martes, 28 de octubre de 2025

Rebeldes pero leales. 30- Hard Carry


          Jer dejó atrás el canal exterior y caminó inquieto hasta el Hard Carry, que se encontraba algo más hacia el sur. El local era casi tan popular como el Skyway y pertenecía a la familia desde hacía varias generaciones. Había oído que el escenario se encontraba en el sótano y que solo los edificios más antiguos de aquella zona contaban con esa particularidad. Respiró profundamente antes de entrar, esperando no arrepentirse de haber ido.

            «Como si pudiera negarme». Un camarero le indicó que pasara a la zona privada, donde había un pequeño despacho. La puerta estaba abierta y se quedó esperando en el umbral hasta que Collins reparó en su presencia.

            —Ah, Jeremy, pasa —dejó lo que parecía una factura a un lado.

            Se levantó, indicándole una silla. Jer cerró la puerta tras de sí y observó los papeles que había sobre el escritorio, colocados con pulcritud en varios montones. Albert se sentó de nuevo y lo miró con seriedad.

            —Quería advertirte acerca de Walters —se dirigió al grano sin perder tiempo—. Creo que Greg Evans te habló acerca de los contratos de trabajo para los chicos menores de dieciséis años.

            No sabía lo que había esperado, pero desde luego, no algo como aquello. Le había hecho algunas preguntas al abogado al respecto, pero no se había comprometido a nada. Le echó una mirada suspicaz a Collins, recordando que Walters era su rival más directo.

            —West se limita a obviar la situación, alegando que nadie debería trabajar antes de la edad establecida. Así no se arregla nada, ¿no te parece? De todas formas, espero que eso cambie en el futuro próximo. Cuando llegue el supervisor de zona, Walters no podrá seguir usando a los chicos del pabellón como ahora. Greg cree que en cuanto se encuentren sin trabajo, algunos muchachos podrían colaborar en la investigación, aunque yo no tengo muchas esperanzas al respecto —le dirigió una extraña sonrisa—. ¡No hay nadie tan cabezota como la gente de la 97!

            Hizo una pausa y Jer se sintió obligado a decir algo.

            —¿También vas a pedirme que testifique?

            Todos se dirigían a Albert con un respeto a veces exagerado. Debería haberlo llamado «señor Collins» en lugar de hablarle de una forma tan familiar, pero se le hubiese hecho raro. Aunque solo había hablado con él en unas pocas ocasiones, estaba acostumbrado a formar parte de su círculo cercano. De todas formas, a él no pareció molestarle. Puede que Doble V. tuviera razón, y simplemente, no era consciente de su lugar en el mundo.

            —No, no. ¡Tu padre no me lo perdonaría! —meneó la cabeza con una media sonrisa—. Rick era un buen tipo. ¿Te dijo cómo se hizo amigo de Sean?

            —Su grupo solía tocar aquí, ¿no es así?

            No era raro que sus amigos se pusieran a hablar de los viejos tiempos, aunque no se lo esperaba de él.

            —Rondaban los veinte cuando empezaron a actuar en el local. Sean tenía más o menos tu edad y quería subirse al escenario con cada músico que entraba por la puerta. Al principio le hacía ilusión que lo animaran. La mayoría solo lo hacía por su apellido, no por su talento. Tu padre era distinto. Lo invitaba a tocar con ellos, pero lo trataba como a uno más, corrigiéndolo cuando hacía falta. Era amable y bromeaba con él, pero no le dejaba pasar ni un fallo —le echó una larga mirada, como si buscara el rastro de su padre en su cara—. Sean confiaba en Rick y lo miraba con admiración. Me alegré de que se hicieran amigos y siempre lo tuve en alta estima por su sinceridad —se enderezó—. Es por eso que me siento obligado a compartir contigo cierta información.

            Levantó las cejas sin saber qué esperar.

            —Lo que voy a decirte no debe salir de aquí. No solo te colocaría a ti en una situación de peligro, sino que pondría sobre aviso a Alan Walters —le advirtió—. El hombre es peligroso, más aún de lo que puedas pensar al escuchar los cotilleos de la gente —carraspeó—. No es ningún secreto que su empresa se ocupó de la reforma de la fábrica hace cuatro años. Tengo razones para creer que utilizó materiales deficientes para sacar más beneficio. ¿Entiendes lo que eso significa?

            Se había quedado sin aire, como si lo hubieran golpeado en el estómago. Consiguió asentir. Si estaba en lo cierto, el «accidente» no había sido tal. Se trataba de una negligencia y Walters era el responsable de que el muro se hubiese derrumbado. Aquello no tenía lógica, pensó confundido; su nombre no figuraba en la demanda.

            —West está intentando llegar a un acuerdo. ¿Por qué no lo señalan como culpable?

            —Es posible que el director de la fábrica se llevaras su parte de beneficio y no descarto que alguien de la oficina de gobierno también saliera beneficiado.

            Tuvo que hacer un esfuerzo para prestar atención a lo que decía.

            —Todavía no tengo pruebas, pero te considero un muchacho sensato y pensé que debías saberlo —los ojos azules se endurecieron de repente—. Walters es escurridizo. En el hipotético caso de que Greg consiga un testigo entre los chicos del vertedero, tendrá que proporcionarle protección durante la investigación, es posible que incluso después. Lo más seguro sería enviarlo lejos para evitar represalias —enarcó las cejas—. No se trata de una cuestión sencilla.

            ¿Le estaba haciendo una advertencia?

            —Dices que no tienes pruebas. ¿Vas a conseguirlas? —El hombre asintió con un gesto—. ¿Es por eso que el supervisor de zona va a venir a la 97?

            Lo miró con reserva, recostándose en el sillón.

            —En parte —admitió.

            No parecía dispuesto a explicar los detalles de su plan. Jer dejó escapar el aire que había estado conteniendo y se lo quedó mirando durante unos segundos. Albert se limitó a permanecer en silencio. Aquello era todo lo que pensaba decirle. Se levantó pidiéndole que lo mantuviese al tanto si averiguaba algo más, aunque no estaba muy seguro de que fuera a hacerlo.

            Caminó sin rumbo siguiendo el curso del canal exterior, intentando pensar. ¿Qué se suponía que debía hacer?

            «Esperar, supongo —pensó—. Las sospechas por sí solas no bastan».

            Casi hubiese preferido que se hubiese guardado una información que en aquel momento no le servía de nada. Se sentía impotente. Era posible que Walters fuera un indeseable; sin embargo, su rabia iba dirigida hacia Albert por ponerlo en esa situación.

            —«No tengo pruebas» —remedó con sarcasmo.

            Entonces, ¿por qué se lo había contado? No tenía ningún sentido. Soltó un largo suspiro y atravesó los jardines cubiertos. Podía ver la urbanización de West un poco más allá, con sus tejados rojos y sus amplios porches. Allí se instalaría el supervisor Parker cuando llegara a la ciudad. Se preguntó cuál sería la casa de Jin y cuánto tardaría en llegar su padre.

            Se detuvo junto a la laguna y se quedó mirando la iglesia, a la que solo se podía acceder en barca. Había entrado en una ocasión y la frialdad del ambiente lo había cogido por sorpresa. Sería un lugar silencioso de no ser por los canales de agua que la atravesaban. Las pequeñas cascadas que caían desde la fachada emitían un estruendo claro y continuo. Aquel ruido parecía resonar en los oídos, pero después de unos minutos, se convertía en una especie de melodía relajante. Se quedó observando la superficie del agua, que reflejaba los intermitentes rayos de sol. Repasó lo que le había dicho Collins una y otra vez.

            «Incluso las mejores intenciones pueden esconder un beneficio personal», solía decir su madre. No se hacía ilusiones en cuanto al hombre. Tenía fama de ayudar a los demás y la gente lo alababa sin cesar, pero uno no llega a controlar media ciudad realizando buenas obras. No se tragó que compartiera sus sospechas con él solo porque apreciara a su padre. Más tarde, quizás, cuando tuviera pruebas y no hubiese peligro de que se fuera de la lengua.

            «Para no querer convencerme de testificar contra Walters —razonó—, se ha molestado en darme un buen motivo para hacerlo».

 

 

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