre entendiera la música de la misma manera. Podría respetarlo como músico, pero sin duda lo consideraría una mala influencia.

            «Demasiado idealista», diría.

            Nick regresó al Skyway y él se quedó pensando qué lo habría empujado a dejar su hogar. ¿Habría experimentado la misma sensación que sentía él cuando conducía desde el patio del Skyway hasta el camino del huerto? La puerta que daba a la calle no se cerraba con llave hasta el atardecer y la libertad que le ofrecía era demasiado tentadora. A menudo deseaba acelerar a fondo hasta dejar todo atrás.

            Pensó en Mark y Doble V. ¿Serían capaces de marcharse por su cuenta? Se le puso un nudo en el estómago al imaginarse al niño perdido en mitad de la carretera.

            «No se irá por ahora. Antes intentará encontrar a su madre».

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