Los edificios del centro, a pesar de
no superar las dos plantas, parecían querer atraparlo entre sus colores
agobiantes cuando atravesó un callejón estrecho entre dos viviendas. La de la
izquierda estaba pintada de color naranja, y la del otro lado, para no ser
menos; mostraba un tono lima reluciente.
«Es
cosa de tu imaginación, chaval».
Un
par de barcas atracaron en el islote del muelle. Como cada mañana, aquel pedazo
de tierra en mitad del agua se convertía en un hervidero de gente. La terraza
superior estaba casi desierta, sin embargo; los grandes arcos abiertos dejaban
a la vista la considerable afluencia de clientes que iban de un puesto a otro,
realizando sus compras en la planta baja.
Las
lanchas de los granjeros habrían llegado poco después del amanecer con los
productos que no destinaran a la procesadora, uno de los negocios más antiguos
que le pertenecía al hermano de Sean. Se decía que el primer Collins se había
instalado en la 97 antes incluso de que la fábrica de androides estuviera
operativa.
Las
granjas se distribuían a lo largo del río «sur» durante varios kilómetros. En
realidad, llegaba casi en línea recta desde el este, pero era algo más abajo
donde su curso se dividía en tres canales. El río «norte» bajaba desde la
montaña y atravesaba la presa. Después de rodear el centro de la ciudad, ambos
ríos seguían su camino hacia el mar como uno solo.
«¿Cuál
es su nombre real?».
Buscó
el viejo mapa de papel en el bolsillo interior de su chaqueta, y estaba a punto
de sacarlo, cuando escuchó una voz a su espalda.
—Mira,
es el hijo de Rick Warren —cuchicheó alguien.
Siguió
su camino sin girarse y apresuró el paso bajando la vista al suelo. Tendría que
haber seguido el canal exterior en lugar de atajar por el centro. Pensó cuando
sus pasos resonaron al cruzar el puente. Buscó una zona discreta junto al muro
y sacó el mapa, desdoblándolo solo en parte. Siguió con el dedo la línea del
río sur, buscando el nombre. Se inclinó al encontrarlo y achicó los ojos,
intentando descifrar el borrón en el que se habían convertido las letras. Soltó
un bufido de exasperación cuando no pudo leerlo.
«¿Qué
más da cómo se llame en realidad?».
No
tenía ninguna importancia. Las palabras norte o sur definían la vida de la 97
mucho más claramente que cualquier nombre oficial y su curiosidad no era más
que una excusa para distraer su mente. No le gustaba ir al Skyway, pero
necesitaba practicar con la moto. No solo para mejorar su conducción, sino para
que Nick no sospechara si finalmente decidía marcharse de la ciudad. Respiró
hondo y enderezó la espalda al cruzar la plaza, con la vista puesta en el
edificio de color verde claro.
Abrió
la puerta y caminó en línea recta con decisión. No soportaba mirar hacia las
mesas situadas delante del escenario. Por alguna razón, se imaginaba a su padre
sentado allí a última hora, rememorando historias del pasado con sus amigos.
Sean
Collins estaba limpiando una mesa y levantó la mirada, recibiéndolo con un
cálido saludo y una sonrisa.
—¿Quieres
comer algo, Jer?
Rechazó
la oferta con un hilo de voz. Los ojos de Sean siempre se mostraban amables,
aunque antes carecían de aquella sombra que los cruzaba durante una milésima de
segundo.
«A
veces no queda más remedio que aceptar las miradas compasivas», se dijo.
Se
mordió el interior de la mejilla recriminándose esos pensamientos injustos.
Sean había perdido a su amigo y su interés por Jer era sincero. Por desgracia,
su propio dolor ocupaba demasiado espacio como para pensar en el de los demás.
Se
quedó en una esquina de la barra, donde Garrett esperaba a Albert Collins como
cada mañana y el olor a café recién molido le inundó la nariz. Se imaginó a su
padre con el mono gris de la fábrica, intentando una sonrisa antes de ir a
trabajar. Parpadeó con fuerza y la voz de Garrett ayudó a alejar aquella
ilusión.
—¿Cómo
va todo?
—¡Bien,
bien! —fingió un tono alegre.
Garrett
era un tipo sencillo y le caía bastante bien. No se complicaba la vida; le
gustaba contar anécdotas y desbordaba simpatía la mayor parte del tiempo.
Una
cabeza rizada asomó por la puerta trasera y Sean sirvió un café con gesto
mecánico. Nick masculló un saludo y extendió una mano para alcanzar la bebida
mientras se frotaba la cara con la que tenía libre. Dio un buen trago antes de
dejar la taza sobre la barra y se aplastó los mechones rubios conteniendo
apenas un bostezo.
—¿Trabajando
hasta tarde? —preguntó Sean con tono socarrón.
Los
ojos verdes de Nick se convirtieron en dos ranuras y le dio un trago a su café
sin contestar. La rutina diaria de los dos amigos siempre resultaba un tanto
divertida.
—¿Has decidido si vas a aceptar las prácticas? —preguntó
Garret.
La
pregunta sobresaltó a Jer.
—¿Otra
vez con eso? —bufó Nick a su lado.
Sintió
el impulso de poner los ojos en blanco ya que no era la primera vez que los
escuchaba intercambiar opiniones acerca del tema.
—¿Qué
hay de malo en aprovechar una buena oportunidad? —dijo Garrett—. La mayoría de
los chicos tienen que conformarse con trabajar en la fábrica antes de poder
actuar sobre un escenario y muchos siguen haciéndolo incluso después.
—Trabajar
para vivir es una cosa. Pero refugiarte bajo las alas de West es algo
completamente distinto. ¿Conoces a alguien en la oficina de gobierno que se
dedique a la música? La razón es fácil de entender: después de vender su alma
ya no tienen nada que aportar.
—¡Por
dios, Nick! Siempre estás igual —protestó el otro—. Todavía es un crío. ¡El
escenario no va a moverse del sitio!
—Calma,
vosotros dos —intervino Sean—, y dejad en paz a Jeremy. Ya tendrá tiempo de
decidir lo que quiere hacer.
Jer respiró
aliviado cuando Nick se marchó para atender una mesa. Desde que había
abandonado su sueño, no estaba muy seguro de lo que haría si se quedaba en la
97.
«Tendría
que encontrar un empleo como es debido».
No es
que le importara acarrear chatarra. Era un trabajo lo bastante duro como para
caer sobre la cama como un tronco, lo que le venía bastante bien. El problema
era que estaba mal pagado y preferiría no depender de Sean para no sentir aquel
extraño agradecimiento mezclado con otros sentimientos que ni entendía.
«Estaría
bien que los demás no se sintieran con derecho a opinar sobre lo que debes o no
debes hacer».
—¿Sabes
algo del papeleo?
Casi
se echó a reír cuando escuchó a Garrett ya que no se podía decir que el hombre
tuviera mucho tacto. Sean le echó una mirada llena de intención, pero su amigo
no se dio por enterado.
—He
oído que todo va con retraso desde que empezaron a revisar las peticiones de
acogida —continuó como si nada—. Seguro que tiene algo que ver con lo ocurrido
con Tom Rawlins. Por lo visto sigue desaparecido —se dirigió a Jer—. ¿Conoces a
un chico llamado Doble V.? Es algo más joven que tú.
Asintió
sin dar explicaciones. Sean sabía que era uno de sus compañeros de habitación,
pero no lo mencionó.
Albert
Collins llegó en ese momento y se sentó junto a Garret, agradeciendo el café
que su hermano dejó frente a él. Los parecidos y diferencias entre ellos dos le
llamaban la atención. Albert tenía el pelo de un rubio más oscuro que el de
Sean y sus hombros eran más anchos. Además, se mostraba mucho más serio y
reservado, y aunque sus ojos compartían el mismo azul intenso, en él resultaban
más apagados.
Garret
dijo algo en voz baja y la amargura en la respuesta de Collins lo sorprendió.
Rara vez se alteraba, razón por la que había sido elegido como portavoz del
consejo de ciudadanos. Había oído decir que un hombre con otro temperamento no
sería capaz de lidiar con las excusas del gobierno.
—¿Qué
otra cosa podemos hacer? —se lamentó en voz baja—. Seguimos enviando informes
que nadie se toma la molestia de leer.
«¡Menuda
novedad! West no se preocupa por nadie. A estas alturas ya debería de estar
acostumbrado».
Jer
no se consideraba un cotilla, y normalmente, no prestaría atención a una
conversación ajena, pero se preguntó qué habría pasado para alterarlo de
aquella manera.
West
gobernaba toda la zona oeste con una sola política: la desidia. La 95, a pesar
del tiempo transcurrido, estaba lo bastante cerca como para ser un recordatorio
amenazador. En la 97 no pasaría lo mismo. O al menos, no de la misma forma.
Tanto Collins como Alan Walters tenían otros negocios fuera de la 97 y formaban
parte del consorcio de la costa oeste. Sin embargo, sus beneficios se debían en
gran parte a los contratos con el gobierno. Y el resto de la ciudad dependía
demasiado de la fábrica como para salir adelante sin ella.
«La
oficina de gobierno sirve para mantener un cierto orden, después de todo,
aunque no haga mucho más. Si de pronto desapareciera…». Sintió un
estremecimiento al imaginarse a aquella gente orgullosa y alborotadora en
semejante situación.
—¿Crees
que este supervisor de zona será diferente? —preguntó Garrett—. He oído que lo
llaman «el martillo de West».
—¡Eso
es porque hace cumplir las normas como es debido! —replicó Albert—. Parece que
todo el mundo está acostumbrado a hacer lo que le da la gana y solo se acuerda
de las leyes cuando le conviene —suspiró antes de admitir un tanto renuente—.
El hombre es estricto, lo admito; pero necesitamos un cambio. Esta ciudad lleva
demasiado tiempo estancada y pronto se quedará obsoleta. Si no hacemos nada
para solucionarlo, nos dejarán a un lado como si fuésemos basura.
Garrett
levantó las manos con gesto conciliador.
—Lo
entiendo, desde luego. El problema es que algunos no lo aceptarán sin oponer
resistencia —Albert recuperó su habitual entereza y bajó la voz.
—Jer
—lo llamó Nick sobresaltándolo.
Le
hizo un gesto para que lo siguiera al patio y él lo siguió con aire culpable. Sin
duda, no tendría que haber estado escuchando de aquella manera.
—Greg
Evans ha ido a verte, ¿no es cierto? —le espetó Nick.
—Sí,
hace unos días.
—¿Te
has enterado de que quiere investigar el vertedero?
—Esto…
Sí, lo mencionó. Por eso le dije que iría a verlo a su oficina la próxima vez
—explicó—. Nadie en el pabellón quiere que lo relacionen con el abogado.
El
músico sonrió con aprobación. Podía mostrarse exasperante a veces, pero solían
entenderse bastante bien.
—¡Buen
chico! No te interesa meterte con Walters, bastante malo es que trabajes para
él.
Los
ojos verdes se clavaron en los suyos.
—Es
temporal y no pienso trabajar para West así que, ¿qué sugieres, que trabaje en
la procesadora?
Nick
soltó un resoplido al escuchar semejante idea.
—¡Y
deberle un favor a ese pomposo de Collins! No puedo decir que sea una
alternativa mejor —dijo lacónicamente.
No
sabía por qué no le gustaba Albert, pero no se molestaba demasiado en
ocultarlo. Claro que delante de Sean se limitaba a echarle miradas ladeadas o a
soltar algún comentario irónico.
—¡Exacto!
—dijo Jer intentando dar el tema por finalizado.
Podía
ver en sus ojos lo que pensaba Nick. «Pronto vivirás aquí. ¿Para qué necesitas
trabajar? ¡Céntrate en tus estudios y algún día tocarás en el Skyway!».
En
realidad, no tenía que imaginárselo; era exactamente lo que le había dicho en
una ocasión. Suspiró aliviado cuando Jane atravesó el puente con sus hijos y
trató de bromear para aligerar el ambiente antes de que llegaran junto a ellos.
—Deberías
darle un respiro al pobre Garrett, seguro que acaba con dolor de cabeza cada
vez que discutes con él —soltó una risita un tanto exagerada—. Te aseguro que
no trabajaría para el gobierno ni aunque me ofrecieran una de esas casitas tan
monas de la parte este.
Nick
sonrió y pareció entender que hablaba en serio; tampoco insistió acerca de
Walters.
—¡Jermy,
Jermy! —gritó la pequeña Nicole.
Su
hermano Willy, de once años, caminaba con calma al lado de su madre. La niña
echó a correr con los brazos abiertos, esperando que se agachara para cogerla.
Se lanzó de golpe contra su pecho, riendo por el impacto.
—Eh,
Nicky —la saludó.
Dejó
que se colgara de su cuello con sus cortos bracitos y ella le dio un beso
pegajoso en la mejilla.
—Mamá
dice que pronto vendrás a vivir con nosotros, Jermy —lo miró con los ojos
azules muy abiertos antes de insistir—. ¿Vas a venir?
La
voz de Nick resonó a su lado.
—Solo
si te portas bien —le advirtió cruzando los brazos.
Con
seis años, Nicole ya sabía que aquello era solo una pose. No le tenía ningún
miedo a su padrino y le dirigió un mohín antes de tenderle los brazos. Nick la
levantó en el aire, haciendo que soltara un chillido. Resultaban un dúo
curioso, él tan alto y ella tan menuda. Aunque había heredado los rizos oscuros
de su madre, sus ojos eran idénticos a los de Sean. La curiosidad brillaba en
ellos a menudo y resultaban tan llamativos como los de su padre.
Un
pájaro cantó desde el tejado, que era de un verde más oscuro que el resto del
edificio. La terraza recorría la segunda planta hasta uno de los lados, donde
las escaleras bajaban al patio. Su padre no había sido el único músico que se
había alojado allí al atravesar un mal momento. Por su parte, Nick se había
acomodado en una de las habitaciones en cuanto terminaron de reformar el
edificio. Desde entonces se había dedicado al café como si también le
perteneciera.
La
familia vivía al otro lado del canal, en lo que llamaban «la casita del
huerto». Era un nombre engañoso ya que no tenía nada de pequeña. Los muros
parecían de ladrillo y el tejado era de un verde algo más claro que el del
Skyway.
Las
dos propiedades se comunicaban a través de un puente de piedra cubierto con un
tejadillo de un tono grisáceo. Había sido bastante común que las propiedades
más antiguas contaran con un puente privado cuando se construyó la ciudad,
aunque ya no quedaban demasiados en pie.
Willy
se despidió ya que llegaba tarde a clase. Era un muchacho tranquilo y amable y
a Jer le caía bien. Nicky, sin embargo, era la hermanita que le hubiese gustado
tener; además, su cara era una de las pocas que lo miraban sin ningún tipo de
reparo. Sonrió al ver cómo enroscaba un mechón oscuro de su cabello con un rizo
rubio de Nick.
—Venga,
vete a torturar a tu padre un rato —refunfuñó al dejarla en el suelo.
—Papá
tiene el pelo muy corto —protestó—. Aunque siempre me deja que lo peine —añadió
con alegría.
La
niña se machó trotando alegremente junto a su madre.
—¿Ya
tienes fecha para sacar el permiso? —preguntó Nick abriendo el cobertizo.
—En
un par de semanas.
El
hombre sacó la moto al exterior y se quedó allí plantado unos segundos.
—Jer
—su tono era serio—. Hay algo que quería decirte, acerca de tu padre.
—¿Mi
padre? —se sorprendió.
«¿Es
que le había dicho algo acerca de la moto?».
—Rick
sabía que no dejarías la música —aseguró Nick.
Él se
encogió al oírlo.
—¿Te
dijo eso? —frunció el ceño extrañado.
—No
exactamente —Nick meneó la cabeza—. No hacía falta, lo sabía de la misma forma
que lo sabemos todos. Puede que quisiera pensar que tendrías un futuro mejor
trabajando para West; pero en el fondo se daba cuenta de que se estaba
engañando a sí mismo. Créeme, tu padre era consciente de la manera en que la
música te atrapa.
No
quiso decepcionarlo diciéndole que ya daba igual y no creía que pudiese
entenderlo. Para Nick no había nada más importante. No le preocupaba el dinero
o la fama, sino tocar por el simple placer de hacerlo. Sus creaciones eran su
forma de comunicarse, de trascender. No estaba muy seguro de que su padre
entendiera la música de la misma manera. Podría respetarlo como músico, pero
sin duda lo consideraría una mala influencia.
«Demasiado
idealista», diría.
Nick
regresó al Skyway y él se quedó pensando qué lo habría empujado a dejar su
hogar. ¿Habría experimentado la misma sensación que sentía él cuando conducía
desde el patio del Skyway hasta el camino del huerto? La puerta que daba a la
calle no se cerraba con llave hasta el atardecer y la libertad que le ofrecía
era demasiado tentadora. A menudo deseaba acelerar a fondo hasta dejar todo
atrás.
Pensó
en Mark y Doble V. ¿Serían capaces de marcharse por su cuenta? Se le puso un
nudo en el estómago al imaginarse al niño perdido en mitad de la carretera.
«No
se irá por ahora. Antes intentará encontrar a su madre».

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