Jer respiró
hondo cuando llegó al muro del huerto y abrió la puerta lateral con suavidad.
Sean ya estaba preparando la brasa en la barbacoa y Nicole correteaba de un
lado a otro.
—¡Jermy!
—corrió hacia él en cuanto le vio.
—¡Hola,
Nicky! —se agachó para recibir un beso en la mejilla.
La
niña le tiró de la manga para mostrarle el fuego. Nick llevaba una camiseta con
un par de manchas y los rizos rubios flotaban sobre su cabeza como si acabara
de salir de la cama.
«Supongo
que Albert también vendrá», pensó con una sonrisa.
Nick
no solía prestar mucha atención a su aspecto, aunque normalmente no era tan
dejado. A veces parecía que solo intentaba molestar a Collins, que vestía
siempre de forma impecable.
—Ayúdame
con la mesa —pidió Nick.
Agarró
uno de los caballetes que se apilaban a un lado y lo colocó junto a uno de los
magnolios. Nick dejó otro a cierta distancia, de forma que sujetaran un pesado
tablero.
Garrett
ayudaba a Sean con la barbacoa. Su mujer, Natalie, no estaba lejos. Su hijo Lee
acababa de debutar con su grupo y hablaba animadamente acerca del tema,
interrumpido por algún que otro comentario de su padre.
—¡Ah,
si yo me lo hubiese tomado en serio! —el tono de Garrett denotaba algo de
pesar, aunque teñido de humor—. ¡Podría haber llegado a la cima! ¿Te he dicho
que una vez toqué con los Monster? ¡Qué tiempos aquellos!
Su
mujer lo miraba con los brazos cruzados intentando no reírse.
—No
puedo imaginar qué te detuvo —dijo con retintín.
Él
pareció pensarlo durante unos segundos.
—El
negocio de mi padre, sin duda —se rio—. No podía tirar mi herencia por tierra
así como así.
Natalie
le dio un golpecito juguetón en el brazo.
—¡Ay!
Pensándolo mejor, puede que fuese el amor —Ella soltó una risita contenida—.
Sí, definitivamente. ¡El amor me cambió la vida! Tu madre nunca se hubiese
casado con un músico —se dirigió a su hijo—, así que tuve que convertirme en un
hombre de provecho.
Lee
puso los ojos en blanco, como si hubiese oído aquello más de una vez. Garrett
soltó una carcajada y se acercó para besar a su esposa.
—Siempre
puedes ir de gira con Lee —lo provocó ella—. No te echaría de menos durante un
tiempo.
El
hombre soltó un sonido de indignación y pareció a punto de contestar, pero lo
interrumpió la llegada de Albert Collins. Era casi tan alto como Nick, pero de
complexión más fuerte. Mantenía un aspecto elegante, incluso cuando vestía de
manera informal.
Nick
le echó una mirada de arriba a abajo; como si presumiera de su imagen de
decadencia. El pelo alborotado ayudaba a completar aquella imagen, pero a
Nicole no parecía importarle en absoluto. Le tendió los brazos a su padrino
para que la colocara sobre los hombros, apoyó la cabeza sobre los rizos rubios
y miró a todo el mundo desde su puesto de observación.
Rebeca
Collins también poseía aquellos llamativos ojos azules, que brillaron
divertidos cuando se acercó a Jer. Nick parecía fascinarla, a pesar de que
siempre intentaba provocar a su padre de alguna manera. O quizás le interesaba
por esa misma razón. Había sido ella la que le había hecho fijarse en la
actitud del músico y a menudo tenía que aguantar la risa cuando le señalaba
aquellos detalles silenciosos.
Su
madre, Catherine, poseía una belleza serena que la hacía parecer fuera de lugar
cuando se quedaba inmóvil, como si fuera la representación de un cuadro
antiguo. Sin embargo, se ofreció enseguida a ayudar a Jane, lo que le confirió
un aspecto más real.
—Pobre
Nick —Rebeca se rio por lo bajo—. Debería darse por vencido, papá nunca caerá
en su trampa.
—¿Por
qué crees que lo hace?
—Oh,
es su forma de desafiar a la autoridad, las convenciones y todo eso —aseguró—.
¿Te das cuenta de que busca hacer explotar a los demás? Sin embargo, él se
mantiene calmado mientras espera el mejor momento para soltar algún comentario
agudo.
A él
no le parecía que Nick fuese siempre tan calmado, pero resultaba divertido
observarlo.
—Aunque
no naciese aquí, es todo un rebelde de la 97 —declaró ella.
Le
había explicado cómo había surgido aquel apodo hacía unos cien años, cuando los
habitantes de la ciudad protagonizaron diversas protestas contra la fábrica.
A
Rebeca le encantaba hablar de la ciudad y conocía un montón de anécdotas. Una
luz de emoción iluminaba sus ojos cada vez que rememoraba algún momento del
pasado. Le había explicado cómo uno de sus propios antepasados; Tom Collins,
consiguió que los granjeros se unieran para negociar con el gobierno un precio
más justo por sus productos.
—Lo
es, desde luego. Todo un rebelde —Jer dejó escapar un sonido divertido—. Aunque
parece que para serlo solo hace falta saltar la iglesia.
—¿Alguien
va a saltar la iglesia? —preguntó Willy con interés.
«Espero
que no», pensó Jer y se arrepintió al instante de haberlo mencionado.
—No,
no —aclaró Rebeca—. Hablábamos de cuando tu padre y Nick lo hicieron.
El
niño miró a Sean con los ojos muy abiertos, esperando a que contara aquella
aventura. Él le pasó la pinza a Garret para que siguiera volteando la carne y
empezó a relatar cómo habían subido hasta el acceso de mantenimiento de la
presa. Parecía estar contando una historia de miedo y gesticulaba como si
estuviera hablando de un campo de minas y no de un simple camino empinado.
—El
viento soplaba con fuerza y estábamos muertos de frío —se frotó los brazos con
las manos.
—Suele
pasar en diciembre —acotó Nick—. No podías haber elegido una fecha mejor.
Llevaba
a Nicole en brazos, que se apoyaba con cara de sueño sobre su hombro. La niña pareció
despertar de repente y observó a su padre con interés. Sean miró a su amigo con
ojos brillantes de risa y siguió como si nada.
—Era
Nochebuena —explicó—. Nadie se había propuesto realizar el salto por la noche y
mucho menos con un montón de gente rezando dentro de la iglesia o paseando por
los alrededores del lago. Llevábamos unas cintas fluorescentes y nos las
pusimos antes de atravesar la alambrada. Alguien exclamó: «¡Mirad! ¡Allí
arriba!». Todo el mundo levantó la vista y soltaron exclamaciones de asombro
mientras recorríamos la pasarela hasta llegar al centro —hizo una pausa
dramática haciendo que contuvieran el aliento—. Entonces, armándonos de valor,
lanzamos un grito desafiante antes de saltar al vacío.
Levantó
la mano para ilustrar la situación y dejó escapar un sonido al realizar un
movimiento descendente.
—¡Splash!
¡Uno fuera! —levantó la voz, sobresaltándolos—. Uno tras otro, caímos al
depósito de agua, que estaba helada. Brrr… —se estremeció con un gesto aún más
exagerado—. La oscuridad nos engulló al atravesar el muro, pero nos dejamos
llevar por la corriente y llegamos al interior a toda velocidad. La gente se
sobresaltaba a nuestro paso por el interior del edificio. «¡Ah, vienen los
rebeldes, vienen los rebeldes!».
Movió
las manos como si fueran dos pinzas y realizó un movimiento hacia Willy, que se
escabulló riendo. Repitió la escena con Nicole y la niña soltó una serie de
gritos, revolviéndose en los brazos de Nick hasta que la puso fuera del alcance
de su padre.
—Y en
cuanto salisteis por la fachada y caísteis al lago, los agentes de West os
estaban esperando —dijo Jane—. Que no se te olvide esa parte.
Nick
le dirigió una mirada torcida a Willy.
—«No
serás un rebelde de verdad si no te pillan». Así me convenció tu padre.
—¡Y
era cierto! —respondió Sean sin mostrar arrepentimiento—. Te convertiste en
parte de la ciudad por méritos propios, ¿o no?
—Ya,
ya —replicó Nick—. Jane tiene razón. Cada vez que cuentas esa historia siempre
omites la parte final y sus consecuencias. Como por ejemplo, que ella dejó de
hablarte durante un mes.
—¡Podría
haberse roto la cabeza! —exclamó Jane.
—¡No
es para tanto! —protestó Sean—. Caes en el depósito y te dejas llevar hasta uno
de los conductos. Ahí es donde te deslizas más rápido, como en los toboganes de
la presa. ¡Hasta los niños se tiran por ellos!
—Los
niños no caen los unos sobre otros —resopló Jane.
—Ahí
tengo que darte la razón —Nick se frotó el hombro.
—Eso
fue culpa de Walters —se defendió Sean—. El idiota se metió justo detrás ti.
¡No es culpa mía que te cayera encima!
—¡Walters!
—se sorprendió Jer—. ¿Alan Walters saltó con vosotros?
—El
salto pertenece a toda la ciudad —respondió Sean más calmado—. Cualquiera que
se atreva a desafiar a West es bienvenido, sin importar dónde viva.
—A no
ser que sea del este —apostilló Garret, colocando las costillas sobre una
bandeja.
Había
escuchado el relato en silencio y le dirigió una amplia sonrisa a Albert
Collins.
—Algunos
lo intentan —dijo su amigo.
Rebeca
le pidió a su padre que contara aquella anécdota, pero él se negó diciendo que
no era para tanto.
—¡Cuéntalo
tú, Garret! —insistió.
Él
accedió, con las mejillas coloradas por el calor y los ojos chispeantes.
—Esto
ocurrió unos años antes de la historia de Sean. Un día estábamos tan tranquilos
en el parque cuando un par de estudiantes se acercaron a preguntarnos cuándo
pensábamos saltar —soltó una risita—. Lo gracioso es que no se nos había
ocurrido hacerlo hasta que llegaron con aire de chulería, diciendo que ellos
también eran rebeldes. Muchos queríamos echarlos a patadas. ¡Y con razón! Sus
padres acababan de ser transferidos a la ciudad —resopló indignado—. ¡Ni
siquiera sabían volver a su casa sin pedir indicaciones!
Collins
asintió de buen humor.
—Albert
nos echó una mirada de advertencia para que no dijéramos nada y les sugirió
hacerlo ese mismo domingo, como forma de darles la bienvenida. Los pobres se
marcharon entusiasmados —miró a su amigo conteniendo la risa—. ¡Y nos
convenciste para saltar esa misma tarde!
Garret
dejó escapar una carcajada y los demás lo imitaron.
—Hay
lecciones que deben aprenderse cuanto antes —dijo Albert.
Habló
con tono serio, pero se notaba que se estaba conteniendo. Garrett empezó a
poner caras graciosas, imaginándose la reacción de aquellos chicos y todos
rieron con ganas. Jer se contagió del buen humor general, olvidándose de Ryan,
del reto y de la madre de Mark. No fue hasta más tarde que se le ocurrió pensar
que aquel tonto orgullo no tenía ninguna lógica. Solo era una forma de sentirse
superior durante un momento, lo que no cambiaba absolutamente nada. Creerse
mejores por algo tan infantil no tenía sentido. Los del este siempre estarían
por encima y no había forma de ganarles.
«A no
ser que seas Albert Collins».
La
llegada de un grupo nuevo lo distrajo de esos pensamientos y se sorprendió al
reconocer a la familia de Jon. Sus padres saludaron efusivamente a los
anfitriones y no tardaron en formar parte de la conversación, al menos Jason.
Su mujer se limitaba a escuchar con una sonrisa. Jon debía de haber heredado su
carácter, ya que se quedó al lado de Lee mientras este hablaba con entusiasmo
de las novedades musicales del momento.
—Estábamos recordando el salto de la iglesia
—Garret se dirigió a Jason con la intención evidente de compartir más
anécdotas—. ¿Tú llegaste a saltar?
—¡Por
supuesto! —exclamó el hombre—. Acababa de llegar a la ciudad cuando estos dos
liantes me convencieron para hacerlo —señaló a Sean y a Nick.
—¿Y
no ves lo bien que te fue? —Sean se rio con ganas.
—Si
te refieres a que mi suegro casi me echó de su casa cuando nos conocimos…
—¡Venga,
no fue para tanto! —protestó su amigo.
Los
dos se echaron a reír, dejando claro que las consecuencias de la aventura no
habían sido permanentes.
—¿Cómo
fue? —preguntó Jon acercándose con curiosidad—. Mamá nunca te deja contarme esa
historia.
Su
madre le echó una mirada de preocupación y Jason titubeó sin decidirse a
hablar. A Jer le sorprendió que el chico se interesara por la aventura, le
había parecido demasiado tranquilo como para formar parte de algo así, pero
quizás se había precipitado al juzgarlo. Después de todo, había nacido en la 97
y había mamado las leyendas de los rebeldes como cualquiera.
—Es
como tirarte por los toboganes de la presa… —empezó Sean de nuevo.
Jer
desconectó de la conversación, que no tardó en verse interrumpida por el
anuncio de Jane de que la comida estaba servida. Jer se acercó a Jon antes de
que este se sentara.
—Oye,
Jon —le dijo en voz baja—. Te escuché en el funeral de mi padre. Tienes una voz
increíble, no me extraña que Ryan Walters intentara ficharte.
El
chico pareció un tanto incómodo por la atención, pero se mostró amable ante la
mención del funeral.
—Gracias,
pero no tiene mérito —aceptó el cumplido con timidez—. Resulta fácil cuando Jay
me acompaña. Me gusta formar parte del coro, pero; por lo general, prefiero
cantar solo. Me siento incómodo si no me identifico con las canciones.
—Lo
entiendo perfectamente —asintió Jer pensando en el Sector 6—. Es mejor ser un
rebelde que un títere con un buen contrato.
El
chico le dedicó una sonrisa genuina.
—Desde
luego.
Jer
se sentó entre Nicole y Rebeca para no imponerle más su presencia. Se sintió
culpable por haber manipulado la conversación de aquella manera, pero se dijo
que lo había hecho por una buena razón. No podía desaprovechar un posible
aliado del norte, y además, el chico le caía bien.

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