Un
camión atravesó la verja trasera del vertedero y Doble V. se puso en movimiento
enseguida. El remolque venía cargado de restos robóticos de todo tipo y Mark se
le unió enseguida.
«Al
menos se mantienen a una distancia prudencial mientras descarga», se dijo Jer
con resignación.
—¡Vamos,
Jer!
La
rueda se le atascó en un bache y empujó con fuerza, pero después de unos
minutos, consiguió llegar junto a ellos. Los más pequeños se mantendrían
alejados de aquella zona hasta que estuviera despejada, ya que, al no estar
acostumbrados a ver robots, salían despavoridos en cuanto un brazo o una pierna
de metal asomaban entre los restos.
Mark
dio un salto a la vez que soltaba un grito.
—¡Aaah!
Jer lo
miró asustado y corrió hacia él. El chico movía los brazos como si quisiera
alejar un insecto, dio varios pasos hacia atrás y trastabilló hasta caer de
culo. Una pequeña silueta plateada saltó por encima de su hombro y Jer dio un
salto cuando aquella cosa pasó a su lado, desapareciendo entre una pila de
chapas que reflejaban la luz del sol.
—¿Qué
era eso? —preguntó alarmado.
Mark
abrió la boca, pero no fue capaz de emitir ningún sonido, tenía los ojos
abiertos de par en par con una expresión de asombro. Doble V. se agachó junto a
él, y después de asegurarse de que el niño estaba bien, se acercó a
inspeccionar el lugar por donde había desaparecido lo que quiera que fuese
aquello.
—O
acabó aquí por error o alguien se olvidó de desconectarlo.
—Mark
—insistió Jer, aunque el chico ya se había puesto de pie—. ¿Te ha hecho daño?
Él negó
con la cabeza y siguió a Doble V. Los ojos verdes relucían de expectación
mientras inspeccionaba los recovecos más cercanos por donde hubiese podido
escapar aquella cosa.
—Deberíamos
llamar al encargado —sugirió Jer.
Los
otros ni siquiera lo escucharon.
—¡Podría
ser una mascota! —Mark señaló unas marcas en la tierra seca.
Las
huellas desaparecían bajo un montón de chatarra.
—O
podría ser una rata de alcantarilla —dijo él con asco—. Las usan para limpiar
las cañerías y demás.
El
niño lo miró con los ojos muy abiertos, aunque no dudó de su palabra. Sabía que
en el Sector 6 había máquinas que se ocupaban de todo tipo de tareas. Jer nunca
había visto una de esas ratas, pero había oído hablar de ellas.
—Avisaré
a Jenkins —dijo Doble V. con decepción.
Jer respiró
aliviado, regresando a por la carretilla, aunque le echó una mirada de
aprensión a la pila de deshechos.
—¿Crees
que puede haber más? —preguntó Mark.
—Es
mejor no arriesgarnos —decidió—. Nos quedaremos a cierta distancia, por si
acaso.
Señaló
una zona un poco más lejos y se dirigió hacia allí. Echó un vistazo atrás al
ver que Mark se rezagaba y se detuvo a esperarlo. El niño toqueteó su pulsera,
ampliando la pantalla y observándola con el ceño fruncido.
—Creí
que la rata o lo que fuera había estropeado el identificador cuando me trepó
por el brazo —sonrió encogiéndose de hombros.
—Si
te da problemas, pediremos que te revisen la pulsera a la vuelta.
Jer soltó
la botella de agua de su gancho, pero apenas quedaban un par de tragos. El niño
tendió la mano para que se la diera y lo observó alejarse con una sonrisa. Se
puso a cargar unas barras de hierro y las colocó de forma que no resbalaran.
Doble
V. llegó poco después con el señor Jenkins y lo siguió mientras este revisaba
los restos metálicos, buscando algún indicio de actividad en su pantalla. Pudo
ver la expresión ceñuda del hombre cuando el chico le mostró las huellas.
—¡Vía
libre! —exclamó su amigo poco después.
Al
contrario que él, no sentía demasiado interés por los robots, y además, tenía
que ir a descargar. Se sorprendió cuando apareció a su lado, casi trotando,
cuando apenas llevaba media carga.
—He
decidido hacer de amortiguador —declaró Doble V. con tono alegre—. Entre tú y
Ryan, quiero decir.
—¿Por
qué? —se asombró.
—Tengo
mis motivos —soltó una risita—. Uno de ellos es que, por alguna razón que no
puedo entender, últimamente te empeñas en enfadarte conmigo cada dos por tres.
Jer soltó
un bufido.
—Eso
debe de ser una novedad —dijo con sorna.
—En
realidad, sí que lo es —lo miró con curiosidad—. Parece que me consideras un
cabeza hueca y eso me ofende un poco.
—Ajá.
Pocas
cosas parecían afectarle de verdad, aunque era cierto que se llevaba bien con
todo el mundo.
—Intenta
no abrir el pico y yo me ocuparé de hablar, ¿vale?
—No
necesito niñera, gracias. Y puedo descargar más rápido que tú.
—Sí,
claro —Doble V. resopló divertido—. Como si ese fuera el problema.
Jer le
llevaba más de una cabeza y era más fuerte que él, pero solo se lo recordó
porque sabía que le molestaba.
—Eh,
Superstar, ¿qué traes ahí?
El
apodo no le molestaba demasiado por sí solo, lo que no soportaba era el tono de
burla que siempre lo acompañaba.
—Hierro
—respondió con su mejor tono de indiferencia.
—¡El
hierro nunca falla! —canturreó Doble V.
—Eso
es verdad —se rio Ryan.
Jer se
encaminó hacia los contenedores de metal, deteniéndose en la báscula para que
Ryan anotara el peso. Tenía que descontar la carretilla y ahí era donde siempre
manipulaba las cuentas. No quiso ni mirar la pantalla. Ya llegaría el momento
de enfrentarse a Ryan. mientras tanto, era mejor ignorarlo.
Empujó
la carga para subir la rampa y la dejó caer por el borde cuando llegó arriba.
El ruido pareció resonar en sus oídos y se giró al salir del almacén. Contuvo
una sonrisa al ver que Doble V. aún estaba llegando a la parte superior de la
rampa de al lado.
Regresó
junto a Mark, que había separado algunas piezas en distintos montones. Doble V.
no tardó en llegar a la carrera, dirigiéndole una mueca burlona mientras se
quitaba los guantes de un tirón, guardándolos en el bolsillo a la vez que
sacaba un pequeño destornillador. Asintió con gesto satisfecho al ver la
selección de piezas y soltó un sonido de anticipación. Les indicó varios
componentes que valía la pena desmontar y se pusieron manos a la obra. Algunos
de los chicos menos aprensivos se acercaron y empezaron a trabajar a su lado,
preguntándole a su «experto» qué partes debían salvar para sacar algo más de
ganancia.
Trabajaron
durante un buen rato sin descanso y tuvieron que recordarle a Doble V. que
llegarían tarde al comedor. La mención de la comida hizo que por fin se
guardara el destornillador en el bolsillo.
—Espero
que hoy tengan albóndigas —dejó escapar un sonido de anticipación.
Jer
no pudo disfrutar de la comida desde que vio cómo Vicky se había acercado a
hablar con Jacky. Resultaba obvio que se estaba cansando de intentar ganársela.
«No
tardará en recuperar la actitud hostil», se dijo.
Soltó
un gruñido al ver que tenían natillas de chocolate en el menú y sus temores se
confirmaron cuando las abusonas señalaron al grupo de Jacky. Una tras otra, las
demás chicas empujaron los cuencos sin decir nada, pero ella se resistió.
—¡No!
—exclamó en voz alta.
La
chica se había girado, lo que le permitió ver su expresión desafiante cuando se
metió una cucharada en la boca. Todos los cubiertos parecieron detenerse a la
vez, creando un silencio inquietante.
—¡Eh!
—gritó Vicky.
Jacky
se levantó arrastrando la silla y Jer la imitó sin pensar. Se lamentó de no
haber reaccionado más rápido, ya que no podría llegar antes que Vicky.
Jacky
sujetó el bol con las dos manos, y en cuanto la chica se acercó, le lanzó el
contenido a la cara.
«¡Madre
mía, la que se va a armar!».
El
ataque la había cogido por sorpresa y se pasó las manos por los ojos,
incrédula, salpicando el suelo de chocolate. Se limpió las palmas en la
camiseta con un gesto de disgusto y levantó la mano para darle una bofetada a
Jacky. Ella fue más rápida y le lanzó el recipiente a la cabeza. Vicky soltó un
grito cuando le acertó en la sien y el cuenco se rompió con estrépito al caer
al suelo.
Jacky
se apartó y Jer corrió a colocarse junto a ella apretando los dientes. Vicky no
pareció verlo o quizás no le importó. Se lanzó hacia delante, embistiendo con
furia. Él se adelantó para frenar su avance de un empujón.
Lo
miró con incredulidad, levantando la mano para golpearlo ciegamente. No le
costó parar el golpe y consiguió atrapó su muñeca, sujetándola con fuerza.
Vicky soltaba veneno por los ojos mientras tironeaba del brazo y él la dejó ir
con una mirada de desagrado.
Los
encargados del comedor llegaron a toda prisa preguntando qué había ocurrido. La
sangre de Jer latía en sus oídos con golpes sordos, haciendo que las voces
parecieran lejanas.
—No
vuelvas a acercarte a ella —le advirtió a Vicky.
Lo
dijo con un tono tan frío que casi no reconoció su propia voz. Vicky le lanzó
una mirada desafiante y él abrió los ojos con incredulidad. Estuvo a punto de
cargar contra ella, pero uno de los encargados le colocó una mano en el pecho,
deteniéndolo. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había movido.
Se
llevaron a la chica a la enfermería y a ellos dos los enviaron a ver al
director. Caminaron uno al lado del otro, cabizbajos. Una vez que el calor del
momento se había enfriado, las consecuencias de sus actos no parecían muy
favorecedoras.
Jer se
sentó en un banco del pasillo con el corazón todavía acelerado y Jacky se
deslizó a su lado, haciendo que recordara aquel momento que habían compartido en
el hospital.
—Gracias
—susurró ella mordiéndose los labios con preocupación.
Él le
echó un vistazo a su cara, colorada como nunca la había visto. Buscó algo que
decir durante unos segundos, sintiéndose estúpido.
«¡Di
algo, lo que sea! —gimió interiormente—. A Doble V. ya se le habrían ocurrido
una docena de comentarios». Se aferró a lo primero que le vino a la mente y se
obligó a sonreír con desparpajo antes guiñarle un ojo.
—Tuvo
suerte. Si llega a ser sorbete de limón, le hubiese escocido en los ojos.
«Eso
ha sido patético, tío». Le pareció escuchar la voz de Doble V. en su cabeza.
Jacky
soltó un bufido por lo bajo y sus labios temblaron de diversión antes de
girarse hacia él.
—¡Es
una pena que Danny no estuviera aquí para sacarle una foto! —susurró ella con
un brillo pícaro en los ojos.
—Hubiese
preferido que te la sacase a ti —Jer soltó una risita nerviosa—. ¡Parecías una
amazona como las de las películas!
Ella
bajó la vista, azorada, aunque tuvo la impresión de que el cumplido le gustaba.
Era cierto que le había parecido formidable, erguida como una guerrera y con
los ojos negros ardiendo de furia. Ella se soltó la coleta y se pasó las manos
por el pelo.
—Es
una pena que no existan superhéroes de verdad —se lamentó la chica—. Alguien
debería proteger a los demás de las injusticias. Cuando uno se defiende, no
solo tiene que arriesgarse a llevar las de perder; incluso cuando vence debe
afrontar un castigo.
Suspiró
con pesar, inclinando la cabeza hacia delante de forma que su pelo negro
ocultara su rostro. Jer esperó lo que le pareció una eternidad antes de colocar
su mano sobre la de ella. Temió que se apartara cuando dio un respigo, pero
pareció relajarse enseguida.
«Es
un detalle estúpido. Seguro que ni se acuerda». Se quedaron en silencio hasta
que se abrió la puerta.
—Yo iré primero —dijo él.
No
había pensado que volvería a hablar con el director tan pronto y menos aún en
aquellas circunstancias. Esperaba hacerle entender la situación antes de que
sacara conclusiones equivocadas.
Al
principio usó un tono tranquilo para explicarle lo ocurrido, pero poco a poco,
su voz empezó a cambiar al contarle que aquellas chicas llevaban tiempo
abusando de las pequeñas sin que nadie hiciera nada. Le lanzó una mirada
acusadora y el hombre se lo quedó mirando con sorpresa.
—Jacky
solo se estaba defendiendo —le aseguró.
El
director lo interrumpió en ese punto.
—La
violencia no es una respuesta aceptable, Jeremy —replicó—. Los encargados deben
ocuparse de esos temas, ¿por qué nadie los avisó de lo que estaba ocurriendo?
Jer respiró
hondo antes de hablar.
—¿Cuántos
años lleva usted aquí? Estoy seguro de que conoce de sobra a la gente de la 97.
Presumen de ser leales incluso en las circunstancias más adversas y no dudan en
crucificar a cualquiera que se va de la lengua. ¿Qué cree que pasará cuando se
enteren de lo que acabo de contarle? —empezó a canturrear—: «Run, traitor,
run».

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