La 97
se extendía a sus pies y dejó vagar la mirada de un lado al otro. Habían
llegado a la ciudad hacía un par de horas, acompañados de tantas cajas llenas
de melocotones que tenía la sensación de seguir oliéndolos.
El
camión los había dejado junto a la presa, donde se asentaba un pequeño
campamento de nómadas. Mientras el conductor llevaba la carga al almacén de
Albert Collins, su acompañante se dirigió al Skyway.
Era
sábado y el local estaría cerrado por lo que, si Sean había recibido el
mensaje, no tardaría en llegar.
Doble
V. le había presentado a alguno de los nómadas en la parte de atrás del
campamento, pero casi todos estaban ocupados atendiendo a los clientes del
frente. Las caravanas se abrían por un lateral, desplegando un mostrador y
revelando parte del interior; donde se apilaban objetos diversos. La gente de
la ciudad iba de aquí para allá entre los puestos que se sucedían unos a otros
formando una gran ele.
Podían
ver casi toda la ciudad desde el mirador. El ruido de la presa le había
parecido estruendoso al principio, pero no había tardado en acostumbrarse. Un
camino estrecho bajaba desde allí hasta los jardines semicubiertos.
Siguió
el sendero con la vista hasta la verja que protegía la pasarela de
mantenimiento. Se encontraba justo encima de los chorros de agua que caían
sobre la laguna. En la parte central, el agua descendía hasta el depósito de la
iglesia antes de desaparecer en el interior y atravesar el edificio de piedra.
—¿A
quién se le ocurriría plantar una ciudad en medio de dos ríos? —pensó en voz
alta.
Doble
V. se rio junto a él.
—¿A
alguien que le gustaba desplazarse en barca? —Señaló el canal exterior, desde
el este hacia el norte—. ¿Ves el desvío que lleva a la fábrica? Todos los que
viven en las casas de West van a la oficina en lancha.
Las
casas eran fácilmente reconocibles, con sus tejados rojos y sus calles
perfectamente alineadas entre la laguna y los jardines. La oficina de gobierno
estaba un poco más al sur, pero lo bastante cerca como para llegar a pie.
La
parte norte y la sur se extendían más allá del canal, destacando por los
edificios de cuatro plantas que parecían apiñarse unos contra otros. Sin
embargo, en la parte más antigua, ninguno sobrepasaba las dos alturas. La
mayoría de las casas mostraban colores alegres y tenían un patio que daba al
río.
—¿Desde
aquí se puede ver el Skyway?
Se le
escapó un siseo cuando se giró hacia Doble V. Su abuela había insistido en que
usara unas lentillas oscuras, ya que sus ojos eran demasiado llamativos. El
chico tiró de los cordones de la capucha que le ocultaba el pelo y parte de la
cara.
—Allí
—Señaló—. Es la casa del tejado verde. Es el único de ese color en toda la
ciudad.
Tenía
razón. La mayoría eran de pizarra gris o imitaban las tejas rojas de las casas
de West. No podía ver el resto de la casa, pero se quedó mirando hacia aquel
punto durante un rato pensando en su padre. ¿Sería capaz de hablar con él?
Observó
a la gente que regresaba a pie por el sendero. Doble V. le dio un codazo.
—Ahí
viene —susurró.
Siguió
su mirada hasta el hombre alto y delgado que estaba llegando a lo alto del
camino. Tenía el pelo de un rubio pajizo y un par de mechones le caían sobre la
frente. Cuando se acercó, pensó que nunca había visto unos ojos de un azul tan
intenso.
Doble
V. murmuró algo acerca de ir a comer y se alejó sin que apenas se diera cuenta.
Sean se acercó a grandes zancadas con una expresión amable en el rostro. Se
detuvo frente a él.
—Hola,
Jeremy. Supongo que ya sabes quién soy.
Aunque
sonó casi como una pregunta, la mirada que le echó a Doble V. dejaba claro que
no hacía falta responder.
Estrechó
la mano que le tendía. Su sonrisa era cálida y su rostro mostraba tanta calma
como su voz.
—Sean,
¿no es cierto? —Carraspeó para aclararse la garganta—. Gracias por venir tan
pronto.
No
pudo evitar mirar a los lados, como si su padre fuera a aparecer detrás de un
arbusto. Él pareció darse cuenta.
—Está
en la fábrica —lo tranquilizó—. No sabe que estás aquí.
Sintió
un alivio inmediato.
—Debe
de estar furioso.
—No
tanto como preocupado. Le diste un buen susto.
Se le
puso un nudo en el estómago. Se acercó al muro con las manos en los bolsillos y
mirando hacia el horizonte.
—Ya…
—Pero
sobre todo se siente culpable. Fue un arrebato, Jer; no va a obligarte a hacer
nada que no quieras. ¿Podrías perdonarlo?
Apretó
los dientes para no ceder enseguida.
—Yo
no quería vivir aquí y, sin embargo, tuve que dejar el Sector 6 —Señaló la
ciudad con el mentón—. Todos mis planes se fueron por el desagüe porque decidió
volver a este lugar y, aun así, lo acepté porque es mi padre —musitó—. No
tendría que haberlo hecho.
—Si
lo que quieres es regresar, te prometo que te ayudaré a hacerlo.
Se
acercó más y apoyó una mano sobre su hombro.
—¿Por
qué? —Miró directamente a aquellos ojos azules, pero no vio doblez alguna en
ellos—. Hace años que no lo ves y a mí ni siquiera me conoces.
—¿Por
qué no iba a querer ayudar si está en mi mano?
Parecía
decirlo en serio. Le dio unas palmadas en la espalda antes de apoyarse en el
muro.
Jer
meneó la cabeza antes de hablar.
—Es
demasiado cabezota como para aceptar que se ha equivocado —se lamentó—. Es tan
terco que ni siquiera lo ve, por eso se quedó en el Sector 6 cuando ya no lo
querían. En lugar de abordar la situación desde otro punto de vista, se limitó
a hacer lo mismo durante años sin lograr ningún resultado —y añadió con
rencor—. No lo conoces demasiado bien si crees que va a dejarme marchar sin
más.
Sean
dejó escapar un leve bufido.
—Había
olvidado que a tu edad uno se cree que lo sabe todo —Soltó una risita—. Algo
bueno habrá hecho, ¿no crees?
Lo
miró con el ceño fruncido.
—Hizo
lo que pudo, no estoy diciendo lo contrario.
Se
recordó que al ser amigo de su padre era normal que lo defendiera. Aun así, se
sintió un tanto herido por el comentario. Era tan idiota que de verdad había
creído que estaba de su parte.
—No
pretendía criticarlo —Al menos; no adrede, se dijo—. Lo que intentaba
explicarte es que puede empecinarse en algo de tal forma que no ve más allá. ¿Y
sabes por qué lo sé? Porque yo también soy así a veces. Ahora mismo, no sé si
quiero marcharme para seguir con la vida que había imaginado que tendría, o si
solo estoy intentando demostrar algo —admitió con un encogimiento de hombros—.
La diferencia entre los dos, es que yo al menos soy capaz de cuestionarme mis
motivos.
Sean
parpadeó sorprendido por la parrafada. Los dos se quedaron en silencio durante
unos minutos.
—Hay
mucho de él en ti —dijo con humor—. Entonces, ¿vas a tomarte un tiempo para
aclararte?
—Será
lo mejor.
Él
asintió.
—Los
nómadas se quedarán varias semanas en la 95. ¿Quieres que se lo diga yo? Le
aseguraré que estarás bien para que no vaya a verte, si eso es lo que quieres.
—¿Serás
capaz de convencerlo?
—Tu
padre no es tan duro como aparenta.
Eso
ya lo sabía, aunque no lo dijo. La muerte de su madre le había hecho ver que
aquel hombre que parecía invencible, era en realidad tan vulnerable como el
resto.
Sean
dudó antes de despedirse.
—¿Quieres
que le diga algo más?
Sabía
lo que esperaba, y aunque se le puso un nudo en la garganta, se obligó a
decirle aquellas palabras a un extraño.
—Dile
que lo quiero y que lo perdono. Que necesito tiempo y que la única razón de que
no quiera verlo es porque me asusta que nos digamos cosas que nos separen para
siempre.
Se
había imaginado la escena las veces suficientes como para que le pareciera
real. Parpadeó para controlar la humedad que asomó a sus ojos y Sean lo miró
con una sonrisa agradecida antes de marcharse.
Se
quedó mirando cómo se alejaba camino abajo. Se sentía un tanto avergonzado,
pero sabía que había hecho lo correcto. Pensó en su madre, tendida en una cama
de hospital cuando ya no podía escuchar sus palabras. Le había dicho que la
quería infinidad de veces durante aquellos meses y, de todas formas, le habían
parecido insuficientes.

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