Por
suerte, el director Winslow había solucionado el problema de las abusonas sin
dejar a Jer en evidencia. No sabía cómo lo había logrado, pero se comentaba que
se habían acusado las unas a las otras.
«La
lealtad se pone a prueba cuando está en juego tu propio pellejo», se dijo.
A
raíz de aquello, el papeleo para que Jay se hiciera cargo de su hermana se
resolvió rápidamente y todo pareció regresar a la normalidad como si no hubiese
ocurrido nada.
«Incluso
la ropa de Doble V. en el suelo».
—¡Chaval,
que no soy tu madre! —exclamó Jer.
Doble
V. le echó un vistazo por encima del hombro cuando recogió el pantalón que
había junto a su cama y que tenía un montón de manchas. Sacó los
destornilladores de los bolsillos, dejándolos sobre el escritorio y echó la
prenda al cesto que había en una esquina.
—Iba
a ponérmelo mañana —dijo su amigo sin mucho interés.
—Está
sucio.
—¿Y
qué? Volverá a mancharse.
Meneó
la cabeza, decidiendo que no valía la pena contestarle.
—El
mecánico solía poner la lavadora sin detergente —se rio—. Decía que el jabón
solo sirve para dar olor.
Volvió
a prestar atención a su pantalla y él se quedó mirando su espalda. Doble V. era
muy joven cuando el hombre lo acogió. Le había enseñado muchas cosas útiles,
desde cambiar una rueda a desmontar un motor; pero no parecía un buen ejemplo a
seguir en ciertas cuestiones.
—Sabiendo
eso, no quiero ni imaginar qué otras estupideces se le podrían ocurrir.
Le
pareció que el chico torcía la comisura de los labios con una sonrisa. Mark
entró por la puerta en ese momento. Traía una expresión decidida y sus ojos
brillaban de orgullo. Metió la mano en el bolsillo y la extendió mostrando un
puñado de billetes.
—Acabo
de venderle el skate a Ben —explicó cuando lo miraron extrañados—. Quería que
se lo diera por anticipado a cambio de la información, pero me negué. Le
devolveré el dinero si descubre dónde está mi madre. Si no lo consigue, tendré
que buscar otra manera… —intentó esbozar una sonrisa—. Pero al menos podré
comprar provisiones para el viaje.
Doble
V. empezó a decirle que no tenía que haberlo hecho y el niño lo interrumpió con
un gesto.
—Me
pasé casi un año haciendo recados para conseguir la tabla —su mirada se
oscureció—. Si hubiera sabido lo de las deudas… Sé que no sería suficiente,
pero quizás podría haberla ayudado de otra forma —dijo con pesar.
Jer
soltó un gemido interior y no sintió fuerzas para discutir con él. Doble V.
tenía razón, si uno de sus padres estuviera vivo en alguna parte, no dejaría
que nadie lo convenciese de quedarse quieto sin hacer nada. ¿Cómo habría
conseguido que Ben aceptara el trato? Lo miró con una mezcla de preocupación y
curiosidad ya que nunca hubiese imaginado que fuera capaz de algo así.
—¿Ya
tienes un plan? —preguntó Mark sentándose a su lado.
Doble
V. se mordió los labios.
—Estoy
en ello —le echó una mirada especulativa a Jer.
—Oh,
pensaba que ya os habríais puesto de acuerdo.
¿Qué
demonios le habría dicho para que pensara algo así?
—Los
tracers no tardarán en pasar por la ciudad —dijo Doble V. con un mohín—.
Hablaré con Luke. No quiero meter a los nómadas en problemas, pero quizás tenga
que pedirle a mi abuela que nos consiga un vehículo, después de todo.
Jer tragó
saliva al oírlo. Sabía lo que quería, pero no estaba dispuesto a hacerse
responsable de dos críos.
—Iré
contigo —declaró Mark.
Jer
lo miró con desaprobación. El niño estaba dispuesto a seguirlo a ciegas y tenía
que saber dónde se metía. Le explicó que si los cogían con unas identidades
falsas West los pondría en una lista negra y que las consecuencias afectarían a
sus vidas para siempre.
—A
Doble V. jamás le permitirán seguir con sus estudios de robótica si lo pillan
trampeando el sistema.
El
aludido puso los ojos en blanco y resopló. Mark asintió un tanto distraído, más
interesado en los motoristas que en posibles repercusiones futuras. Jer suspiró
abatido, viendo que nada de lo que pudiera decir cambiaría los planes de
aquellos dos.
«Un
cabezota que no mira más allá de su objetivo y un inconsciente que no ve
razones para hacerlo. ¡Menuda combinación!».
—A
veces compiten para conseguir la moto del contrario —explicó Doble V. con ojos
brillantes—. Dos corredores, el ganador se lleva las motos.
No
prestó mucha atención a la conversación, pero notó el entusiasmo en la voz de
Mark y se sintió mareado.
«Va a
irse —gimió interiormente—, y no puedo impedírselo».
Contuvo
una mueca al pensar en la moto de Nick. Podrían marcharse todos juntos. No
sería muy cómodo, pero era posible. Se levantó para salir a que le diera el
aire. No sabía si quería sacarse la idea de la cabeza o hacer que funcionara.
De todas formas, se sentía demasiado alterado como para quedarse quieto.
—Jer
—lo llamó Doble V.
Se
giró antes de llegar a la puerta.
—Será
mejor que te decidas pronto.
Caminó
sin rumbo durante un buen rato y casi se olvidó de que tenía una cita con el
abogado, por lo que se apresuró hacia el Skyway para reunirse con Sean. La
oficina de Greg Evans no estaba lejos, y para su alivio, el abogado los recibió
enseguida. Estaba deseando terminar con aquello.
Intentó
prestar atención, aunque le costó bastante esfuerzo. Cuando el hombre terminó
de hablar, Sean le preguntó si había algo que no entendiese y se sintió como un
crío que se hubiese perdido. No porque no comprendiese todo aquello, sino
porque no sabía qué decisión tomar.
—¿Tú qué opinas? —preguntó para ganar tiempo.
Sean
parpadeó, mirando al abogado. Cuando se giró de nuevo hacia él, sus ojos se
habían convertido en dos lagos tormentosos.
—Tu
padre pensaría en tu futuro y querría que aceptaras la indemnización.
Su
voz calmada contradecía sus sentimientos, que eran bastante obvios. Jer
compartía el mismo deseo de justicia, y si eso no era posible, se conformaría
con algo parecido a la venganza. Si aceptaba el dinero, significaría que nadie
asumiría la responsabilidad por la muerte de padre. Apretó los puños al
pensarlo. Ninguna cantidad parecía suficiente para calmar el odio que sentía en
aquellos momentos.
—¿Qué
harías tú? —insistió controlándose.
Miró
a Sean de frente y este respiró hondo.
—Llevaría
el caso hasta el Tribunal Central —dijo con algo de rabia. Sus ojos relucían
más que nunca—, pero no hay ninguna garantía de que el resultado sea distinto.
Evans
aclaró que el acuerdo era bastante razonable. West había presentado un dossier
alegando que el accidente se había debido al exceso de carga y lo achacaban a
un fallo humano.
—Ya
tienen un cabeza de turco. Si el juicio se celebra aquí, nadie dudará de su
versión —insistió el abogado.
—Un
fallo humano en una fábrica de robots —murmuró Jer—. Parece un chiste.
Se
preguntó si Jacky estaría al tanto de aquello. Era posible que Jay la
mantuviera al margen, al menos hasta que tomara una decisión. Se sintió
obligado a valorar todas las opciones durante unos minutos y los adultos
esperaron en silencio.
—¿Cómo
podemos conseguir que West examine el caso en la Central? —preguntó finalmente.
—Albert
podría hablar con el nuevo supervisor —sugirió Sean—. Tiene fama de ser
implacable. Si decide que hay motivos para investigar más a fondo, es posible
que destape alguna irregularidad.
—Entonces,
eso es lo que haremos —decidió.
Aquel
era un favor que Jer estaba dispuesto a deberle a Albert Collins. Se levantó
sintiéndose cansado y torpe, como cuando llevaba la carretilla con demasiada
carga y apenas podía moverla.
—Jeremy
—lo llamó el abogado—. Hay otro tema del que quería hablarte. No sé si sabes
que se ha abierto un proceso para denunciar las condiciones de trabajo en
lugares como el vertedero.
Se
giró, molesto porque sacara el tema y se giró hacia Sean. Su expresión
confundida dejaba claro aquello lo sorprendió tanto como el propio Jer.
—Los
menores de dieciséis no están amparados por la ley cuando sus derechos son
vulnerados. Todos lo pasan por alto porque es la única forma que tienen de
conseguir algo de dinero, pero el problema es que se trata de un trabajo
irregular —explicó Evans—. No ocurre solo en la 97. Llevo un tiempo trabajando
con varios abogados de otras ciudades y hace unas semanas presentamos un
proyecto de ley para crear un tipo de contrato especial que proteja a los más
jóvenes —sus labios formaron un gesto de disgusto—. No es fácil que sea
aprobado, pero seguiremos presionando. Mientras tanto, cualquier testimonio de
lo que ocurre en sitios como el vertedero nos ayudaría a denunciar la
situación.
Sean
lo escuchó con expresión preocupada y le dirigió una mirada gélida en cuanto
terminó su discurso. Esta vez, la emoción sí que alteró su voz.
—¿Le
estás pidiendo que se convierta en un chivato?
—Sería
un testigo —respondió el hombre.
—Puede
llamarlo como quiera —intervino Jer—. Me parece bien lo de esa ley, pero tendrá
que buscar otra forma de que la acepten. Ya debería saber que no encontrará
voluntarios para «testificar» y mucho menos contra Alan Walters.
Sean
meneó la cabeza con incredulidad y el abogado no insistió. Salieron a la calle,
cada uno sumido en sus propios pensamientos.
«Declarar
contra Walters. ¡Menuda idea!» Debió de dejar escapar algún sonido porque Sean
lo miró con el ceño fruncido. Esperó hasta que cruzaron la plaza y se
encontraron delante del Skyway antes de hablar.
—Podrías
trabajar en la procesadora —sugirió.
Jer descartó
la idea con un gesto. Sean abrió la boca para decir algo, pero pareció cambiar
de idea y miró hacia el cielo. Las nubes empezaban a desperdigarse y el sol
asomaba entre ellas.
—Deberíamos
hacer otra barbacoa un día de estos.
—¡Sería
genial! —intentó mostrar entusiasmo por la idea.

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