Jer dejó
atrás el canal exterior y caminó inquieto hasta el Hard Carry, que se
encontraba algo más hacia el sur. El local era casi tan popular como el Skyway
y pertenecía a la familia desde hacía varias generaciones. Había oído que el
escenario se encontraba en el sótano y que solo los edificios más antiguos de
aquella zona contaban con esa particularidad. Respiró profundamente antes de
entrar, esperando no arrepentirse de haber ido.
«Como
si pudiera negarme». Un camarero le indicó que pasara a la zona privada, donde
había un pequeño despacho. La puerta estaba abierta y se quedó esperando en el
umbral hasta que Collins reparó en su presencia.
—Ah,
Jeremy, pasa —dejó lo que parecía una factura a un lado.
Se
levantó, indicándole una silla. Jer cerró la puerta tras de sí y observó los
papeles que había sobre el escritorio, colocados con pulcritud en varios
montones. Albert se sentó de nuevo y lo miró con seriedad.
—Quería
advertirte acerca de Walters —se dirigió al grano sin perder tiempo—. Creo que
Greg Evans te habló acerca de los contratos de trabajo para los chicos menores
de dieciséis años.
No
sabía lo que había esperado, pero desde luego, no algo como aquello. Le había
hecho algunas preguntas al abogado al respecto, pero no se había comprometido a
nada. Le echó una mirada suspicaz a Collins, recordando que Walters era su
rival más directo.
—West
se limita a obviar la situación, alegando que nadie debería trabajar antes de
la edad establecida. Así no se arregla nada, ¿no te parece? De todas formas,
espero que eso cambie en el futuro próximo. Cuando llegue el supervisor de
zona, Walters no podrá seguir usando a los chicos del pabellón como ahora. Greg
cree que en cuanto se encuentren sin trabajo, algunos muchachos podrían
colaborar en la investigación, aunque yo no tengo muchas esperanzas al respecto
—le dirigió una extraña sonrisa—. ¡No hay nadie tan cabezota como la gente de
la 97!
Hizo
una pausa y Jer se sintió obligado a decir algo.
—¿También
vas a pedirme que testifique?
Todos
se dirigían a Albert con un respeto a veces exagerado. Debería haberlo llamado
«señor Collins» en lugar de hablarle de una forma tan familiar, pero se le
hubiese hecho raro. Aunque solo había hablado con él en unas pocas ocasiones,
estaba acostumbrado a formar parte de su círculo cercano. De todas formas, a él
no pareció molestarle. Puede que Doble V. tuviera razón, y simplemente, no era
consciente de su lugar en el mundo.
—No,
no. ¡Tu padre no me lo perdonaría! —meneó la cabeza con una media sonrisa—.
Rick era un buen tipo. ¿Te dijo cómo se hizo amigo de Sean?
—Su
grupo solía tocar aquí, ¿no es así?
No
era raro que sus amigos se pusieran a hablar de los viejos tiempos, aunque no
se lo esperaba de él.
—Rondaban
los veinte cuando empezaron a actuar en el local. Sean tenía más o menos tu
edad y quería subirse al escenario con cada músico que entraba por la puerta.
Al principio le hacía ilusión que lo animaran. La mayoría solo lo hacía por su
apellido, no por su talento. Tu padre era distinto. Lo invitaba a tocar con
ellos, pero lo trataba como a uno más, corrigiéndolo cuando hacía falta. Era
amable y bromeaba con él, pero no le dejaba pasar ni un fallo —le echó una
larga mirada, como si buscara el rastro de su padre en su cara—. Sean confiaba
en Rick y lo miraba con admiración. Me alegré de que se hicieran amigos y
siempre lo tuve en alta estima por su sinceridad —se enderezó—. Es por eso que
me siento obligado a compartir contigo cierta información.
Levantó
las cejas sin saber qué esperar.
—Lo
que voy a decirte no debe salir de aquí. No solo te colocaría a ti en una
situación de peligro, sino que pondría sobre aviso a Alan Walters —le
advirtió—. El hombre es peligroso, más aún de lo que puedas pensar al escuchar
los cotilleos de la gente —carraspeó—. No es ningún secreto que su empresa se
ocupó de la reforma de la fábrica hace cuatro años. Tengo razones para creer
que utilizó materiales deficientes para sacar más beneficio. ¿Entiendes lo que
eso significa?
Se
había quedado sin aire, como si lo hubieran golpeado en el estómago. Consiguió
asentir. Si estaba en lo cierto, el «accidente» no había sido tal. Se trataba
de una negligencia y Walters era el responsable de que el muro se hubiese
derrumbado. Aquello no tenía lógica, pensó confundido; su nombre no figuraba en
la demanda.
—West
está intentando llegar a un acuerdo. ¿Por qué no lo señalan como culpable?
—Es
posible que el director de la fábrica se llevaras su parte de beneficio y no
descarto que alguien de la oficina de gobierno también saliera beneficiado.
Tuvo
que hacer un esfuerzo para prestar atención a lo que decía.
—Todavía
no tengo pruebas, pero te considero un muchacho sensato y pensé que debías
saberlo —los ojos azules se endurecieron de repente—. Walters es escurridizo.
En el hipotético caso de que Greg consiga un testigo entre los chicos del
vertedero, tendrá que proporcionarle protección durante la investigación, es
posible que incluso después. Lo más seguro sería enviarlo lejos para evitar
represalias —enarcó las cejas—. No se trata de una cuestión sencilla.
¿Le
estaba haciendo una advertencia?
—Dices
que no tienes pruebas. ¿Vas a conseguirlas? —El hombre asintió con un gesto—.
¿Es por eso que el supervisor de zona va a venir a la 97?
Lo
miró con reserva, recostándose en el sillón.
—En
parte —admitió.
No
parecía dispuesto a explicar los detalles de su plan. Jer dejó escapar el aire
que había estado conteniendo y se lo quedó mirando durante unos segundos.
Albert se limitó a permanecer en silencio. Aquello era todo lo que pensaba
decirle. Se levantó pidiéndole que lo mantuviese al tanto si averiguaba algo
más, aunque no estaba muy seguro de que fuera a hacerlo.
Caminó
sin rumbo siguiendo el curso del canal exterior, intentando pensar. ¿Qué se
suponía que debía hacer?
«Esperar,
supongo —pensó—. Las sospechas por sí solas no bastan».
Casi
hubiese preferido que se hubiese guardado una información que en aquel momento
no le servía de nada. Se sentía impotente. Era posible que Walters fuera un
indeseable; sin embargo, su rabia iba dirigida hacia Albert por ponerlo en esa
situación.
—«No
tengo pruebas» —remedó con sarcasmo.
Entonces,
¿por qué se lo había contado? No tenía ningún sentido. Soltó un largo suspiro y
atravesó los jardines cubiertos. Podía ver la urbanización de West un poco más
allá, con sus tejados rojos y sus amplios porches. Allí se instalaría el
supervisor Parker cuando llegara a la ciudad. Se preguntó cuál sería la casa de
Jin y cuánto tardaría en llegar su padre.
Se
detuvo junto a la laguna y se quedó mirando la iglesia, a la que solo se podía
acceder en barca. Había entrado en una ocasión y la frialdad del ambiente lo
había cogido por sorpresa. Sería un lugar silencioso de no ser por los canales
de agua que la atravesaban. Las pequeñas cascadas que caían desde la fachada
emitían un estruendo claro y continuo. Aquel ruido parecía resonar en los
oídos, pero después de unos minutos, se convertía en una especie de melodía
relajante. Se quedó observando la superficie del agua, que reflejaba los
intermitentes rayos de sol. Repasó lo que le había dicho Collins una y otra
vez.
«Incluso
las mejores intenciones pueden esconder un beneficio personal», solía decir su
madre. No se hacía ilusiones en cuanto al hombre. Tenía fama de ayudar a los
demás y la gente lo alababa sin cesar, pero uno no llega a controlar media
ciudad realizando buenas obras. No se tragó que compartiera sus sospechas con
él solo porque apreciara a su padre. Más tarde, quizás, cuando tuviera pruebas
y no hubiese peligro de que se fuera de la lengua.
«Para
no querer convencerme de testificar contra Walters —razonó—, se ha molestado en
darme un buen motivo para hacerlo».

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